Leviticus (Adrian Chiarella)

El terror se enfrenta a nuevos retos para aproximar los dramas más enquistados en la sociedad de una forma sobrenatural para poder desmenuzar el dolor ajeno (y, a veces, el personal). En esta ocasión es en el debut de Adrian Chiarella donde encuentra cobijo la temática LGTBIQ+, algo que a grandes rasgos se entiende como integrado en la sociedad, en este caso en la australiana, pero que enfrenta la actualidad a los fanatismos más rancios y ajados que siguen instaurados en las familias y las comunidades por encima de cualquier otra concepción de la vida.

Dos jóvenes, un recién llegado a un pueblo sin ningún atractivo especial y otro que flirtea con la libertad que ofrecen los lugares solitarios, comparten instituto y un interés el uno por el otro casi instintivo, que parece pasar de lo físico a lo sentimental con la fiereza de las relaciones de juventud. Algo normal y bucólico hasta que la historia se amplia hacia la comunidad a la que pertenecen, una que considera la religión como un pilar y que convierte los secretos en el yugo de los más jóvenes, no tan apasionados por la fe y sí por la diversión.

Chiarella sabe componer la pasión para que cuando toma partido la oscuridad se sienta de un modo tan físico y violento como el que padecen los protagonistas. El efecto sobrenatural entra directamente desde la aceptación de la iglesia a través de personajes esquivos y misterios no resueltos que mantienen esa distancia necesaria entre adolescentes y adultos, y aunque en esta ocasión sí forman parte del diálogo (sorprende ver a Mia Wasikowska como madre aferrada a la fe intentando llevar por el “buen camino” a su hijo adolescente), no comparten una misma visión del problema si la solución última es erradicar la homosexualidad de los que consideran ovejas descarriadas.

Es inevitable pensar en el camino que abrió It Follows al resucitar el mal como algo unido a la lujuria, un mal que te persigue sin poder localizar su forma exacta, aunque en esta ocasión se eleva la idea al mezclar las consideraciones de la iglesia frente a las relaciones de un mismo sexo. Aquí despliega el director su verdadera personalidad al envolver de emoción el hecho de enfrentarse al contacto con el otro. Naim y Ryan son dos polvorines que conocen la consecuencia de su contacto y aún así luchan por disfrutarlo, y esto se extrapola en dos direcciones, evitan ojos ajenos que juzguen sus deseos al tiempo que luchan por reconocer a ese espectro que transforma su pasión en puro dolor físico.

En Leviticus tiene cabida el terror y el amor en una amalgama de géneros sombría y taciturna que bordea la sensación de culpa frente a la mirada ajena mientras el problema básico es la dificultad de reconocer las fantasmas que nos atacan en soledad. Tiene esa lectura tan adulta y tan pesada mientras nos atraviesa con una película de terror adolescente en la que fantasear con un apego tan efusivo como el de sus protagonistas, que quizá no desarrollan su verdadera personalidad plenamente en la película, pero se dejan el pellejo por representar la pasión misma en un entorno que canta al amor familiar y anula ese concepto a un mismo tiempo. No deja de ser una película llena de paralelismos con muchas otras contemporáneas, más allá de la citada It Follows, pero qué bien sienta reconocer los referentes si están debidamente aprovechados y admiten un pequeño diálogo con sus propias neuras. Leviticus asume el riesgo y apuesta por aceptar el miedo como parte de la vida si la recompensa es el amor, aunque sea uno repentino, sin saber si será perecedero, desconectando la razón frente la necesidad de afecto. El terror lo puede todo.

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