Pocos minutos se tarda en descubrir el doble significado del nombre de la última película de Jim Sheridan y David Merriman. Esa simple “re-creation” que anuncia la versión original del título, un poco más ambiguo, sirve como declaración de intenciones o incluso como justificación. La cinta no solamente reconstruye un asesinato, también se atreve a reimaginar o simplemente imitar al mayor éxito de la filmografía de Sidney Lumet. La similitud con Doce hombres sin piedad es obvia, desde la misma premisa argumental, que reúne en este caso a 6 hombres y 6 mujeres en una sala para evaluar y dictar sentencia frente a un caso de asesinato, a su puesta en escena, calcada hasta el milímetro del esquema original, desde la posición de los personajes a los ángulos de cámara. El jurado 8 en este caso es interpretado por Vicky Krieps que al iniciar la sesión, y desde la misma ubicación en la mesa que ocupaba Fonda, se posiciona como la única escéptica de la sala en un caso que parece listo para sentencia. Empieza por convencer a sus compañeros de que vale la pena revisar cada detalle del caso, respetando la presunción de inocencia del acusado, sembrando así la duda entre los presentes. Los que han visto la original pueden imaginarse cómo se desenvuelve y culmina el enredo.
Por supuesto, hay notables variaciones respecto al formato de la cinta de Lumet que la distancian lo suficiente de su modelo base. Para empezar, Sheridan y Merriman no tienen la osadía de condensar la totalidad de la película en un solo espacio, razón principal del asombro que causa el guion de la obra original. Como consecuencia, se incurre con frecuencia en el uso de la elipsis en forma de fundidos encadenados, que unen forzosamente fragmentos inconexos. Las secuencias aisladas entre sí siguen recordando a momentos puntuales de su precedente, pero esa falta de unidad y continuidad evidencia que su existencia solo responde a la arbitrariedad del homenaje irreflexivo.
El peso de la trama tampoco recae tan severamente en el diálogo como sí lo hace en Doce hombres sin piedad. Los cineastas se ayudan en este caso de efectos más propios de un documental ‹true crime›: el jurado tiene a mano los audios y videos de los testimonios, tiene acceso a los objetos y evidencias aportadas por ambos bandos y se incluye en el plan un breve viaje al lugar de los hechos, para tomar aire y reflexionar. Tal vez siga más fielmente la realidad de este tipo de procesos que su predecesora, pero el precio a pagar son el nervio, agudeza y carisma característico del guion original.
Para acabar con esta ronda de comparaciones autoinflingidas, hay que hablar del caso en sí. Los cineastas recogen el incidente del asesinato en Irlanda de la productora de cine Sophie Toscan du Plantier. El principal sospechoso de la investigación fue el periodista Ian Bailey, conocido personalmente por Sheridan que, pese a ser detenido varias veces, nunca fue acusado formalmente. La película se imagina un juicio ficticio que recoge las pruebas accesibles al público y decide acerca de la culpabilidad de Bailey. La posición del adolescente racializado inculpado de matar a su padre la ocupa un hombre blanco, cuyas conductas violentas con su mujer nunca se ponen en duda. La película de Lumet ilustra cómo la resolución de un juicio puede depender gravemente de la perspectiva con la que se juzga cada prueba. Delante de evidencias ambiguas, tener el más mínimo prejuicio puede decantar la balanza hacia un lugar u otro. En el caso de Recreación de un asesinato, las certezas solo revelan incertidumbre por valor de omisión. Con todas las pruebas sobre la mesa, es evidente que Ian Bailey no es el culpable perfecto que te intentan pintar. Audios de la policía aceptando un chantaje, un periodista admitiendo manipular su entrevista con el acusado y la principal testigo cambiando de opinión cada dos por tres. Una de dos, o Bailey ha contratado al peor abogado ficticio posible o la narrativa de la cinta solo se sustenta a base de dosificar interesadamente la información.
La película te predispone desde un inicio a asistir a la redención de su protagonista ausente. Si es una recreación, es tan manipuladora como lo son los órganos policiales y jurídicos y tan sesgada como los medios de comunicación a los que pretende señalar por sus amarillismos y prejuicios.
Sin duda, si algo hace esta cinta es resaltar aún más el valor y la proeza de la película de Lumet, cuya brillantez, con 70 años de ventaja, parece más escurridiza que la realidad misma, pese a su simplicidad. Y si parecen injustas las comparaciones, igual no haberse metido en un juicio destinado a una derrota suicida.









