En el largo y tortuoso camino de la producción de una película, que nunca se mide en una unidad inferior al año, hay mil instancias donde el proyecto bien podría dejar de existir, otras donde el viento soplan sorprendentemente a favor, pero lo que abunda, seguramente, son las decisiones. Desde las más sutiles a las más significativas, sean de dramaturgia, escenarios, fotografía, ‹casting›, montaje… todas esas decisiones moldean el proyecto que acabará llegando (con suerte) a las pantallas. Esto es a veces difícil de ver en el resultado final, pues la obra que termina siendo siempre es más importante y acaparadora que las cientos de películas que pudieron ser, es normal. En otros casos, como en este, las diferentes sombras de posibilidad que proyecta el filme se alargan con cada minuto de metraje y uno no puede evitar dónde la película se convirtió en lo que ahora es.

Lo que sucede con Sombra nómada es que decide ser, en mi opinión, demasiado típica. Tenemos una cinta narrativa, que puede parecerse a muchas otras de esta temporada, que tiene un ‹flow› entretenido y un montaje ligero, que cuenta bien su historia. Esto es bueno para la comercialización del filme, creo, pero puede trabar la proyección de sensaciones más esotéricas, menos mercantiles, que la película acaba únicamente por sugerir. Sin embargo, la raíz de esta cinta parece genuina e inexplorada; vuelvo con la cabeza a esos procesos de producción, a esas decisiones que van formando paulatinamente el resultado final, y no puedo evitar preguntarme si Sombra nómada fue en algún momento diferente a esto. Pero quizás deberíamos ubicarnos en su trama antes que nada.
La cinta de Eimi Imanishi cuenta la historia de Mariam, una joven saharaui deportada de España al Sahara Occidental al inicio del metraje. Lo que sigue es la adaptación de la protagonista a su nuevas circunstancias y la reconexión con su antiguo entorno familiar, del que llevaba alejada desde hacía años. Su reencuentro con diversos familiares y amigos y su proyecto de reunir dinero para volver a España confieren a la historia su columna vertebral narrativa. Pero es cuando entramos en estos dos focos, en lo que desde fuera podrían parecer los puntos fuertes y diferenciales de la película, donde deja una sensación extraña.

Hay una falta de conflicto importante, quizás no en el texto, pero sí en la imagen. El trauma de la deportación, que servidor nunca ha sufrido, todo sea dicho, se supera de manera ligera pese a ser el incidente inductor de todo el aparato narrativo. Eso permea al resto de elementos conflictivos, pues todos ellos están lubricados, suceden con el antiguo hogar o la extrañeza de volver cuando a uno ya no le esperan, incluso la añoranza por el país del cual se es expulsado se reduce a unas simples (y algo soporíferas) escenas de videollamadas. Miriam se encuentra en una situación muy contraria, incluso hostil, pero no se siente una violencia; el mundo, pese a lo que dice el libreto, no parece haberle dado la espalda.
La necesidad de avanzar por un guión también entorpece la expresividad, aunque ese no sea un problema único de Sombra nómada sino más bien la sintomatología del cine moderno en general. Hay momentos donde el escenario se presenta muy interesante por sí solo; pienso en las diferentes combinaciones visuales que ofrece la arquitectura saharaui, que me parece preciosa y fascinante, pero que se acaba conformando con el rol de telón de fondo, en general para secuencias de exposición. Los traumas familiares, los resentimientos, que el subtexto sugiere que se llevan cociendo durante años, tienen erupciones rallando a simples, predecibles, y me duele que sea así. Es todo al servicio de la historia pero no del cine, de completar unos diálogos y unos giros, pero no de profundizar en los personajes o las situaciones. Hay un intento de salvavidas, un pequeño recurso para conferir a la cinta poesía, pero para mí se queda corto; veo en la escena recurrente de la barca y el pescado otro entresijo del guión, una válvula más de la máquina, incluso su condición me parece un ejemplo evidente: por supuesto se trata de una escena de ensueño.

Sombra nómada me ha decepcionado. No esperaba nada de ella, no la conocía previamente; me ha decepcionado porque veo en ella atisbos de profundidad, pero no quiere lanzar el anzuelo hacia abajo, prefiere pescar sus ideas en la superficie, donde podemos verlo todo, donde la sorpresa no habita. Hay cine en la historia de Miriam, pero es necesario dejar que florezca, cuidarlo y mimarlo. No dudo que se haya intentado, y la cinta no me es antipática, aplaudo los esfuerzos de Imanishi y, a buen seguro, espero ver más películas suyas.






