
Superman marcó un antes y un después en el cine de superhéroes. Lejos de ‹exploits› de todo pelaje que llegaban aquellos años desde países como Italia o Filipinas, producciones televisivas que hacían denotar un interés tácito por los enmascarados, e incluso quizá la traslación más famosa hasta el momento, el imprescindible Batman de Leslie H. Martinson, producto derivado de la serie televisiva protagonizada por Adam West y Burt Ward, Richard Donner daba con la clave en una propuesta sobre la que se asentaría una saga que, como buen éxito de taquilla que se precie, daría pie a numerosas secuelas desde las que intentar repetir los logros del original. Entre tanto, y a lo largo de esa década que culminaría con la cuarta parte a manos de Sidney J. Furie, sería el cineasta francés Jeannot Szwarc —fogueado en las lides del terror cercano a la serie B y el cine de género— quien intentaría otorgar amplitud al universo del Hombre de acero aportando un nuevo personaje, el de Supergirl.
Puesto en manos de una primeriza Helen Slater que hasta aquel entonces apenas se había movido en el terreno televisivo, el film escrito por David Odell —de sus manos salió el libreto del Cristal oscuro de Henson y Oz, así como unos años más tarde el de Masters del universo— terminaría siendo uno de esos fracasos que daría con sus huesos en los Razzie y generaría esas ráfagas de odio tan propias del fan que se encuentra ante un producto lejos de lo esperado.

No es que, con ello, estemos ni mucho menos ante una anomalía. Supergirl huye, en cierto modo, del patrón de película de superhéroes: la introducción de su personaje central es tan exigua como casual es el motivo que llevará a Kara Zor-El a la Tierra. De hecho, pronto deriva el film al campo de la ‹teen movie›, donde Szwarc reproduce algunos de sus tics dando pie a una comedia blanca —aunque con sus dosis de ironía y guiños desde los que ampliar el microcosmos vinculado a la figura de Superman— que sin embargo sirve como introducción desde la que conocer al personaje y algunos de sus superpoderes.
Pero, y aunque de ella nace el ya clásico romance de la ‹teen movie› —en esta ocasión implementado a través del encantamiento aplicado por la villana de la función, a la que da vida una Faye Dunaway en su salsa como bruja descocada, ‹camp› y fuera de sí—, el cineasta es capaz de otorgar todo tipo de derivas a una obra que brilla especialmente en ese pasaje que llevará a la protagonista a la Zona fantasma dando pie a un tramo mucho más sombrío y atípico dentro de los engranajes de la misma.
Lejos de su carácter algo tronado y de secuencias que bordean el delirio —como ese ataque a la ciudad por parte de una excavadora donde Linda Lee conocerá a su ‹partenaire› masculino—, Supergirl es capaz de amoldar a la perfección sus constantes y dar pie a uno de esos espectáculos donde el sentido del ridículo es desplazado por diversión y, en ocasiones, una imaginación fértil que surca territorios un tanto insólitos —como en esa aparición demoníaca en su último acto—.

Es obvio: Supergirl no es uno de esos títulos que uno deba tomarse en serio —a buen seguro motivo que le debió pasar factura visto el rechazo generalizado que provocó en el momento de su estreno—, ni siquiera buscar una coherencia interna para con el universo del superhéroe de DC, pero al mismo tiempo su inverosímil paleta de referencias y géneros le otorga virtudes significativas como para que emerja a modo de complemento ciertamente majareta y simpático.
Desde la elección de una Helen Slater que cumple con nota, a su mirada desacomplejada —en su faceta psicotrópica llega a alcanzar la fantasía de aquel delirio, también del mismo año, titulado Mary Poppins, Goodbye—, Szwarc parece tener bastante claro que su fin no era el de otorgar una línea continuista y complaciente a la saga, sino adaptar su personaje a los signos de un género (el femenino) que podía buscar estímulos diametralmente opuestos a los del film de Donner y sus secuelas: que, durante sus primeros compases, llegue a rememorar el espíritu más naif de Disney no es ni mucho menos casual.
Estamos, en definitiva, ante un cóctel inusual y muy a menudo descacharrante cuyo espíritu recoge a la perfección una de sus primeras secuencias: ese momento en el que dos ‹rednecks› atacan a Supergirl preguntándole, no sin sorna, si es la mejor amiga de Superman, y cuya tentativa prosigue incluso después de que uno de ellos sea levantado a un palmo del suelo como si de una pluma se tratara. Un absurdo que merece la pena abrazar ante la gravedad y sensatez de los días que corren en el cine de superhéroes.


Larga vida a la nueva carne.





