
Si ya resulta atípico encontrar un ‹blockbuster› que no privilegie el estruendo, la enormidad y la extensión de sus secuencias de acción, mucho más lo es toparse con una pieza cuyos engranajes sobrevengan ese (habitual) exceso y donde las escenas alejadas del ruido cobren un papel relevante. No, no es que Hope huya ni mucho menos de los códigos que constituyen el ‹blockbuster›, aquí también hay ‹set pieces› trepidantes que retumban en la cabeza del espectador cuando el film lo requiere, pero el gesto de Na Hong-jin va más allá de lo que cualquiera podría esperar en un singular ejercicio de funambulismo: cuando uno espera encontrarse de frente con esa amenaza que se cierne sobre los habitantes de Hope Harbor, el pueblo portuario donde se desarrolla la acción, el cineasta compone una dilatada secuencia —que probablemente se halle entre las mejores de su carrera— que nos niega la mayor; cuando la adrenalina se ha cruzado finalmente en el camino de Bum-seok —interpretado por ese gran actor a la sombra de otros llamado Hwang Jung-min—, jefe del puesto policial, el coreano ejecuta momentos en forma de desahogo (patéticamente) cómico como ese relato acerca del avistamiento de los seres que atemorizan a la población por parte de uno de los lugareños.
No es que, con ello, el cineasta renuncie ni mucho menos a la esencia de lo que casi podríamos denominar un género por sí solo, sino que es capaz de encajar una vocación autoral definida y que no rehúye el carácter latente en el ‹blockbuster›; más bien lo complementa, le otorga una personalidad arrolladora y consigue escapar de miradas clónicas que no hacen más que reproducir tropos sin ningún tipo de intención.

Na Hong-jin demuestra, una vez más, que es uno de los maestros del thriller contemporáneo. La acción fluye a través del montaje, sin necesidad de actuar por acumulación, conjugando solo los elementos necesarios, y sabiendo rizar el rizo, bordeando las veces un estupendo dislate que se despliega con audacia; su narrativa funciona con precisión, aunando la fuerza de sus momentos de acción con una comicidad muy del gusto de la casa e instantes de clímax brillantemente ejecutados —especial atención a ese montaje paralelo que revela el origen de todo lo acontecido—; y visualmente, a pesar de los pesares —ese CGI que desviste algunos de sus mejores tramos—, despliega su poderío desde una puesta en escena impecable, casi se podría decir que insólita en tiempos de croma —es un auténtico placer encontrarse con ‹sets› artesanales en una producción de estas características—.
Puede que ciertamente Hope sea un film imperfecto, con escenas que no funcionan con la firmeza esperada por más que derrochen personalidad, un ‹lore› que no posee la suficiente imaginación ni profundidad —quizá fruto de su naturaleza como obra inacabada— y preso de su carácter como díptico, que termina dilatando en demasía su último acto, con un clímax final un tanto titubeante. Pero la propuesta del coreano destaca por saber conjugar registros sin que el conjunto se resienta, modulando un ritmo voluble, que tan pronto nos enfrenta a una poderosa secuencia de acción como destensa el ambiente con prolongados instantes tanto en clave de humor como de inquietante pero reposado thriller.

Así, y si bien es cierto que Hope es el trabajo menos pulido de su autor —aunque cabe recordar que sus predecesoras eran la notable The Chaser, la brillante y siempre reivindicable The Yellow Sea, y la magnífica El extraño—, nos encontramos ante un film que no se rinde ante la evidencia ni los elementos: su carácter de ‹monster movie› termina derivando en una cinta que hibrida géneros con una capacidad apabullante —bordeando el thriller rural (con esos ‹rednecks› cazadores), desplegando la ‹sci-fi› en su tramo final, sin obviar su condición de ‹actioner› desmedido, encontrando escollos para un humor atenuador, e invocando prácticamente los efluvios de la ‹survival movie›—, dando pie a una narrativa que se complementa a base de extravagancias, ya sea en la introducción de algunos de sus personajes, o en el extraño escrutinio que el cineasta va realizando de una situación anómala.
Por ello, y por tantos otros motivos —tener la habilidad de abrazar el género al que se remite trenzando vías tan dispares no siempre resulta fácil, ni encontrar protagonistas que dentro de su excentricidad encajen en un relato donde todo les termina siendo tan ajeno—, Hope es, sin lugar a dudas, uno de los títulos de la temporada, que aunque haga fácil lo difícil, y en ocasiones enmarañe aquello que en realidad es mucho más sencillo, sigue dando muestras del talento de un autor reconocible incluso en un terreno tan devorador y difícilmente manejable como el que nos ocupa. Porque, a fin de cuentas, con Na Hong-jin lo último que se pierde es la esperanza.


Larga vida a la nueva carne.





