Carlo Padial… a examen

Pensar en Carlo Padial es retrotraerse a aquel momento en que encontramos, de casualidad, un texto en el que narraba las paradojas sociales entre las líneas de Rodalies de Catalunya —el camino de la muerte— y Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya —el paseo de los ricos—. La comedia es sinónimo de absurdo y lugares comunes.

El director (una de las facetas dentro de la alta gama de disciplinas que maneja Padial) se ha vuelto un experto, con los años, en destrozar todo tipo de expresiones artísticas que requieren un poco de amor propio y pérdida de conexión con la realidad. Así tenemos a un director de cine (Mi loco Erasmus), un escritor que reniega de la enseñanza (Taller Capuchoc) o un ‹youtuber› en pleno apogeo de atención mediática “trolleando” al universo a modo de crítica (Vosotros sois mi película); toda una amalgama de medios de expresión donde el “ombligismo” se convierte en un agujero negro de autodestrucción.

Ya que Carlo Padial es director (y otras cosas a las que también ha subjetivado en sus películas, ya lo he dicho antes) lo justo es elegir su revisión crítica del cine para hablar de él mismo. Si en Mi loco Erasmus la grandeza se le iba de las manos a Didac Alcazar, en Algo muy gordo el proyecto crece en expectativas, nombres conocidos y efectos especiales, donde el ‹alter ego› se convierte en un ‹auto-alter ego› multidireccional —el director hace el papel de director, como la estrella hace lo propio con su cuerpo— o una mofa introspectiva en la que vale la pena perderse. Y Miguel Noguera vuelve a ser un ser de luz al que idolatrar a través de los ojos de Padial.

No es un trabalenguas, es simplemente la motivación con la que Berto Romero y Carlo Padial deciden afrontar Algo muy gordo, representando el rodaje de una película que, de ser una realidad, sería algo “muy gordo” en el panorama español. Entre la abstracción, la comedia y la crítica, está claro que Padial ha encontrado en el falso documental (además del documental falseado que hizo algo después) su línea de discurso. En esta ocasión todo el mundo mantiene sus nombres, incluso miran directamente a cámara como si de un ‹making of› se tratase. Para ello Berto se enfunda un traje de captación de movimiento y da vueltas y vueltas y más vueltas frente a un croma verde mientras los entresijos de un rodaje van tomando forma frente, tras y alrededor de las cámaras. ¿Y dónde está la gracia de este ‹mockumentary› en concreto? Quizá en la reiteración de tics que asumimos en las estrellas y personas que trabajan tras las cámaras mientras aparece algún rasgo personal, casi imperceptible, de cada uno de los implicados en las escenas —todos conocemos algún detalle superficial que marca públicamente la personalidad o la forma de trabajar de estos actores—. Dentro de la pérdida de perspectiva que siempre se puede encontrar en una película de Padial, algo buscado, estudiado y montado, en Algo muy gordo nos topamos con la convencionalidad. Estamos ante una Taller Capuchoc estructurada, lineal, capaz de abrazar un inicio y un final con una misma intensidad, una nueva versión de Padial que no deja de reírse de todos y cada uno de los implicados de una producción cinematográfica con cierta ternura y algo de inteligencia emocional.

Ver a Berto disfrazado en todo momento imaginando el resultado de una película como si estuviera en el plató de Los Vengadores tiene cierto morbo y da un paso más en la crítica a lo excesivo, lo ambicioso y lo profesional en un proyecto decadente. Este se alimenta de unos giros absurdos y románticos utilizándose Padial a sí mismo como un ente misterioso que lo mismo sirve como director de altísimo nivel introspectivo que lleva su cerebro a mil por hora, que como un megalómano incapaz de ordenar sus propias ideas. Al final, es cierto que el absurdo convencional es gracioso, y las pequeñas pullas rellenan perfectamente la minimización de efectos visuales prometido, consiguiendo que Algo muy gordo sea esa película de ambición comercial que podía hacer Padial rompiendo el tono de sus anteriores films, más secos, irónicos y desquiciantes, pero no su dinámica de desbrozar el género y abusar de la amistad (que sea distinta no implica que no aparezcan, de un modo u otro, todos sus fetiches más allá de Noguera). Hablar de grandes ideas, desastres y caídas en picado es el bocado de realidad que mejor entiende la risa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *