Couture – Alta costura ( Alice Winocour)

Couture (Alta costura), la nueva película de la directora y guionista francesa Alice Winocour, coincide en cartel con otra película sobre el mundo de la moda, el fenómeno nostálgico El diablo viste de Prada 2 (David Frankel). Y puede haber entre ambas un interesante diálogo, ya que adoptan perspectivas casi diametralmente opuestas para retratar el mismo universo. Si la esperada secuela del clásico de los 2000 hace un ejercicio de ‹zoom out›, examinando el entramado de intereses mediáticos y económicos que condicionan la alta costura, Couture propone un ‹zoom in› a las trabajadoras que confluyen en la Semana de la Moda de París: una directora contratada para un ‹spot› (Angelina Jolie), una maquilladora con otras aspiraciones (Ella Rumpf), una modelo (Anyier Anei), y una diseñadora (Garance Marillier) debutantes… De igual forma, si Frankel opta por grandes paneos, planos generales y el uso de drones para dar la escala monumental de su universo, Winocour prefiere el plano corto y plano detalle, y se pega al cuerpo de sus protagonistas para contar desde ellos la historia.

Una mano que maquilla los dedos de un pie para disimular sus heridas; un torso que se contrae cuando lo pincha un alfiler; una gota de sangre menstrual que se desliza por el interior de un muslo y amenaza con arruinar un vestido de diseño. En Couture, el cuerpo ocupa el centro, y se presenta en continua tensión con los modos y costumbres de la moda. Esta aparece como un sistema de control de las medidas, los gestos, la postura de los cuerpos; una imposición de un orden estético rígido sobre una materialidad ineludible que lucha siempre por escapar. Winocour invoca este tema de manera recurrente a través de sus imágenes, pero llega a expresarlo (con una literalidad quizá innecesaria) a través de la voz en ‹off› de un personaje: «Las querían imágenes ligeras, cuerpos sin palabra. Pero yo sabía que todas, como yo, algún día habían querido gritar.»

A esta oposición entre moda y cuerpo se le suma otro eje de tensión entre el dentro y fuera de campo. Los múltiples personajes protagonistas arrastran consigo un mundo propio, realidades personales y políticas dispares que no tienen cabida en París. Aquí, el trabajo, y allí, la vida. Esto es sobre todo significativo en el caso de las modelos que han huido de conflictos bélicos (Sudán del Sur, Ucrania), pero cuyo pasado solo conocemos a través del diálogo y de las llamadas telefónicas que reciben. La apuesta por el fuera de campo, aunque es parte estructural de la película, da una cierta cualidad superficial al guion, que reúne a un amplísimo elenco de personajes cuyos arcos apenas apunta (con la excepción del personaje de Angelina Jolie). No importa tanto cada trama individual como el mosaico que componen.

De igual forma, y a pesar de su título, en Couture el mundo de la alta costura no es el objeto sino el medio para explorar a estos personajes femeninos y las contradicciones que las atraviesan. Ningún momento lo ilustra mejor que el clímax, es decir, en la inauguración de la Semana de la Moda de París. Los desfiles están regidos por una serie de códigos mediáticos que el espectador medio puede reconocer. Por ejemplo, El diablo viste de Prada 2 adopta estos códigos para multiplicarlos y utiliza montaje, música e iluminación para crear un espectáculo total y hacer del ‹glamour› una experiencia enérgica e inmersiva. Couture, en cambio, renuncia a ellos: frente al frenesí, opta por una imagen ralentizada, y frente al protagonismo del diseño, gira el punto de vista y filma a modelos y público de espaldas, convirtiéndolos casi en figuras abstractas. Acaba por deshacerse incluso del realismo y adquiere un tono onírico que sugiere posibles reinterpretaciones del resto del largometraje.

Couture es una obra imperfecta, casi inacabada, pero rica en ideas e imágenes, y evita los lugares comunes a la hora de representar la moda, que aquí aparece como una industria sostenida por cuerpos trabajadores, enfermos, migrantes y doloridos.

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