El debut como cineasta de la canadiense Leah Nelson, Tangles, entronca con ese ya largo séquito de películas nacidas bajo el influjo de Persépolis (2007), cuyo origen literario y autobiográfico, además de su empleo del humor como refugio ante la adversidad, inspiraban cercanía por medio de trazos ágiles, limpios y claros. Tomando como base las memorias gráficas de Sarah Leavitt y su relación personal con el alzhéimer (su madre fue diagnosticada a los 55 años y falleció seis años después), Nelson cede el testigo protagónico a Sarah, una talentosa ilustradora radicada en Los Ángeles que brega por encontrar su lugar en el mundo, tanto laboral, como identitaria y emocionalmente. Y ya nos advierte, antes incluso de la aparición del primer fotograma, de la naturaleza subjetiva del relato, porque hay tantas maneras de afrontar una enfermedad como personas en el mundo. Esta es la película y la reconstrucción memorial de Sarah.
Vaya por delante que no hay apenas originalidad en el abordaje plástico y narrativo de Tangles, hecho que no priva a Nelson de edificar una película llena de calidez, dignidad y gran poso emocional. Sobre Sarah recae toda la responsabilidad afectiva de la película, porque deberá encontrar el equilibrio entre su vida actual en Los Ángeles (mediados de los años 90, progresando en su carrera como ilustradora, iniciando una relación sentimental con Donimo) y la vida que dejó “atrás” hace años (en un pequeño pueblo de Maine, sin posibilidades laborales satisfactorias y donde reside toda su familia, con la devastadora noticia de la enfermedad materna sobrevolando el ambiente). Los retornos nunca son fáciles, porque ponen en juego viejas (¡y nuevas!) discordias, y Sarah lo descubrirá por las malas cuando deba intensificar los vuelos entre Los Ángeles y el pueblo familiar.
El trabajo visual en Tangles es delicado y discreto: los trazos son sencillos y pulcros y la apuesta cromática descansa en un monopolio casi exclusivo de la escala de grises. La ausencia de color funciona no solo en referencia al cómic original, sino que va en consonancia con las cualidades devastadoras del diagnóstico de alzhéimer y permite, además, el juego con breves estallidos de color que mitigan el dolor y el duelo. Aprovechando la profesión artística de la protagonista, la cinta se permite algunas digresiones visuales (por ejemplo, cuando la familia descubre el diagnóstico) que escenifican, con una crudeza simpar, las turbulencias emocionales de Sarah. Es en esos pasajes de mayor atrevimiento formal en los que Tangles sobresale por encima de la media y es de lamentar que se den de forma tan espaciada e insuficiente.
Con todo, y lejos de ser una película perfecta, Tangles explota sus virtudes a la perfección. Su estudio frontal, sin respuestas fáciles ni alentadoras, de cómo cuidar las relaciones ante la enfermedad es honesto y no busca la complacencia ni la lágrima fácil, a pesar de ser profundamente emotiva. Y cuando se desmelena (por medio de distorsiones, fracturas y torsiones visuales), fruto de la ira que experimenta la protagonista en relación con el alzhéimer, es una película muy apreciable, que seguro dará que hablar el próximo mes en la nueva edición del festival de animación más prestigioso del planeta: Annecy.









