Después de una primera etapa juguetona y vagamente experimental en la que abordó, con más empeño que acierto, la comedia y el erotismo, Kiyoshi Kurosawa viró hacia los dos géneros sobre los que ha pivotado casi toda su obra: el thriller y el terror, a menudo tan férreamente imbricados que resultan indistinguibles el uno del otro. Y, dentro de dicho terreno, el punto de inflexión en su carrera lo marcaría probablemente Cure, extraordinaria, sórdida y muy inquietante intriga criminal en la que supo dejar ya plasmados los rasgos que forjarían su personalidad como cineasta, a saber: atmósferas ominosas y decadentes, uso psicológico del paisaje (habitualmente espejo del interior tortuoso de los personajes), tramas crípticas o enigmáticas en las que se incuban reflexiones perturbadoras sobre el ser humano y la civilización moderna (soledad, locura, incomunicación…), frialdad expositiva que suele derivar en tempos narcóticos, etc.
La senda de la serpiente, en apariencia una historia de venganza como muchas más, sigue fiel a estos parámetros: están esos escenarios dominados por la corrupción y el abandono (fábricas decrépitas, oscuros recintos industriales…), los personajes solitarios movidos por la obsesión y la paranoia, la puesta en escena fría y meticulosa, en la que la acción y la violencia, secas como una bofetada, a veces se ven cortocircuitadas por un relámpago de comedia oscura (la casi decapitación de uno de los personajes secundarios, por ejemplo). Y está, sobre todo, una narración sinuosa e hipnótica, con apuntes metafóricos pertinentes, también con algún fragmento algo más tedioso (suele pasar en su cine), y siempre recorrida por una veta de misterio que la engrandece y la orilla a rincones azotados por no pocas turbaciones anímicas y morales.
Lo fascinante de esta película está en la forma en la que, valiéndose de mimbres propios del cine de serie B (la cinta se ha rodado con cuatro duros, como quien dice), su autor articula una reflexión muy inteligente sobre el sentido de la venganza, sobre su naturaleza cíclica y corruptora, sobre el abismo al que nos empuja el odio y sobre el carácter alienante al que puede abocarnos la búsqueda ciega de justicia. Este ejercicio de género se singulariza gracias a esta capacidad para hallar la abstracción simbólica dentro de una intriga ‹noir› en la que no importa tanto quién cometiera el terrible crimen (la violación y asesinato de una niña víctima de una red de explotación sexual), sino los efectos del mismo en la mente de los ejecutores de la venganza. De este modo, el relato se reviste de cierta cualidad absurda, casi cómica, en la que los patrones vengativos se van repitiendo conforme las víctimas/verdugos van fluctuando y cayendo, en un baile de máscaras grotesco.
Lo que mantiene al espectador atento es el carácter esquivo de la narración, que tiene su reflejo en las escenas en las que el personaje de Sho Aikawa imparte lecciones de matemáticas avanzadas a un grupo de estudiantes: de idéntico modo frío, con similar progresión geométrica (implacable en su alcance final), el personaje estudia, calibra y pone en marcha su plan vengador, siempre situándose un paso por delante del espectador, hasta desembocarlo en un clímax final salvaje en el que Kurosawa muestra su talento para escenificar la violencia, al tiempo que la trama adquiere todo su sentido, revelando el poso de amargura y crueldad que yacía en su fondo (y que es casi infinito), teniendo su guinda en la contemplación forzosa de una filmación terrible que conduce a la locura y que, por su dureza y su falta de misericordia, asemeja un castigo digno de la mitología griega.
Como curiosidad, casi simultáneamente Kurosawa rodaría una variación del mismo tema (también protagonizada por Aikawa, su actor fetiche en aquella época) titulada Los ojos de la serpiente, película asimismo recomendable. Y en 2024 estrenaría una nueva versión homónima pero con reparto y producción franceses, señal de la importancia que tuvo esta extraña y sugestiva obra en sus comienzos como cineasta.









