El director chino Huo Meng aborda en su segunda película una premisa clásica de conexión intergeneracional cuando Li Fuchang, un anciano que vive en el campo, y su nieto Ning Ning, quien se queda unos días con él para que sus padres atiendan asuntos urgentes, emprenden un largo e improvisado viaje en motocarro hasta la ciudad de Sanmenxia para que el primero pueda visitar a su viejo amigo, enfermo en el hospital. A lo largo del trayecto, abuelo y nieto encontrarán a diversos personajes pintorescos e irán estableciendo un vínculo partiendo de diferentes experiencias y formas de ver la vida.

Esta premisa es tratada desde el esquema estereotípico de la ‹road movie› en el que dos personajes distintos terminan encontrando puntos emocionales en común al vivir una aventura juntos. Crossing the Border no resulta en ningún sentido una película muy innovadora, pero eso no debe suponer ningún problema, porque recurre a fórmulas que no por vistas dejan de ser de muy probada efectividad. Y, de hecho, tiene muchos elementos que auguran, de nuevo, un muy buen resultado. La cinematografía es muy pulcra y cuidada, aprovechando de maravilla los espacios amplios y abrumadores que deja el paisaje rural chino; y, siendo un segundo largometraje, sorprende el pulso firme con el que Meng rueda cada una de las escenas. Es, en muchos aspectos, una cinta muy competente y destinada a ser una más entre tantas que apelan a una fórmula eficaz, no particularmente difícil, pero emocionalmente muy rentable.
El problema de esta película, no siendo en absoluto mala y demostrando pericia e inteligencia narrativa en varios aspectos, es que no alcanza aquello que a priori le debería resultar fácil. Fuchang y Ning Ning son personajes bien perfilados, y cada uno tiene una personalidad coherente a su edad y a sus experiencias vitales, pero de esa relación profunda, esa conexión emocional anticipada por el viaje, hay rasgos testimoniales que no justifican la conclusión a la que pretende llegar la cinta. Durante todo el viaje se sigue sintiendo que ambos están mental y emocionalmente en puntos muy distintos, y que el asombro creciente de Ning Ning sigue confinado a su forma de ver las cosas, mientras que no hay apenas momentos en los que los dos personajes logren afianzar su relación. Todo sucede muy de acuerdo con el esquema y, sin embargo, el esquema no funciona aquí y no explica ni transmite lo que quiere. Le faltan escenas íntimas, confrontaciones y momentos en los que se sienta la gravedad de las experiencias vividas.

Tal vez porque la historia está muy ensimismada en el punto de vista de Fuchang y trata a Ning Ning, de manera descarada en ocasiones, como un accesorio; o porque realza en exceso la verticalidad de su relación, no permitiendo que haya una conexión entre ambos, sino más bien una suerte de aprendizaje unidireccional que tampoco consigue transmitir con excesiva eficacia en pantalla. La cuestión es que Crossing the Border podría haber prescindido del personaje del niño y, en mi opinión, le habría ido mejor, porque todo lo interesante y jugoso, narrativa y emocionalmente hablando, tiene que ver con la perspectiva personal del anciano, sus recuerdos y su forma de afrontar los eventos de los que tiene noticia, y al final esa catarsis que nos estaba prometiendo la película en base a una conexión entre generaciones se alcanza por otro lado, el del reencuentro entre dos viejos amigos, con uno de ellos a punto de morir. Y es que, de hecho, todos los momentos emotivos que realmente funcionan de la cinta se configuran de manera exclusiva alrededor del personaje de Fuchang; y también su aspecto discursivo más interesante, el de la mirada crítica de la sociedad china hacia su propio pasado, los errores de gobiernos anteriores y las consecuencias personales de decisiones que marcaron la historia reciente del país. Ver esta película implica, en cierto modo, asomarse a debates internos en el país y en la sociedad actual sobre su recorrido histórico, y en ese sentido puede resultar bastante instructivo ver dónde se sitúa.

La sensación que da es que dentro de Crossing the Border hay una historia hermosa, una que es elocuente y emotiva a partes iguales, pero no es la que pretende ser. La manera en que apela a la estructura narrativa clásica de la ‹road movie› y de la conexión intergeneracional, en ese sentido, parece más un desvío torpe que confía en la inercia de la eficacia probada de la fórmula y que, mientras tanto, distrae la atención de lo que realmente tiene que aportar al espectador. La película de Meng pasa demasiado tiempo tratando de ser algo que, en el fondo, no es ni quiere ser, y eso hace que lo más valioso que tiene acabe enmascarado por la expectativa de una conexión profunda que no termina de llegar.






