Durante una escena de Seis días en primavera, me ha venido a la mente un momento muy concreto del verano de 1992 o 1993. Mis hermanos y yo en el asiento de atrás del coche y mis padres en los de delante escuchando y cantando prácticamente en bucle las canciones Sweat (A La La La La Long) de Inner Circle, How Do You Do! de Roxette, All That She Wants de Ace Of Base, Mr. Vain de Culture Beat, What Is Love de Haddaway o Informer de Snow. De entonces, tengo otros recuerdos que quizás corresponden a otros veranos que he mezclado (con 6 años poco más se me podía pedir), pero que para mí están en el mismo, puede que incluso porque ni siquiera todas las canciones que estuvieron en el bucle lo estuvieron durante el mismo verano y simplemente sí en el mismo coche. Aun así, ese verano tenía una sala de recreativos en la planta baja del edificio de apartamentos donde nos quedamos (y donde solo me dejaban gastar una moneda al día para no volverme loco con la cantidad de videojuegos disponibles), unas mañanas de horas de playa (de la que tenían que sacarme casi a la fuerza) y unos mediodías de ensalada (que yo despreciaba y el resto de mi familia adoraba), siesta y paseo, con unas cenas en general fuera de casa porque era el único momento del año en que mi padre no estaba pendiente del dinero (a ojos de un niño).
El director Joachim Lafosse parece entender muy bien esa distancia que existe entre cómo recuerdan las vacaciones los niños y cómo las viven los adultos, pese a que los niños las vivirán también años después. Porque, mientras los primeros recuperan el tiempo perdido que les roba el calendario escolar, los adultos intentan convencerse durante unos días de que la vida puede dejar de consistir únicamente en afrontar dilemas. Las vacaciones entendidas como ese breve paréntesis donde las renuncias dejan paso a las recompensas y donde uno llega incluso a pensar que otra vida es posible, aunque no llegue a durar ni una semana. Seis días en primavera transcurre justo ahí. Sana, una madre recién separada que decide instalarse unos días con sus hijos en la casa vacía de sus antiguos suegros, convierte unas vacaciones improvisadas en un pequeño refugio donde, durante un instante, la precariedad parece suspenderse. Pero solo lo parece.
Uno puede reprocharle a Lafosse precisamente eso. La extrema contención con la que observa a sus personajes, una distancia que a veces puede confundirse con frialdad o incluso con falta de ambición dramática. Es cierto que apenas pasa nada en términos convencionales y que algunas decisiones parecen quedar más insinuadas que desarrolladas. Sin embargo, esa falta de conflicto fácil termina siendo una de las mayores virtudes de la película. Lafosse evita subrayar las emociones y dedica su tiempo (y el nuestro) a observar cómo una felicidad diminuta intenta abrirse paso a pesar de que la realidad es otra incluso durante el verano. La tensión nunca desaparece, aunque rara vez estalle.
En ese equilibrio resulta fundamental Eye Haïdara, cuya interpretación evita convertir a Sana en una mujer sacrificada o en una víctima permanente. Lo que transmite es el deseo de que sus hijos recuerden esos seis días por el lado bueno. Que, dentro de unos años, recuerden la playa o la piscina y no el miedo, las dificultades económicas o la incertidumbre con la que ella convive a cada rato. Hay una enorme humanidad en ese personaje contenido, en esa necesidad de madre de proteger la memoria de sus hijos incluso cuando ya no pueden ocultar su realidad.
Seis días en primavera nunca busca el melodrama, pudiendo parecer insípida en su lucha por evitarlo. Lo suyo es algo más francés (bueno, en este caso belga), de las pequeñas felicidades que existen sabiendo que son provisionales, dejando que las escenas respiren y que las emociones aparezcan cuando tienen que aparecer, si es que aparecen. Por eso es conveniente experimentar esta película bien avisados de antemano, porque habrá quien eche en falta diálogos más afilados o un retrato familiar más profundo y menos ligero… veraniego (aunque primaveral).
Pocos años después, mis padres se separarían y me quedaría sin veranos fuera de Madrid hasta los 18, cuando me acoplé en la casa de mi hermano y mi cuñada en Sants e hicimos un viaje en coche que nos llevó hasta Colliure. Acoplado como estaba, y sobre todo viendo a una pareja desde fuera, fue bastante fácil entender en el momento que existía un equilibrio entre los buenos momentos del viaje con otros más cargantes para las partes implicadas, porque lo que muchas veces te ofrece la infancia es la posibilidad de construírtela y contártela ya a posteriori, como adulto. Seis días en primavera es la mirada de ese adulto sobre su recuerdo de la infancia, a la edad en que es consciente de que las mejores vacaciones de su vida fueron también, posiblemente, las más difíciles para quienes las hicieron posibles.








