Javier Marco… a examen

Cerca como estoy de darle la vuelta al jamón de la vida, y que la edad no hace más que aumentar mi tendencia a contar anécdotas, me gustaría recordar lo que supuso la llegada de MySpace a la vida de una persona joven como yo en aquel entonces, allá por 2005/2006. Era la primera vez en mi vida que, al descubrimiento de artistas musicales, se sumaba la posibilidad de hablar con ellos y que ellos te respondieran como si tal cosa. Todavía recuerdo el nombre de bandas que no he vuelto a ver activas desde entonces, seguramente derivado de la buena sensación que me dejaron las interacciones, siempre bastante amistosas y constructivas.

Hay una fantasía que sostiene buena parte de internet y es la de que lo que ocurre detrás de una pantalla no es del todo real. No porque ignoremos que al otro lado hay personas de carne y hueso, sino porque la distancia tecnológica nos permite comportarnos como si no la hubiera. Comentamos, juzgamos, insultamos, admiramos o despreciamos a desconocidos con una facilidad que difícilmente tendríamos en una conversación cara a cara. Y quizás por eso resulta tan perturbadora la premisa de A la cara (2020), el cortometraje ganador del Goya que Javier Marco ha convertido ahora en un largometraje sobre una mujer famosa que decide visitar al hombre que la odia por internet.

La idea destruye de golpe esa frontera imaginaria entre mundo digital y mundo físico. Lo que en redes sociales es sencillamente una interacción más —un comentario ofensivo perdido entre miles y que el emisor seguramente olvide a los minutos de enviarlo— se convierte de pronto en una situación tangible. Hay una dirección, una puerta, un timbre y dos personas obligadas a compartir el mismo espacio. El odio deja de ser una abstracción para adquirir cuerpo.

Gran parte de la fuerza del cortometraje reside precisamente en esa tensión inicial, sobre todo si no has visto el largo antes ni leído la premisa. En tal caso, ocurre que durante varios minutos no sabemos exactamente cuál es la relación entre ambos personajes ni qué puede pasar después de cada interacción. La situación resulta inquietante porque hemos visto demasiadas historias sobre obsesiones, acosos y fanatismos que terminan desembocando en la violencia. Existe la sensación permanente de que cualquiera de los dos podría cruzar una línea irreversible en cualquier momento. Javier Marco explota muy bien esa incertidumbre y convierte un encuentro aparentemente cotidiano en una especie de duelo psicológico en el que la posición de los aludidos puede preverse impredecible.

Pero, ante la falta de impredecibilidad final, lo más interesante de A la cara no es el suspense, sino la reflexión que plantea en torno a nuestra manera de relacionarnos a través de internet. Recuerdo: en la vida real no somos nadie o, al menos, no tanto como nos gustaría. En internet, en cambio, podemos empezar de cero tantas veces como nos resulte necesario. El anonimato nos permite no solo odiar, también alabar y apreciar, hablar de gustos para bien o para mal, y conocer gente que quizá ha reinventado su identidad igual que tú.

Las redes sociales no inventaron el hablar por hablar ni la crítica cruel; las redes sociales le dieron visibilidad más allá de lo que nos ha dado siempre algún programa de televisión. La diferencia es que antes esas conversaciones solían terminar cuando abandonábamos la habitación. Un comentario desagradable hecho entre amigos desaparecía con el paso de las horas, las conversaciones en persona o por WhatsApp son una parte más de nuestra intimidad, a la que no nos gustaría que accedieran ojos con poca empatía o comprensión.

Por eso internet se ha convertido en una máquina extraordinariamente eficaz para transformar la soledad en participación, la crítica en una opinión que va directamente a la conclusión sin pasar antes por la introducción y el nudo, sin la parte que explica y justifica lo que opinas de verdad, aquello que, igual que el anonimato permite decir, ser público obliga a medir. ¿Tiene sentido el altavoz de algunos opinadores con nombre y apellidos? ¿Es más justificable el odio de Reverte que el odio hacia Reverte porque lo hace él, firmando con su nombre? Muchas opiniones no nacen necesariamente de una convicción profunda, sino de la necesidad de formar parte de algo, del mismo modo que muchas otras opiniones nacen casi de la militancia y han permitido conocer más realidades y dar voz a quien no siempre la ha tenido.

A la cara entra y sale del debate evitando caer en una lectura simplista, pero sin tampoco entrar en un terreno demasiado profundo, quedándose en un punto intermedio inteligente desde donde empatizar con las dos partes implicadas. El guion de Belén Sánchez-Arévalo entiende que en la gran mayoría de las vidas humanas en el pecado mismo se encuentra la penitencia.

Eso no significa que todo el odio sea equivalente. Existe una diferencia evidente entre la crítica y el deseo de hacer daño. Criticar una obra, una opinión o una figura pública forma parte de cualquier sociedad sana. Incluso el rechazo puede ser legítimo cuando se dirige hacia comportamientos realmente dañinos. Lo que convierte algo en ‹hate› no es la discrepancia, sino la deshumanización. El momento en que dejamos de ver una persona para convertirla en una pantalla sobre la que proyectar nuestras frustraciones.

Por eso yo no quiero saber nada de las bandas que descubrí en aquella red social musical hace ya más de 20 años y que no volví a escuchar o ver en otras plataformas desde entonces, porque si la tendencia general es la que es ahora en redes, a saber lo que les ha pasado en todos estos años y a saber si no son ellos ahora los del ‹hate›.

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