Princesa Burro (Joaquín Cociña, Cristóbal León)

Un cuento de hadas del s. XXI

El dúo artístico chileno regresa después de dos años con esta revisión y reescritura del clásico cuento de hadas, presentado en competición del reciente Festival de Locarno. Con Princesa Burro siguen la tendencia iniciada anteriormente de complementar protagonistas de carne y hueso con animación en 2D, 3D, ‹stop motion› y fondos proyectados, recurriendo a formas visuales clásicas y artesanales que remiten a pioneros de la animación como Méliès o Chomón. Se trata de una forma de continuar con su obra de esencia surrealista e innovadora disminuyendo el prolongado tiempo de creación que llevaron las anteriores La casa lobo (2018) o Los huesos (2021), tan desbordadas de animación, como pesadillescas, reflejando temas políticos como la herencia maldita de los poderes oligárquicos que han marcado la historia de Chile.

En esta ocasión siguen contando con la actriz Antonia Giesen, quien protagonizó esa lectura caleidoscópica de los acontecimientos políticos más vergonzantes de la historia contemporánea chilena que fue Los hiperbóreos, así como con la guionista Alejandra Moffat, que ya colaboró con la pareja en ésta y la anterior La casa lobo. Una fábula tétrica y perturbadora hecha a base de ‹stop motion› en torno a las atrocidades de la Colonia Dignidad.

Princesa Burro quizá sea la película más “clásica” dentro de ese universo tan complejo y experimental contenido en la obra de Cociña y León. Sus lazos con el cine de hadas o la literatura tradicionales, en este caso una libre interpretación de Peau d’âne de Perrault (Piel de asno) a la que ya acudió Jacques Démy, entroncan con el cine fabulador de Jodorowski. Pero también recuerda por momentos al de Jan Švankmajer por lo inquietante y tétrico, así como a Yuri Norshtéin con la hipnótica poesía de sus cuentos y enorme creatividad. Hasta podríamos decir que asoma esa parte surrealista tan singular de David Lynch en algunos momentos de índole fantástica.

La película narra la historia de Diana, una princesa de un reino remoto imaginario en el que su padre, el rey Arturo, tiene prohibido el amor, decretado como plaga. El día del cumpleaños de Diana aparece de la nada Lalo, un vendedor ambulante de tierras lejanas que la saca de su letargo para enamorarla sin remedio. Ante el castigo paterno, la reclusión en su habitación y la expulsión del joven al Valle de los espinos (bella escena con reminiscencias de Lotte Reiniger), la princesa utiliza un brazalete con poderes que le ha regalado con el que puede cambiar su devenir hacia otro tiempo y espacio para buscarle. La película va saltando ante el inconformismo y desasosiego de ésta hacia diferentes épocas que les sirven a los directores para explorar su cinefilia consolidada desde la infancia, mutando de géneros continuamente.

Así, este cuento de crítica social a las imposiciones sociales alterna el terror, lo fantástico y el cuento romántico varias veces, para llegar a la ciencia ficción cuando recorre los años del país inmerso en una distopía, donde una plaga de murciélagos amenaza de forma terrible a la sociedad chilena. Viendo la trayectoria de denuncia de la obra de la pareja, rápidamente podríamos estar pensando en la metáfora de la dictadura que se cierne sobre el pueblo chileno y a los jóvenes como miembros de la resistencia, aunque esta vez la película no intenta ir por esos derroteros como prioridad.

La relación paternofilial del rey y la princesa se interpone siempre en los enamorados sea de la época que sea ante la tentativa de Diana por buscar la felicidad junto a Lalo a través de los tiempos. El cuento sigue, muta, sin desprenderse de la figura paterna, manifestado ahora de forma dulcificada y dependiente. El psicoanálisis subyace en esta historia anclado al peso y control emocionales que la protagonista sufre de forma continua, teniendo que tomar una determinación para desprenderse de su sufrimiento ancestral como mujer, la forzada adaptación y la imposibilidad de hallar una felicidad utópica. El personaje femenino termina con sacrificio hallando su destino al desafiar y deconstruir los cuentos tradicionales, adaptándolos a los nuevos tiempos.

Este cuento de hadas contiene la esencia de narraciones populares repletas de figuras o arquetipos que reflejan las pulsiones o complejidades del ser humano. Funciona para adultos perfectamente por la carga social y dimensión oscura de la condición humana que oprime el entorno. Aunque cuenta con algún bajón narrativo, lo interesante procede, como siempre, de lo visual; de la capacidad de inventiva sin límites de Cociña y León que idean escenas tenebrosas, muy turbadoras o escabrosas en ocasiones, junto a otras luminosas y pasionales, cambiando el tono con frecuencia.

Princesa Burro fue filmada dentro de una exposición de arte abierta al público tal como ocurrió en Los hiperbóreos. En concreto en la galería del Centro Cultural Matucana 100, en Santiago de Chile, donde todo estaba a la vista para el público, escuelas que programaron su visita o turistas, mientras estaban en pleno proceso de rodaje.

Quizá ésta no sea la película más memorable de la pareja chilena, pero resulta muy considerable el ejercicio de resistencia por seguir creando desde Chile en coproducción con otros países y con base en la poco reconocida animación, a la que esperamos regresen de forma exclusiva en el futuro. Terreno puramente artesanal donde se vuelven tan estimulantes y sugerentes, resucitando las formas de expresión visuales más complejas y minuciosas que ha dado el arte desde los albores del cine.

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