
Bajo la aurora boreal es una película que nos lleva a un lugar al que difícilmente podríamos llegar de otra manera. Más que su historia, lo primero con lo que te quedas es con la sensación de estar perdido en una Siberia inmensa, blanca y hostil, donde los personajes parecen pequeños puntos atravesando un paisaje del que no deberían formar parte por muchas razones diferentes.
Esta coproducción soviético-japonesa dirigida por Petras Abukiavicus, Toshio Gotō y Sergei Vronsky sigue a Genzo, un cazador japonés interpretado por Kōji Yakusho que se mueve por la Siberia de principios del siglo XX entre rusos, comerciantes de pieles, perros y lobos. Aunque es la historia de un hombre y su perro, esta avanza porque de fondo nos encontramos con una mujer cuya deuda lleva al protagonista a intentar ayudarla y, a su vez, debe luchar contra una epidemia de fiebres tifoideas que terminará empujándole a implicarse con quienes se encuentra en el camino, todo ello necesario para ofrecer los elementos suficientes para sostener una aventura que no siempre se desarrolla con la misma fortuna. Algunas relaciones aparecen y desaparecen con cierta brusquedad y determinados conflictos parecen estar ahí más para hacer avanzar el viaje que por un verdadero interés dramático.

En cualquier caso, sería injusto pedirle a Bajo la aurora boreal que funcione principalmente como un drama de personajes. Su mayor atractivo está en la historia de supervivencia de Genzo y su perro Buran. La película entiende muy bien el poder cinematográfico de esos espacios helados y aprovecha la naturaleza para convertir cada trayecto en una pequeña gran aventura y prueba de lucha frente a la naturaleza hostil. La nieve, los bosques, los ríos congelados y, por supuesto, la aparición de la aurora boreal, contribuyen a una sensación de aislamiento que la banda sonora de Reijiro Koroku subraya con una grandilocuencia casi épica.
Bajo la aurora boreal es una experiencia visual que por poco te deja extasiado, aunque sin nunca llegar a ser preciosista, sobre todo porque muestra elementos varios de la caza, las trampas y el comercio de pieles de ese mundo humano que añaden violencia y crudeza. Los animales heridos, los disparos y otras cuestiones pueden sacar a más de un espectador de la película, especialmente porque en todo lo demás el vínculo entre hombres y perros está tratado con bastante ternura (que les atraerá). Es como si la película estuviera interesada precisamente en mostrar y observar esa incómoda convivencia entre la fascinación por la naturaleza y la necesidad de sobrevivir explotándola.

También resulta curiosa la propia identidad de la película. La mezcla de intérpretes japoneses y soviéticos, junto con el intercambio de idiomas, aporta personalidad a una historia que representa un cine de aventuras de otra época. Hay algo de relato de frontera, de ‹western› nevado y de película de supervivencia clásica en su manera de enfrentar al hombre con un territorio que siempre parece tener las de ganar. Y aunque la narración no siempre está a la altura de sus imágenes, cuando la película se abandona al paisaje y a la relación entre Genzo y Buran es cuando encuentra su mejor versión.
Porque, aunque no todo funciona igual de bien y sus más de dos horas pueden hacerse largas (sobre todo en algunos momentos en que la trama apenas avanza), cuando vuelve a ponerse en marcha, es una película de aventuras muy entretenida y que te deja cierta huella (cánida). Se le perdona que sea un poco convencional en algunos aspectos y algo irregular en otros, porque hay imágenes, animales y paisajes que justifican por sí solos el viaje. Y ese perro protagonista, más que nadie, merece mucho más que un simple abrazo al final de la película. Es el verdadero personaje de la historia, ganando una importancia emocional que ni el propio protagonista llega a alcanzar, y las escenas en las que ambos comparten el camino tienen una sencillez que funciona mejor que buena parte de los momentos más abiertamente dramáticos.






