Tres hombres malos (John Ford)

Este año se cumplen 100 años del estreno de Tres hombres malos (3 Bad Men), una película de John Ford que nos cuenta la historia de 3 bandidos que deciden ayudar a una joven que acaba de perder a su padre, frente a un malvado ‹sheriff›, en el contexto histórico de la colonización de tierras de Dakota en 1876.

Un western muy “fordiano”, con una fuerte presencia del paisaje norteamericano y la épica de los pioneros y colonizadores, protagonistas de una sociedad en pleno cambio y que nos presenta cuestiones muy recurrentes en la filmografía de su director, como la camaradería, la amistad, el sacrificio o el heroísmo, aderezado como hace habitualmente con la presencia de unos secundarios con peso específico, que rodean y enriquecen a la trama principal.

Tres forajidos fuera de la ley, interpretados por Tom Santschi, J. Farrell MacDonald y Frank Campeau, deciden anteponer sus intereses personales para ayudar a una mujer que se ha quedado sola, encarnada por una espléndida actriz, Olive Borden (totalmente olvidada en la actualidad), llena de frescura y carisma. Incluso le llegan a buscar el marido adecuado que pueda cuidar de ella, elección que recae en el joven vaquero interpretado por George O’Brien, en cuyo proceso de selección se nos ofrecen momentos de comedia pura.

La primera parte de la película es un desarrollo de personajes y situaciones, en el que se alterna cierto estilo costumbrista y evocador con un tono ligero e incluso humorístico, en lo que en algunos momentos parece un carrusel de situaciones y personajes.

Pero en la parte final del film se desencadena todo el drama y la tragedia que se ha ido cocinando. Ahí vemos una escena muy espectacular como es la salida de cientos de carros en una carrera de los colonos por ser los primeros en ocupar las mejores tierras. Además, vamos a asistir a algunos espléndidos momentos de drama, acción, tensión e incluso rabia, en una deriva de acontecimientos muy emocionante, que concluye con una despedida llena de emoción y heroísmo, que ensalza las figuras de tres hombres malos, quienes completarán su redención y acabarán siendo buenos.

Ford alterna espectacularidad e intimismo. Por un lado detallista y cotidiano, pero por otro capaz de ofrecernos a la vez una planificación de grandes secuencias que por momentos conjugan composiciones que parecen extraídas del cine de Cecil B. DeMille, mezclada con algunas dosis que recuerdan al montaje frenético de Eisenstein. Un film excelente desde lo técnico a lo argumental, que mantiene su brillo hoy en día.

Pero, lamentablemente, no parece que fuera esta la percepción de los espectadores de la época. Ford, que venía de un éxito precedente como el de El caballo de hierro, su film más importante hasta la fecha, y que había realizado apenas dos años antes de esta película, que con algunas similitudes, aguanta, cuando no supera incluso, cualquier comparación con la anterior. Sin embargo, el público no fue muy receptivo en su estreno, la productora Fox modificó el montaje contra el criterio de Ford, y la obra, además de fracasar en taquilla, provocó un mal sabor de boca en el director. Tanto fue así, que Ford tardó muchos años en volver a hacer un western, nada más y nada menos que hasta el año 1939, con La diligencia.

En cualquier caso, vista hoy en día, podemos decir que nos encontramos ante una obra soberbia, en la que es reconocible el mejor Ford con muchas de las características de su cine, y que cien años después es capaz de entretener, hacer reír, emocionar y, a la vez, impactarnos con su espectacularidad. Un excelente film que contiene todo el brillo del cine de John Ford, uno de los grandes.

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