Dies d’estiu i de pluja (Mireia Labazuy, Àlex Serra, Clàudia Vila Masvidal)

Tres amigos y un único destino. No necesitan más en el Col·lectiu Espurnes para envolver de dudas, miedos e impulsos una historia de verano donde la lluvia queda como un apunte metafórico. Una chica, dos chicos y la confianza de haber crecido juntos y seguido caminos dispersos sirve de excusa para una reunión veraniega donde hacer lo de siempre no significa recibir la misma gratificación de las otras veces. Es lo que tiene crecer.

Esta película en plena ruta se muestra pequeña y vulnerable, pero también sincera y con las ideas claras: el misterio nace de nuestros propios miedos, al menos esos que surgen cuando hay que decir algo en voz alta. Para ello aquí se valora por encima de todo la amistad, esa que no necesita premura para consolidarse. Lo hace con tres personajes diferentes pero complementarios, cada uno con su propio secreto inconfesable —incluso para ellos mismos— que hace dudar al resto sobre la sintonía que siempre tuvieron. Es una forma de avanzar en las ‹coming of age›, ese despertar tardío en algunos aspectos de la vida cuando no todo cuadra a la perfección como esperábamos que ocurriría nada más llegar al mundo de los adultos. Ya sabemos que la evolución de la madurez se ha sesgado en tantos apartados que cualquier edad es la correcta para, de una vez por todas, “madurar”.

Pero Díes d’estiu i de pluja es mucho menos compleja que toda esta coraza. Solo es un camino relajado, apacible, donde dejarse llevar para abrir otros muchos caminos posibles. Un apartado de tiempo reservado para tres personas de personalidades fuertes y agujeros enormes en su seguridad. Hay un enorme empeño en crear una tensión alrededor de cada uno de ellos, demostrar que todo no va tan bien como aparente, y buscar el momento donde descubrir sus verdaderas inquietudes. Esa forzada estructura no resta importancia a la comunión que se genera con el entorno y con los tiempos muertos en que cada uno de ellos se deja llevar por el silencio. Un pequeño descanso del mundanal ruido perdidos por los senderos de Huesca son necesarios para estos personajes y para el espectador, una forma de desconectar con un verano ajeno que nos transporta a nuestra propia intimidad.

En la película, más que una historia cerrada nos encontramos con pinceladas que construyen la unión de los tres jóvenes pero también un momento concreto, un ahora lleno de deseos, obligaciones y lugares comunes propios de una generación. Se nota ese retrato creado  por un grupo de personas que vive intensamente esa misma etapa, que no habla del recuerdo sino del presente, que genera espacio para deleitarse en los estímulos más nimios y no por ello menos interesantes. Díes d’estiu i de pluja es más contemplativa que arrolladora, algo necesario para una historia estival que no le da la espalda a aquello que viene en otoño y el resto de días del año.

Dentro de esos silencios hay espacio para cada confesión personal, y aunque sea como una ronda de preguntas en la que cada uno tiene su turno para soltar su auto-bombazo, la introducción con la que consiguen que salga adelante queda natural y necesaria para retomar esos hilos invisibles que les enganchan incluso en un momento en el que parece que no pueden darlo todo por los demás hasta no resolver sus propias dudas. En perspectiva, esos problemas vitales tan dispares que nublan su verano no le restan importancia al resto, en un intento por crear ese canto colectivo a la amistad que parece primordial en la película, un gesto sencillo y significativo que desea retener en el tiempo la importancia de compartir cuando uno está preparado para ello. Es cierto que la vida es más compleja, pero la emoción que requiere unos días lejos de todo (y no necesariamente de todos) está más que compensada en ese instante en el que comer un helado vuelve a poner el universo en su lugar.

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