On Becoming a Guinea Fowl (Rungano Nyoni)

«Lo escuchan? Es el silencio»
Prometedor político español convirtiéndose en meme pero cuya frase me viene que ni pintado para explicar la obra

On Becoming a Guinea Fowl sigue a Shula, una mujer que de camino a casa tras una fiesta de disfraces se encuentra el cadáver de su tío tirado en la carretera. No desvelo nada que no se diga en la sinopsis, y que acontece en los primeros segundos de la obra. Narrativamente, la parte menos interesante de cualquier crítica, lo que prosigue es un drama del absurdo de rituales arcaicos, machistas, lloros exagerados y omisiones. Shula, durante buena parte de la cinta, sigue en silencio ante una vorágine de tradiciones y personajes con los que comparte vínculo de sangre, y a los que entiende, pero con los que no comulga. Aún así, no hay rebeldía posible en la sociedad que retrata, una donde las mujeres son víctimas y carcelarias del machismo, sólo pudiendo aceptar que te quedan dos días miserables y tirar para adelante a ver si se acaba todo ya.

No debería decir esto, pero me ha gustado la película de la cineasta Rungano Nyoni. Supongo que debería desmenuzar la obra poco a poco en diferentes vertientes y capas, y que el que lea esto pues decida si le interesa o no ir a verla, o refutar las palabrejas que aquí pongo u algo así. Pero me gusta, no se hace pesada, huye de muchos de los lugares comunes a los que una obra con mirada feminista se enfrenta sobre el tema y no hay catarsis de película yanqui con todos abrazados. La pasividad de la protagonista, que en otras ocasiones me enerva, y que suele conllevar un arco de personaje hacia un irreal ‹happy ending›, sirve para detenerse en lo que sucede a su alrededor. La cineasta es suficientemente sabia como para contar una historia, una moraleja o crítica, con apenas espacio para la catarsis colectiva, aunque haya lugar para la aceptación.

Sí, posiblemente el de Shula sea un buen punto de vista para introducirnos en el ritual que rodea al entierro del bueno del tío Fred, desmenuzando los secretos que lo impregnan todo entre silencios y el qué dirán. Y cambiando de opinión radicalmente, puede que su cineasta sí subraye ciertos temas, pero me atrae cómo lo hace. No sé si al final se pierde un poco, si la mala ostia que me provoca el final (las ganas de abofetear a todas las tías están ahí), aunque entienda su cometido, ayuda a la obra o no. No lo sé. Sin embargo, el viaje ha merecido la pena.

Si un espectador entra como yo en la película, sin tener ni la más remota idea de cómo es la vida de Zambia (que levante la mano quien haya tenido que mirar en el mapa dónde se halla dicho país), el miedo existente es encontrarse ante el ‹world cinema› de turno. Ya saben, esa obra escrita según los criterios de un festival de cine tipo Qatar o Emiratos Árabes, de tema social facilón en países con escasa distribución cinematográfica, apelando al buenismo y a valores universales que estarían bien si el espectador promedio tuviera 8 años, así como producidos para un muy concreto tipo de personas en Occidente.

Quiero detenerme aquí. Creyendo firmemente que existe esa cosa catalogada ‹world cinema›, también compruebo con espanto que cualquier cosa es tachada de ‹world cinema› según nos convenga. Y creo que la línea puede ser muy difusa. Rungano Nyoni, nacida en Zambia pero a una edad temprana mudada a Gales, donde pasa la mayor parte de su vida, que retorna a su país de nacimiento en una producción nada más y nada menos que de A24, residente del festival de Cannes antes de su primer trabajo (I Am Not a Witch, 2017) y con ayuda al desarrollo de un sitio llamado precisamente World Cinema Fund, tiene todas las papeletas de ser catalogada como ‹world cinema›. Y de hecho estoy seguro que para llegar al público, a determinado público, será vendida así: mujer negra, machismo y abusos sexuales en un país de África.

Y mi conclusión es que no. La obra tiene valor por sí sola, por su mirada. Por su juego de géneros, que va desde la comedia al drama sobrio. De hecho, en su primera parte se revela como una obra con una mirada irónica y crítica sobre todo lo que le rodea para, entre silencios y confesiones, ir descendiendo al drama.

Esa mirada que sigue a Shula, muchas veces sin ver su rostro porque entendemos perfectamente que está entre la incredulidad y la certeza de no poder escapar de todo lo que se le viene encima, sin aliados y, sobre todo, sin apenas aliadas. Sumisa a nuestros ojos en el entorno familiar, por mucho que sea una joven moderna que trabaja por Zoom y esas cosas. Intuimos una doble vida, de mujer trabajadora moderna a tiempo parcial y mujer anclada en el patriarcado. Pero en este patriarcado su padre aparece a la vez sin carácter, alcoholizado (el tema del alcohol daría para un libro), y algunas de sus tías, las más acérrimas guardianas de dicho patriarcado, crueles hasta decir basta con la viuda del bueno del tío Fred, que o no llora lo suficiente o llora demasiado y no nos deja dormir.

Son Shula y sus primas quienes pasean con sus secretos entre silencios y confesiones. No llevan la acción, están sumergidas en la penumbra de la casa y del patio. Sus actos de rebeldía consisten en drogarse o emborracharse, jamás en salir corriendo. Los adultos son tratados como un simpático bueno para nada en el caso del padre, unas hipócritas tías y madre que comparten tanto el papel de víctimas como de verdugos y una masa varonil desenfocada esperando a recibir la comida que preparan con ahínco las mujeres.

Al final si esto es ‹world cinema› o no me trae sin cuidado. Muchas veces esa conversación esconde una mirada injusta sobre los responsables de la obra. Al final suele ser ‹world cinema› lo que no nos gusta. Pero en mi opinión el film se defiende y se explica no por que se trate de una mirada feminista, justa y (pongan 80 comillas y alejen a los niños) necesaria, sino por lo que muestra y sobre todo por cómo lo muestra.

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