Rito: Se hace camino al cantar
Existen artistas cuyo camino desmiente la premisa de que el destino viene escrito en los apellidos. Sin lugar a dudas, Tomás de Perrate es uno de ellos. Heredero de una de las grandes dinastías del cante de Utrera, su historia es también la de una vocación que encontró su cauce relativamente tarde, y distanciado de los itinerarios previsibles. A dicha situación se acerca el cineasta Emilio Belmonte en Rito, en formato documental. Belmonte convierte la biografía del cantaor en una meditación atenta y sosegada sobre la cultura como intercambio continuo, sobre la libertad creativa como construcción cotidiana y sobre la capacidad del flamenco para reinventarse sin renunciar a sus raíces. Producida principalmente por Mallerich Films-Paco Poch, en coproducción con La Pepa Films y la francesa Hapax Films, el metraje culmina el recorrido flamenco del realizador tras Impulso (2015), dedicado a Rocío Molina, y Trance (2021), centrado en Jorge Pardo.
El título que corona el proyecto no es desde luego casual. Un rito entraña repetición, memoria y comunidad —por ello seguir con la cámara al cantaor por sus emplazamientos habituales es un modo de reafirmar su identidad—, pero también una práctica que necesita actualizarse para seguir viva. En ese espacio relacional se mueve Belmonte, cineasta que lleva años filmando el flamenco desde la proximidad respecto al proceso artístico y no desde el acomodamiento de una mirada exterior. En Rito esa aproximación se condensa en un personaje especialmente fértil; un hombre que carga con un legado formidable y que, al mismo tiempo, se resiste a convertirlo en una frontera.
No fue hasta finales de los noventa cuando Tomás Fernández Soto, hijo de Perrate de Utrera, empezó a abrirse camino profesionalmente en el flamenco, decisión que lo conduciría a escenarios y a colaboraciones alejadas de los circuitos ortodoxos. Como se puede apreciar, su vaivén no responde al relato del niño prodigio formado para perpetuar una escuela, sino al de alguien que descubre su propia voz con la cadencia de su tiempo. Lejos de restarle legitimidad, dicha condición tardía engrasa y singulariza su personalidad artística.
El documental sigue el proceso por el que Perrate decide dejar atrás la peluquería y entregarse por completo a la música. Los encuentros con artistas como la bailaora Rocío Molina y la cantaora Rosario La Tremendita contribuyen a desencadenar una transformación que se materializa en un nuevo proyecto musical, abierto a sonoridades alternativas. El trayecto desde Utrera hacia escenarios como Sevilla, Madrid y Francia le conlleva a preguntarse qué puede cambiar un artista sin perder aquello que lo hace reconocible, más allá de la reconocida dialéctica entre pureza y experimentación. La tradición no aparece como una pieza inmóvil que haya que resguardar de cualquier contaminación, sino como un lenguaje que solo permanece vivo cuando alguien se lo apropia con un talento que lo autolegitima.
El valor del proyecto de Belmonte reside en desplazar el foco desde la exhibición del talento hacia las condiciones humanas directas que lo hacen posible. Perrate no es únicamente una voz singular ni un representante de una saga familiar, sino que es un creador que negocia de forma constante con su herencia. Su cante conserva la aspereza, el compás y la memoria de Utrera, pero no se somete a la obligación de reproducirlos de manera reverencial. En su desenvolvimiento conviven el conocimiento de los códigos tradicionales con la curiosidad por otras músicas, una alquimia que permite cuestionar la falsa disyuntiva entre fidelidad y ruptura. Como cualquier arte vivo, el flamenco también se construye a través de sus desvíos.
La película llega, además, en un momento muy significativo para las conexiones entre el cine y el flamenco, puesto que diversos directores de generaciones próximas exploran hoy las posibilidades de este universo desde perspectivas distintas. Isaki Lacuesta, junto al artista e investigador Pedro G. Romero y el guionista Luis E. Parés, ha trabajado en Jaleos, una aproximación documental que conecta la historia del flamenco con la modernidad, las máquinas, la cultura popular y las vanguardias. Carla Simón, por su parte, ha abordado el asunto desde el cuerpo y la emoción en el cortometraje Flamenco, protagonizado por Rocío Molina, mientras desarrolla un proyecto de mayor alcance en torno al musical flamenco. En ambos casos, como en el de Belmonte, el interés no parece consistir en ilustrar una tradición de sobras conocida, sino en descubrir qué preguntas permite articular el presente sobre ella. Está pendiente de estreno también Bajañí, el último trabajo de Fernando Trueba alrededor de la figura del guitarrista Niño Josele, y la pieza de C. Tangana La guitarra flamenca de Yerai Cortés también fue gratamente recibida por el público y la crítica hace dos años. Como si nuestra cultura autóctona, nuestro nervio y nuestra sangre reaccionasen inevitablemente a la homogeneización de la industria global, esta preocupación compartida interpela al espectador desde diferentes ángulos: Lacuesta propone una mirada histórica y ensayística, Simón se acerca al movimiento, a la memoria y la a tensión entre herencia y libertad y Belmonte, en cambio, construye su filme alrededor de la intimidad de un intérprete y de su transformación. En el caso de C. Tangana se centraba más bien en los orígenes de Yerai Cortés y en la efervescencia de su vínculo sentimental con la cantante La Tania como disparadores de una experiencia creativa común. Estos caminos confluyen en rechazar la imagen del flamenco como una esencia congelada en una supuesta autenticidad originaria, pues no se trata de negar sus raíces, sino de entender que estas no existen al margen de quienes las interpretan, las modifican y las transmiten.
El paso de Rito por el Festival de Cine Europeo de Sevilla adquiere, por ello, una especial resonancia. La ciudad y su entorno no son un mero escenario pasivo, sino parte del territorio cultural en el que la historia de Perrate fructifica con pleno sentido. Al completar con este trabajo su trilogía La piedra y el centro, Belmonte amplía también su perspectiva sobre el flamenco como un pensamiento musical, una experiencia corporal y sin lugar a dudas una forma de conocimiento. Si en Impulso observaba la creación coreográfica y en Trance seguía a Jorge Pardo, aquí encuentra una vía en el cante ‹en pos› de hermanar la identidad y el cambio en figuras clave para entender cómo se han perfilado nuestros imaginarios musicales.
¿Cómo nos prevenimos de que nuestra tradición se fosilice? Perrate replica con su propia trayectoria, en la medida en que no hay fidelidad verdadera sin una dosis de riesgo, ni herencia que se inyecte intacta de una generación a otra. En ese equilibrio inestable entre memoria e invención late la vitalidad del flamenco y, también, la razón de ser de Rito.









