Matapanki (Diego ‘Mapache’ Fuentes)

De blanco y negro granuloso y las veces sucio, banda sonora de enérgicos y rabiosos acordes, y un personaje ataviado con una camiseta de Sepultura y una sudadera de The Descendents, raro podría parecer encontrar (en forma de frase) en el debut de Diego ‘Mapache’ Fuentes una de las enseñanzas de un monje budista que habitó hace cosa de más de 12 siglos. Pero Matapanki no se pliega ante concepciones habidas y por haber. ¿Divertimento punk desenfadado y autoconsciente, mirada propia al cine ‹underground›, acepción político-social a pie de página o cine de superhéroes con espíritu ‹exploit› y aires de serie? Todo cabe y aún (hay lugar para) más.

Una conjunción de factores que bien pudiera sonar a batiburrillo indigesto, de esos que penetran en una nostalgia mal entendida para dejar uno de esos exquisitos cadáveres que no resulta difícil encontrar en la cinematografía actual. Nada más lejos de la realidad, Matapanki tiene claro tanto el terreno que pisa como una direccionalidad donde no se estiman límites, pero sí una cierta coherencia interna como para no terminar mezclando churras con merinas. O, dicho de otro modo, su observación del espectro político-social que la define (de esa suerte de desafección que parece retratar a un tema tan de actualidad como el imperialismo “yanki”) no interfiere en la condición mudable y vivaz desde la que articula un cine que, ante todo, cree en sus posibilidades.

Es, de hecho, la frase a la que hacía referencia al inicio de este mismo texto («Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse? Y si no la tiene, ¿para qué preocuparse?»), aquella que glosa con mayor fuerza el carácter de una obra que no teme enfrentarse a cualquier género que se le ponga por delante o replicar tropos que le permitan continuar ese avance enérgico pero, en especial, desprovisto de aderezos innecesarios. Basta con una caligrafía tan ingenua y espontánea en la superficie como rabiosa y llana en el fondo para que esa narrativa a la que se acoge sea capaz de captar una esencia que se encuentra más allá de sus imágenes.

El diálogo que entabla el cineasta chileno se caracteriza así por un espíritu que comprende a la perfección el mundo que retrata. No hay artificio ni el más mínimo rastro de impostura en una propuesta que antepone una naturaleza desprejuiciada incluso cuando surgen elementos que podrían deformar una expresión que en todo momento se siente despreocupada, deslizándose entre juguetones ‹collages› y notas que se encargan de afianzar su mirada. Su estilo visual no hace más que reforzar una apuesta, si bien emparentada con rasgos conocidos, que tiene muy claros cuales deben ser sus propiedades.

Matapanki no huye, en ese sentido, de las implicaciones que debe tener la imagen: las afronta con voluntad sabiendo que, a fin de cuentas, y por referencias o apuntes que se puedan deslizar en el texto, es esta la que aportará, con su presencia, la condición última al film. Es por ello que aún estando ante un film desprejuiciado y bullicioso, ligado en parte al ámbito gozoso de su raigambre genérica, el debut de Diego ‘Mapache’ Fuentes logra surcar un espectro mucho más amplio y rico de lo que uno pudiera imaginar en un principio. Y es así como el cine de guerrilla encuentra en el film que nos ocupa una acepción tan disfrutable como festiva sin necesidad de que celebrar sea en última instancia un gesto de alegría, sino también de rebeldía y entendimiento.

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