Para afrontar el calor, vamos a disfrutar de una sesión doble de terror gótico. Para ello recurrimos a clásicos como Horror en el cuarto negro de Roy William Neill rodada en 1935 y La maldición de los Bishop de John D. Hancock, que llegó en 1971.
Horror en el cuarto negro (Roy William Neill)
El usurpador, una clase de espectro que habita en todo tipo de formas, muchas de ellas alimentadas por la agonía colectiva o la oscura naturaleza que permanece una vez el mundo nos muestra su verdadera cara. Horror en el cuarto negro (The Black Room), película de horror estadounidense de 1935, forma parte de un periodo donde las obras se identificaban más por el sello de los estudios que las hacían realidad que por las figuras artísticas que había detrás de ellas. Aquí, en este caso, llevada a cabo por la longeva Columbia Pictures y dirigida por el meticuloso y siempre efectivo Roy William Neill, a quien se le reconoce en la historia del cine por su extenso trabajo en los géneros de horror, misterio y suspenso.
En The Black Room seguimos la sombra de un maleficio. El barón de una poderosa familia de un pueblo europeo engendra gemelos. Esto supone un impacto en la gente de la localidad, que reaviva la leyenda de que, siempre que nacen gemelos, el menor de ellos está destinado a asesinar al otro en algún punto de sus vidas, en un cuarto oscuro que se encuentra en las profundidades de la finca, como si todo estuviera preescrito. Así lo lee el propio barón en el mensaje impregnado en el escudo de armas de la familia: «I end as I began». Los años pasan y Anton, el más joven, tras mucho tiempo viajando fuera, es convocado a su regreso por su hermano Gregor bajo sospechosas pretensiones. Gregor, aún preso de la superstición durante todos estos años, planea deshacerse de cualquier riesgo al querer eliminar a su hermano; sin embargo, esto es algo que sobrepasa cualquier intento de renovación. La maldición del usurpador permanece y forma parte del círculo de la vida, queramos o no, y es aquí donde el conflicto toma tesituras que van desde la moral de los líderes, el poder y la necesidad de la tragedia como parte de la identidad de una aldea que, en el fondo, aunque quiera vivir “feliz”, también es cómplice de una inevitable fatalidad.
El intérprete Boris Karloff se luce dando vida a los papeles de ambos hermanos. Su cara es tremendamente expresiva y, más allá de las lógicas diferencias que existen entre los gemelos (vestimenta, gestos, etc.), Boris unifica la naturaleza de los protagonistas del film. Maldad y bondad, estando en extremos opuestos, están inherentemente amarradas a nuestra historia. No se puede hablar de una sin la otra, y lo que hace Boris en The Black Room es encontrar ese equilibrio para que, sin dejarse llevar, por supuesto, por el lado bueno de la historia, le añada un matiz extra a si nuestros actos, al final del día, significan algo o son solo apariencias que, en ese contexto, significaron algo para los lugareños.
Y todo se resume en ese extraordinario plano de Thea (Marian Marsh) donde, con la mirada alzada, presencia y abraza la tragedia. Sus ojos se iluminan y, aunque en el fondo ella ha “ganado”, es inevitable no doblegarse ante la idea de que el dolor siempre estará ahí. Incluso si se quiere un poco de ese final feliz que complazca al espectador, pero también que lo haga dudar de si todo esto siquiera ha valido la pena.
Escrito por Diego Gil
La maldición de los Bishop (John D. Hancock)
Jessica acaba de abandonar un hospital psiquiátrico tras sufrir una crisis nerviosa. Junto a su marido y un amigo decide empezar de nuevo en una antigua granja, lejos del ruido de la ciudad, con la esperanza de que la tranquilidad del entorno ayude a reconstruir una vida que todavía se sostiene con dificultad. Sin embargo, la presencia de una misteriosa joven instalada en la casa, el extraño comportamiento de los vecinos y una serie de visiones cada vez más inquietantes convierten ese supuesto refugio en un espacio donde la realidad comienza a resquebrajarse.
¿Está Jessica percibiendo algo que los demás no pueden ver o simplemente está reviviendo los fantasmas de su enfermedad? La película se niega constantemente a elegir un camino, obligando al espectador a compartir la misma inseguridad que persigue a su protagonista, lo cual resulta más fascinante que la propia historia en sí, ya que el director John D. Hancock nunca parece interesado en ofrecer respuestas claras. Quizás porque entiende que el verdadero terror nace de la duda y convierte esa incertidumbre en el motor de toda la narración.
Esa decisión narrativa resulta especialmente efectiva gracias a la interpretación de Zohra Lampert. Su trabajo evita cualquier exageración asociada al personaje desequilibrado y apuesta por una naturalidad casi dolorosa, por frágil. Jessica no transmite miedo mediante grandes estallidos emocionales, sino a través de pequeños gestos, silencios incómodos y una fragilidad permanente que hace imposible distinguir cuándo empieza la paranoia y cuándo termina la amenaza real, o incluso si la abraza por momentos. La cámara permanece siempre cerca de ella, encerrándonos dentro de una mente que poco a poco deja de confiar incluso en sus propios sentidos.
Su ritmo, eso sí, puede convertirse en el principal obstáculo para parte del público actual. Hancock renuncia deliberadamente a la urgencia narrativa y prefiere disfrutar rodando largas secuencias donde apenas pasa nada de forma aparente. Sin embargo, esa lentitud constituye precisamente una de sus mayores virtudes. La película necesita tiempo para que el malestar se instale de manera progresiva, para que el espectador deje de sentirse cómodo y termine cuestionando todo lo que observa. Aunque en su introducción parece buscar el sobresalto, durante el resto del metraje solo busca contaminar emocionalmente.
También resulta interesante contemplarla como una obra profundamente ligada a su tiempo. Los primeros 70 ya se sabe cómo iban… La estética hippie, la búsqueda de una nueva vida lejos de la ciudad o esa aparente libertad con la que conviven los personajes… todo ello esconde una visión desencantada del final de los años sesenta. Bajo ese idealismo se perciben relaciones marcadas por la incomunicación, el egoísmo y la incapacidad para comprender el sufrimiento ajeno, elementos que enriquecen la experiencia de una película de apariencia sencilla más allá de sus componentes fantásticos.
Escrito por Alberto Mulas







