Three Days of Fish (Peter Hoogendoorn)

A Peter Hoogendoorn le intriga el paso del tiempo. Si en su primera película comprimía el drama y la comedia involuntaria a la hora de afrontar los problemas en familia en dos horas, y así nos informaba desde su título, Between 10 and 12, en el que se erige como su segundo trabajo se inspira en la frase hecha «Los invitados, como el pescado, huelen mal a los tres días» y lo titula, directamente, Three Days of Fish.

Jugando un poco con la inspiración personal, lo cierto es que Hoogendoorn parece hablar un idioma internacional y a la vez cotidiano, donde cualquiera se puede sentir identificado. A la familia la necesitamos a la vez bien cerca y bien lejos, son esos seres que no elegimos pero que acomodamos en nuestras rutinas como parte de la vida, para bien o para mal.

En este sentido, son tres los días que Gerrie, un hombre jubilado que vive con su nueva esposa en Portugal y que debe acudir anualmente al chequeo médico en su ciudad natal, Rotterdam, donde viven sus hijos. Hasta aquí la rutina nos inunda por todos los poros con fuerza, pero solo sobre el papel, pues es otra la imagen que percibimos a la hora de comenzar esta historia. Es Dick, un tipo sentado en una silla “viejuna”  en una parada de autobús que espera la llegada de su padre para afrontar tres días en su compañía. No hay grandes muestras de afecto, ni siquiera la cámara se acerca demasiado para contemplar la emoción del reencuentro, solo parece que continúa una conversación dejada a medias un rato antes cuando, realmente, ha pasado todo un año desde el último cara a cara. Con esta forma de concebir ese trato cotidiano sin importar la dilatación del tiempo, no encontramos con lo banal y lícito de los lazos familiares, esa necesidad de juntarnos exista o no una necesidad para hacerlo.

Gerrie y Dick forman una extraña pareja que va a centrar nuestro interés durante esos tres días de visita rigurosa. La película no concibe imprescindible el uso del color para esta crónica de una relación marchita entre dos más que adultos hombres que siguen a regañadientes con esa necesidad de ser padre e hijo, aunque ya no exista la necesidad. Lo que viene a continuación es una controlada agenda por parte del padre en la que cumplir con todas las visitas de rigor aprovechando el tiempo que le queda en su vuelta a la ciudad, acompañadas por un acoplamiento de su hijo en el que tenemos que decidir si hay también obligación o necesidad.

Las conversaciones son escasas e inapropiadas, a medio camino entre la necesidad de rellenar el vacío sonoro y la intención de asentar las bases de lo que se necesita decir sin realmente expresarlo a viva voz. Entre los dos hombres hay un lenguaje propio donde se oculta más de lo que se dice, de un padre que ya ha perdido la función de aleccionar y de un hijo que ya no cuenta con la magia de aprender.

Entre visitas médicas, compromisos familiares, reencuentro con antiguos compañeros de trabajo y demás paradas obligatorias se va desplegando este pequeño universo de personas normales haciendo tareas previsibles, donde queda cada vez más claro que Gerrie ya ha roto todos sus lazos con esa ciudad y ese estilo de vida, y Dick ha dilatado sus responsabilidades y desea, en cierto modo, la presencia de un padre que le sirva como guía en una vida no tan imperfecta como podría parecer.

Tanto los silencios como la palabrería malsana sirven para unir y separar esta relación paterno-filial, dando a entender que tres días son un simple reflejo de tantos años de relación no tan bien llevada. No hay afecto en los gestos ni en las palabras torpes, pero sí hay entendimiento entre ellos y quizás, en todo aquello que no se dice y no se comparte claramente hay una gran pancarta que afirma eso de “de tal palo, tal astilla” (por no perder lo de los dichos populares). Sin necesidad de remitir al pasado ni a un incierto futuro, Peter Hoogendoorn nos hace sentir cómodos e interesados en esta extraña relación porque parece prolongar su sombra hasta nuestras propias vidas, a esos encuentros escuetos con las obligaciones familiares, al absurdo de las relaciones entre personas, al afán de quedarnos enganchados en lo ajeno sin darle realmente valor a lo propio. Three Days of Fish es algo más que un cómico relato familiar, va más allá de una ligera “dramedia”, tiene una elegante fotografía en blanco y negro que hace brillar los entornos cotidianos, y se podría tratar como una ‹coming of age› por aquello que nos confirma que ya no hay una edad concreta a la que madurar —algunos no alcanzarán esa epifanía jamás— cuando parece que la separación en esta familia, aunque sucediera hace años, esté a punto de confirmarse tras esos tres comprometidos días. Las historias interminables sobre nada concreto de Dick, los tajantes comentarios de un Gerrie siempre disimulando su enfado, los necesarios silencios compartidos que solo funcionan tras años de práctica; sin duda hay mucha elaboración en esta sencillez, hay un retrato atemporal que irradia energía y consigue que nos queramos quedar en este nuevo intervalo de tiempo orquestado por Hoogendoorn, tanto en lo divertido como en lo incómodo, porque sabe tratarlo con una exquisita naturalidad.

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