En ocasiones, la ‹coming of age› deviene terreno pantanoso no tanto por una lógica propensión a lo manido, visto y conocido, al ‹déjà vu› en definitiva, sino más bien por el empleo de un lenguaje fingido en demasía. Entre planos detalle y puestas de sol se vertebra un catálogo que parece desoír esas voces repletas de vitalidad y esas miradas henchidas por la curiosidad de estar experimentando.
Pudiera parecer, dado el plano que abre esta Chicas tristes, el de una mano sosteniendo un móvil en alto dando la bienvenida a los pasajeros de un vuelo, que el debut de Fernanda Tovar incurriera en los mismos errores que algunas de sus predecesoras. Nada más lejos de la realidad, la cineasta comprende esa exploración adolescente desde un prisma que no se pliega ante una impostura cuyo reflejo contraria precisamente aquello de lo que debería huir.
El film de la mexicana irradia, ante todo, una espontaneidad y una prontitud que son las que podrían definir esa etapa repleta de cambios y revelaciones, de mudar de algún modo la piel para crecer desde la experiencia, desde aquello que permite cuestionar cada nuevo paso, cada vivencia.
Por tanto, nos encontramos ante un film que asume los parámetros de la ‹coming of age›, y lo hace desde algunas de sus temáticas habituales: la incipiente sexualidad, la huida (como no podría ser de otro modo, reticente) de la zona de confort, de lo conocido, la confrontación de nuevos retos… todo ello confluyendo en un universo donde la ‘Maestra’ y Paula, protagonistas del film, parecen haber encontrado el lugar perfecto.
La complicidad que Tovar capta en pantalla, en especial gracias a cómo las dos jóvenes actrices son capaces de hacer que sus cuerpos y actos transpiren esa vivacidad y naturalidad de quien continúa explorando cada palmo de terreno, otorga a Chicas tristes la virtud exacta desde la que hacer trascender su relato. No resulta difícil fundirse en las dudas iniciales de Paula tras una noche que desafortunadamente no olvidará, o encontrar en la rebeldía e ímpetu de la ‘Maestra’ una respuesta más que necesaria. Pero, ante todo, el film es capaz de dibujar una complicidad que se revela incluso frente al desencuentro.
Chicas tristes no se queda en el regodeo adolescente, y lejos de esa búsqueda encuentra una perspectiva cuya madurez se manifiesta en el modo de afrontar una situación donde la incomprensión da paso a una rebelión, a una mirada frontal no exenta de gravedad, cuya réplica se refleja en gestos y miradas.
Las adversidades no se presentan, en ese sentido, como golpes secos o repentinos. Tovar consigue que el film transpire una organicidad que hace que sus modulaciones tonales no resulten abruptas, que todo transcurra con naturalidad y coherencia, sin forzar los diálogos y evitando desplegar una solemnidad que evita a toda costa. Hay una conciencia de estar tratando temáticas complejas, pero en todo momento con una consideración que trasciende al propio relato: y es que en ocasiones un silencio en la intimidad dice tanto o más que cualquier reflexión, por acerada que sea.
La fuerza de Chicas tristes reside en saber preservar un universo que, al fin y al cabo, surge como forma de resistencia, como modo de continuar dando pasos hacia aquello que se presume inevitable, una madurez que se mezcla con la naturalidad de cada proceso, y que la cineasta mexicana comprende con una delicadeza y una complicidad capaces de traspasar la pantalla sin quitar un ápice de importancia a cada uno de sus valiosos apuntes.

Larga vida a la nueva carne.








