Reseñar una obra tan legendaria como La reina Kelly (Queen Kelly, 1929), el canto del cisne de Erich Von Stroheim, es un reto casi imposible por los ríos de tinta y los cotilleos de rodaje que corren sobre ella. Fue el último y ambicioso proyecto del director —pensado originalmente para durar más de cuatro horas— antes de ser despedido por unos productores de Hollywood temerosos y orientados hacia el contorno más comercial del cine sonoro. De hecho, comparte con otra superproducción fastuosa de ese mismo año 1929 titulada La máscara de hierro de Allan Dwan y Douglas Fairbanks ese carácter funerario que certificó la muerte definitiva de un lenguaje cinematográfico como fue el silente que se vio desplazado por el ingenio sonoro a partir de la década siguiente.
Es por ello que resultaría pretencioso volver a escribir sobre aspectos ya muy manoseados, disponibles para el lector en cualquier estudio pormenorizado sobre la película y su argumento.
Lo que sí puedo resaltar es que la nueva restauración llevada a cabo por Milestone Film & Video es, muy probablemente, la versión definitiva y la que más se acerca a lo que Stroheim tenía en mente. Revisitación que se convierte en una auténtica experiencia visual y también sensorial. Hacía ya muchos años, quizás más de quince, desde que vi por primera vez el filme; una obra que me marcó a pesar de su claro contexto de trabajo inconcluso, de traje a medio coser, pero con un estilo de alta costura que solo las grandes creaciones poseen.
Verla de nuevo —con una fotografía mucho más limpia, unos intertítulos que aclaran la narración aportando contexto, una música que le sienta de maravilla al espectáculo y un remontaje que altera el contenido sin modificar el continente— otorga la sensación de disfrutarla por primera vez, como si se tratara de una fruta recién recolectada del árbol.
Cierto es que aquí están las escenas más míticas: la de las enaguas de la Swanson o la de los latigazos de esa reina loca, destronada en los deseos de su amante por una joven novicia tan tierna como inmadura. Y también la desasosegante sección del prostíbulo en el África colonial, con ese proxeneta que rompe continuamente la cuarta pared para mirar fijamente al espectador con ojos lascivos y aterradores, sumergiéndonos en un mundo turbio y pesadillesco como pocas veces se ha visto en el cine mudo. A ello se añaden fotogramas inéditos rescatados de viejos desvanes cinéfilos que completan la narración inconclusa. Esos metros de celuloide recuperados condensan la fiereza de un guion que no dejaba títere con cabeza y dan sentido a la tragedia perpetrada por un Stroheim decidido a meter el dedo en la herida para escandalizar a la puritana sociedad de finales de los años veinte.
Es eso lo que convierte esta reconstrucción en una oportunidad que no hay que desperdiciar: el cierre definitivo de una historia que siempre se ha mantenido abierta. Nos hallamos ante la contemplación de una obra excesiva, barroca, arriesgada y lasciva como pocas en la época silente; una cinta que comparte con otra obra maestra del cine español, El Sur, ese carácter de película inacabada que no necesita de más metraje para permanecer en la memoria de la cinefilia hasta el día del apocalipsis.
Cabe resaltar lo bien que ha quedado la fotografía en blanco y negro, conservando las texturas de la narración clásica y permitiendo admirar los fastuosos decorados y elementos de superproducción con los que contó Stroheim hasta su despido. Además, siempre me ha perturbado la querencia del director por romper la cuarta pared, dejando que los actores dialoguen con el espectador con un rostro entre pícaro y desconcertante. Sin duda, este recurso sería utilizado posteriormente por multitud de directores vanguardistas para otorgar a sus obras ese punto inquietante que Von Stroheim logró imprimir de forma natural en su despedida.
Sí, es cierto: me hubiera fascinado comprobar qué tenía contemplado Stroheim para el tramo más oscuro y perverso del filme. Seguramente habría roto moldes, censuras e incluso la narrativa del cine clásico posterior, adelantando nuevas olas y formas de entender la creación cinematográfica. Conociendo su carácter indómito, tremendista, sórdido y libertino, ese segmento estaría hoy entre las piezas de análisis indispensables para cualquiera que aspire a hacer cine.
Pero el metraje que sobrevivió a los cortes y parones de rodaje ya posee, en sí mismo, la suficiente fuerza y poder de fascinación para hipnotizar a cualquiera. La reina Kelly sigue observándose como una obra excesiva, recargadísima de detalles y repleta de encuadres brillantes y modernos. Goza de una narración ágil que huye de la rigidez de las obras primerizas del silente y de un empleo de la luz capaz de construir atmósferas opresivas sin más herramientas que unos actores y un escenario perfectamente iluminados. Mención aparte merece esa profundidad de campo marca de la casa, apoyada en un montaje inteligente —competencia que Stroheim aprendió como alumno aventajado de D.W. Griffith— que combina con soltura las panorámicas con los primeros planos en las escenas de mayor carga psicológica. Es una de esas películas que siempre permiten descubrir nuevos enfoques pasados por alto en visionados previos.
Por tanto, no nos hallamos ante la restauración de una simple película, sino ante un brillante trabajo de arqueología cinematográfica que otorga carácter definitivo a una obra que, desgraciadamente, no pudo llegar al término que concibió en su indomable mente uno de los mayores talentos de la narrativa cinematográfica: el gran Erich Von Stroheim.

Todo modo de amor al cine.









