Lu Over the Wall (Masaaki Yuasa)

Después de un buen tiempo sin explorar el formato del largometraje, Masaaki Yuasa estrenó en 2017 dos proyectos producidos por su recién inaugurado estudio de animación, Science Saru. El que nos ocupa, Lu over the wall, narra una historia más infantil de lo que nos tiene acostumbrados el director de obras como Mind Game, Kaiba o The Tatami Galaxy, y que enlaza tal vez más con sus primeros trabajos en la industria colaborando en la creación de series de corte más familiar.

El encuentro entre un taciturno estudiante japonés y una pequeña sirena es la base de este cuento sobre la humanidad y la naturaleza, los prejuicios y el descubrimiento de todo un mundo más allá de lo cotidiano y de las ideas preconcebidas. Aunque la comparación con Ponyo en el acantilado no sería del todo errada, resulta algo superficial y ambas tienen sus propias esferas temáticas. En todo caso, como en aquella, la forma de presentar esta historia apela principalmente a un público infantil, con un predominio de tonos alegres y un mensaje esperanzador. En ocasiones se abandona a una imaginería un tanto cruel y perturbadora, pero no de una manera que excluya a ese público como sí nos acostumbró en sus obras anteriores.


El principal atractivo de Lu over the wall está en su magnífica estética. En ella Yuasa encuentra una vía libre para su habitual experimentación y construye con ello todo un espectáculo para la vista. En su particular estilo, alejándose del naturalismo más común en la animación japonesa y promovido por las obras de Studio Ghibli, la película constantemente juega con las formas y los colores, estira y deforma a sus personajes exagerando tanto secuencias de acción como momentos cotidianos, abandona la linealidad de las perspectivas y abraza el off model sin reparos. Todo ello para construir un mundo de movimientos elásticos, completamente irreal, más cercano a la animación slapstick y alocada de los Looney Tunes y los primeros cortometrajes de Disney que al estándar del anime. En este sentido, la cinta se permite incluso homenajes claros a estos referentes, como se observa en las escenas de danza. Y es por medio de la exageración y la deformación, y el exceso inherente a ello, como construye gran parte de su identidad visual; con el resto apoyándose en su uso del color y de tonos más brillantes para contraponer la fantasía a la realidad. Y completado con un interesantísimo trabajo de storyboard jugando con el movimiento y evitando los planos inertes, el apartado estético de esta obra es una pura gozada y proporciona una experiencia única e inmersiva para el espectador.

Todo este énfasis está, sin embargo, al servicio de una historia corrientita y servicial, de mimbres muy obvios y desarrollo bien predecible. Ahora bien, esta disonancia no debería suponer un problema si la película logra hacer de su animación el vehículo expresivo principal y permite que la historia se adapte a ésta y no al revés. Lamentablemente no es algo que logre al cien por cien. En cierto modo, esta ausencia de complejidad temática y esa necesidad de adaptar el discurso a un público infantil no dejan mucho lugar a subtextos tan ricos ni metáforas tan sugerentes como en otras obras, y tal vez esto influye poniendo límites a lo que se puede añadir a la historia por medio de su elaborada dirección visual. Pero el problema principal no es que la historia resulte demasiado sencilla y esquemática en premisa, sino que lo es también en ejecución. En particular, hay una cierta dificultad en explorar a los personajes y hacerlos trascender, sobre todo los humanos que tienen un diseño más corriente y menos expresivo que Lu. Kai es un protagonista que se siente algo plano para sostener un peso tan elevado en la trama, y sus dos amigos, Yuuho y Kunio, apenas están explorados más allá de un par de rasgos de personalidad muy notorios y su perspectiva en la historia resulta bastante poco evocadora. Pero incluso en aspectos más lucidos de la narrativa, como es el caso del trasfondo del abuelo de Kai, el énfasis parece insuficiente para todo lo que podría evocar. A pesar de la lucidez puntual en el discurso emocional de la película, Yuasa no hace que me encariñe con sus personajes humanos. Todo lo contrario, desde luego, que con Lu, quien no es un personaje más complejo o desarrollado que los anteriores, pero goza de una energía y una expresividad reflejadas en sus gestos, en su diseño y en las virguerías visuales en torno al personaje que hacen que funcione en un plano muy superior a sus contrapartes.

Pero incluso con estas reticencias derivadas de una narración más floja y con menos gancho que de costumbre en él, y no solamente en premisa sino en ejecución, la cinta no deja en ningún momento de ser un puro espectáculo que de nuevo incide en la visión única que tiene su director, y que refleja su consolidadísima identidad autoral. Su estilo distintivo y la asombrosa expresividad que logra con éste son una muestra constante de que la animación sigue siendo una fuente inagotable de ideas y posibilidades. La que nos presenta aquí no es su creación más redonda, pero esto es una consideración menor frente a la gran aportación que hace al medio con su sola existencia. Lu over the wall es, por encima de todo, un logro de la animación, otro más en la casi intachable carrera artística de Yuasa, y una obra llena de energía, hermosa, viva y entrañable que logrará permanecer mucho tiempo en la memoria gracias a su pura capacidad expresiva.