Kei Ishikawa… a examen

Un hombre puede contener una infinidad de recorridos y Kei Ishikawa transita todas esas posibilidades en A Man. Es muy definitorio su primer plano, donde contemplamos un cuadro con dos siluetas de espaldas, una reflejo de la otra, como un alegato absoluto a la confusa definición de identidad, que va a desmenuzar con cuidado a lo largo de la película.

Para Ishikawa, la identidad y su correspondencia con la imagen real es un galimatías complejo que merece ser reflexionado, pero lejos de crear un agotador ensayo filosófico, lo que hace es ir mutando su film, uno cargado de corrección y dobles lecturas, donde converge el lenguaje corporal japonés con las tramas occidentales. Tan lejos, tan cerca.

Igualmente, es una mujer el epicentro de la historia de forma casi anecdótica, por buscar un punto de partida donde justificar esa búsqueda de respuestas a preguntas que antes nadie hubiese hecho. El drama romántico, uno con mucho drama pero con la delicadeza propia del autor, nos permite asimilar la evolución corta pero metafórica del hombre que da título al film. Una vez el espectador se acomoda, comienzan las evoluciones de la película, acentuando una tensión silenciosa, al comprender que adentrarse en el misterio no da siempre las respuestas acertadas. Un trágico accidente da pie a transformar el drama familiar en un thriller sin abandonar del todo su origen, porque Ishikawa no olvida que el individuo afecta al colectivo que le rodea.

Sin grandes aspavientos ni acciones enrevesadas, A Man sí se sumerge en lo inesperado, y no le da tanta importancia a la resolución como al camino tomado para descubrirlo y cómo ello afecta a todos los que se implican en tan ardua tarea.

De esa sencilla mujer reformando su vida surgen muchos hilos conductores que a su vez conectan con el hombre que escondía sus propios secretos, y nos permite descubrir por capas la complejidad humana de la que habla la identidad. Para ello entronca con todo aquello que el legado familiar puede contener, y la necesidad de hacer desaparecer ese legado para poder formar un nuevo futuro. Es por ello que las diferentes realidades de sus múltiples personajes tienen tonalidades diferentes. Es más vívida la luz para el futuro del hombre sin nombre, más austera la del abogado que investiga y tiene ese aspecto de recuerdo ahogado los ‹flashbacks› que dan sentido a la tonalidad del film. Pero hay algo que se vuelve una constante. Para cada hombre que repudia su pasado tiene un reflejo difuso con alguna superficie, algo que vemos en los traumáticos encuentros con su rostro del primer hombre, en la huella que queda plasmada en la mesa de un personaje bisagra y en la imagen difuminada y aterradora que encuentra el abogado en un momento de duda sobre su propio destino.

Porque la película vive más de las preguntas que de las respuestas. Ya no solo desea conceder un pasado concreto a sus personajes, también busca una forma de enfocar un camino que repare el sentido de las raíces de los mismos. Es insistente el eco de una sociedad japonesa que no comulga con la presencia de los coreanos, y la importancia de un árbol genealógico sano que poder defender, dando un sentido a la forma en que se debe respetar y elevar el apellido familiar. Ishikawa distancia lo universal de lo personal y hace partícipe a cada nuevo invitado a la historia para que aporte un nuevo punto de vista. A Man va cerrando etapas y lo hace con la conciencia limpia y los secretos en el lugar que deben mantener, siendo de nuevo la sinceridad una sobrevalorada expresión que no siempre lleva a la felicidad. Es cuanto menos interesante el modo en que la película va reconstruyendo sus paradigmas sin que apenas se apropie de sobresaltos en sus sorpresas, donde la sencillez marcada por el hombre pueda ser siempre misteriosa y melancólica.

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