Traces (Alisa Kovalenko, Marysia Nikitiuk)

Traces: fenomenología del dolor compartido y de la supervivencia

Hay imágenes que atesoran una memoria que es anterior a las palabras. Imágenes que no ilustran un acontecimiento, sino que conservan algo de su materia; la huella de un cuerpo, la textura de una superficie, el temblor de una presencia que ha sobrevivido a la destrucción. Traces (2026), de las cineastas ucranianas Alisa Kovalenko y Marysia Nikitiuk, pertenece sin lugar a dudas a esa categoría de películas que buscan en las imágenes una forma de conocimiento y, sobre todo, una manera de hacer presente aquello que la violencia política ha querido condenar al silencio y al olvido.

El relato, hilado también desde la oralidad (los fantasmas de la Shoah de Claude Lanzmann cobran vida) se abre con la imagen de un árbol que arde. No es un comienzo inocente ni una mera estampa de devastación. El fuego, que consume poco a poco la materia viva, introduce una dimensión temporal que atraviesa todo el documental, una instancia de aquello que se destruye y que deja una señal, vinculada a una existencia que continúa manifestándose incluso después de haber sido sacudida. Hay en esa mostración una resonancia sugestiva con el último Tarkovski, especialmente con Sacrificio, donde el árbol, el fuego y la naturaleza adquieren una densidad simbólica que expande su mera condición de objetos físicos. En ambos universos, la imagen reclama una relación táctil con el espectador, ya que no basta con verla (son imágenes pese a todo, en el sentido de Didi-Huberman), sino que hay que sentir su duración, su fragilidad y su resistencia. En Traces el aparataje material de la imagen adquiere por descontado una urgencia histórica muy concreta y delimitada. No estamos ante la evocación nostálgica de un mundo perdido ni ante una meditación abstracta sobre las ruinas, sino que las cineastas rastrean una violencia que sigue en auge y que afecta a unas mujeres que convierten su experiencia en testimonio. Su memoria no es, pues, una reconstrucción retrospectiva, sino una forma de intervención en la actualidad. No es tanto una ruina, sino el esbozo que remite a la esperanza frustrada de un futuro deseable.

El documental sigue a seis mujeres ucranianas supervivientes de violencia sexual y de torturas perpetradas durante la agresión rusa en el conflicto. Su eje narrativo lo encarna Iryna Dovhan, antigua cautiva y activista que recorre los territorios liberados de Ucrania para recoger testimonios de otras mujeres afectadas por la guerra. Su trabajo permite que las experiencias individuales se incorporen a un espacio colectivo de reconocimiento y de acompañamiento, puesto que las protagonistas no comparecen únicamente como víctimas que reconstruyen una experiencia traumática, y han decidido dar un paso adelante en favor de la justicia y de la humanidad. El testimonio no funciona como una exposición del dolor destinada a satisfacer la curiosidad del espectador, sino como un acto de recuperación de la propia voz. La palabra adquiere una dimensión política al quebrar el aislamiento impuesto por la violencia, física y también discursiva y psicológica (no hay que olvidar que las guerras en nuestra contemporaneidad son también pugnas por obtener el poder de los relatos). Frente a la voluntad de convertir a las supervivientes en sujetos anónimos, la película restituye sus historias particulares y las inscribe en un tejido común. No se trata de homogeneizar sus experiencias, sino de hacer visible la posibilidad de una comunidad construida desde la escucha y el reconocimiento mutuo.

Traces nace como una coproducción ucraniano-polaca de 2026 y fue presentada en la última edición de la Berlinale, en la sección Panorama. El calado de su recepción no debe medirse por su recorrido festivalero internacional, sino a partir de cómo el dolor permanece inscrito en los cuerpos y en las formas de habitar —o de dejar de habitar— un territorio devastado a varios niveles. Como el espectador puede apreciar, las huellas no son solamente los restos de algo que ha desaparecido, son también señales de una presencia que continúa actuando e hilando modos de mirar. Las mujeres de Traces convierten sus crudas vivencias en un relato activo, capaz de desafiar el silencio, de reclamar justicia y de entablar vínculos con otras personas que han sufrido una brutalidad semejante.

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