Siervos (Ivan Ostrochovský)

«No estamos en este mundo para ser felices».

Ivan Ostrochovský es un cineasta eslovaco que ya había hecho algún ruido en el circuito festivalero con su segunda obra titulada Koza (2015) sobre la historia de un boxeador gitano que intenta conseguir el dinero para el aborto de su amada mientras intenta convencerla que no lleve acabo dicha operación. 

Ahora, cinco años después, el director regresa con Služobníci, traducida como Siervos, donde nos lleva a la Checoslovaquia comunista de los años 80 y a la opresión ejercida por las diferentes fuerzas de seguridad del estado que se infiltran en todos los ámbitos, en todos los rincones, incluyendo en la casa de Dios, algo habitual en las dictaduras a los dos lados del telón de acero. 

Después de la Segunda Guerra Mundial, a las autoridades comunistas no les supuso ningún problema ni estaba mal visto eliminar o descabezar a las figuras de la Iglesia Católica de cada país, debido en la mayoría de los casos, con la salvedad de Polonia, a la colaboración entre los regímenes aliados del nazismo y a la jerarquía católica de cada nación. Tampoco fue el objetivo total acabar con la religión católica, no porque no quisieran desde Moscú, sino porque se convencieron que sería un trabajo titánico y que perjudicaba a los comunistas nacionales de cada nación en sus primeros años. Hubo represión, persecución y pérdida total de libertades religiosas, pero a la vez se fue moldeando una convivencia entre cada estado y la jerarquía católica, sobre todo tras la muerte de Stalin en 1955.

Checoslovaquia no fue una excepción. Así pues, durante muchos años coexistió un estado comunista, supuestamente ateo, y diferentes cleros religiosos que sobrevivían como podían. En este ambiente viciado, donde cualquiera podía ser el delator sobre cualquier aspecto de tu vida, es donde nos sitúa el filme. La película nos emplaza a inicios de los años 80, donde dos jóvenes seminaristas se prepararán para recibir su educación espiritual hasta ordenarse sacerdotes en un futuro.

Lo primero que se agradece al cineasta y los dos coguionistas es que huyan en todo momento de presentarnos una obra enmarcada en la denuncia social. Siervos es un thriller político donde se palpa la opresión, donde los jóvenes se sienten espiados y escuchados y la forma de grabar el lugar y sus personajes se percibe como si Dios, o peor, las fuerzas de seguridad del estado, acechasen en todo momento. Este juego entre el ente divino y el estado policial checoslovaco es sólo un divertimento más de sus responsables. 

Pero esta elección de tono acaba siéndolo todo en la película; los personajes no son buenos samaritanos en lucha contra la opresión, más bien Ostrochovský sitúa a unos personajes y les puebla de dudas y motivos para traicionar o ser traicionados. Si alguien busca una obra cuya temática sea la religión, puede sentirse decepcionado. Y no es que no haya simbolismos, tentaciones, traiciones y redenciones, pero la cosa está clara; en un mundo entre el blanco y negro, entre el bien y el mal, lo gris lo absorbe todo. 

El cineasta construye un relato simple y crudo, despojado de cualquier adorno narrativo superfluo. Nuestros jóvenes llegan al lugar, pronto uno de ellos se envuelve en actividades contrarias al régimen (escuchar una radio extranjera, leer libros de santos y esas cosas), y el régimen muestra su poder y potencial entre las sombras para capturar y destruir cualquier intento de insubordinación, escuchándolo todo, estando en todas partes y en ninguna, teniendo una oreja pagada en cualquier recóndito lugar. 

Nada se le resiste al estado comunista. Por poder, pueden estar hasta en el lugar más inconfesable e inaccesible. Los chicos son conscientes de que es una partida perdida. Toman precauciones, pero están por todas partes y sobre todo… podría ser cualquiera.

Una obra de pocas palabras y muchas miradas, rodada en un blanco y negro que sienta muy bien a las intenciones del director, quien plasma un thriller político que muestra a la perfección los mecanismos de ese estado que consiguió poner un espía en cada corazón y en cada alma de sus queridos ciudadanos. 

Lo veían y escuchaban todo en todas partes. El control era absoluto. Era casi perfecto. Una maravilla en su perfección. Dios debería aprender. 

Nunca llegó más allá de tres trucos baratos. 

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