Pizza Movies (Carlo Padial)

Pizza Movies es la nueva película del cineasta, escritor y humorista Carlo Padial, cinco años después de su serie de Filmin Doctor Portuondo. Se trata de una obra corta y sencilla, tanto por su duración como por su ambición. Alan, un oficinista conformista de mediana edad, y su mujer Thais, crítica de cine insegura y quemada, deciden dinamitar su vida para emprender un loco proyecto personal: la apertura de una pizzería con temática de cine. Su precariedad económica a causa de su situación familiar y profesional y la vergüenza que sienten por saberse soñadores de lo imposible convierten el proyecto en un verdadero periplo. Pero contra toda expectativa, y habiendo hecho sacrificios significantes en el camino, el sueño que parecía imposible empieza a tomar forma. Berto Romero y Judit Martín encabezan este ligero festival de referencias que, pese a sus buenas intenciones, transcurre sin pena ni gloria.

Como pasa con muchas películas españolas protagonizadas por reconocidos cómicos, tal vez más habituados a la televisión o al ‹stand-up› que a las películas de larga duración, cada secuencia parece un ‹sketch› en sí misma, con sus propios personajes y ‹gags› particulares. La estructura de la historia permite este formato episódico, dedicando cada escena a una parte del proceso de la creación de la pizzería o de un elemento de la vida de la pareja. La psicóloga de su hijo, el cuidador del abuelo o Joaquín Reyes como el amigo burlón, aparecen solamente dentro de sus ámbitos establecidos y no aportan más que un pequeño ladrillo a la construcción narrativa de la cinta. La historia resulta lánguida porque en ella solo existen dos personajes con evoluciones dramáticas substanciales, a su vez muy similares entre sí.

Ciertamente, la intención de Padial con esta propuesta consiste menos en ejecutar un guion abundante en matices y aristas, y más en conceder espacio y comodidad a unos actores que interpretan personajes desde el guiño constante a su propia personalidad de cómicos. Por esa misma razón, las apariciones puntuales de actores como Raúl Arévalo o el mencionado Joaquín Reyes, que no hace ni el amago de representar a un personaje ficticio, toman la forma de un simple cameo. El clímax nos ofrece, ya al final del metraje, un truco barato de guion en forma de juicio, que recupera todos esos personajes pasajeros cuyo testimonio escribe un contrapunto respecto a su ‹gag› original. La película se sirve de este recurso para falsear una unidad artificial, que no es nada más que la suma de sus partes inconexas. Por supuesto, una cinta edificada a base de cameos y referencias tiene una identidad muy diluida y complaciente. Pizza Movies se cimienta sobre un juego perpetuo de complicidad con sus espectadores que, en caso de no ser de idólatras perdidos de sus protagonistas, difícilmente identificarán elementos cinematográficos capaces de levantar el más mínimo interés.

La puesta en escena sigue los códigos del telefilme: planos poco expresivos, decorados genéricos, una fotografía nada inspiradora y un diseño sonoro funcional. La personalidad fílmica se convierte en ruido cuando el objetivo principal es la claridad de lectura de las interpretaciones. Pese a todo, cabe decir que dentro del mórbido mundo de los humoristas transformados en estrellas de la gran pantalla, Judit Martín y Berto Romero, por su autoconciencia y modestia, acaban generando por comparación cierta simpatía. Son capaces de llenar el lugar que les cede la expresividad cinematográfica con moderado carisma y una gracia natural. La gran ocurrencia de la cinta es que la justificación de su propia existencia es tan absurda como el sueño de sus protagonistas. Pese a su escasez de encantos, no admite demasiada posibilidad de odio, pero poco más se puede hablar de una cinta que tiene tan poco para decir.

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