Sick (Agata Trzebuchowska)

La escena germinal de Sick es toda una declaración de intenciones: Maks, el protagonista, se quita un grano frente al espejo del tren que le lleva a su destino. Fluidos corporales, adolescencia y sexualidad articularán a partir de ese preciso instante un viaje que no es sino el fin de una etapa: aquello que tanto Maks como su hermana mayor, Emma, conocían como un lugar al que acudir en busca de un resguardo familiar, casi a modo de pequeño momento de desahogo, es ahora un hogar donde el único signo de vida ha devenido el insondable vacío consecuencia de la enfermedad que aqueja a su abuela.

La añoranza por lo que fuera dicho espacio, no solo se manifiesta en las palabras de Emma en una secuencia determinada del film: nada más llegar, Maks trepa a la antigua casa del árbol, rememorando esa niñez que ya quedó atrás, y ese sitio al que incluso regresará en un momento de vulnerabilidad. Ante la madurez de Emma, segura y serena frente a la mirada intranquila y un tanto indecisa de su hermano, se percibe todavía la silueta de un muchacho que recibe la sexualidad incipiente sin llegar a abandonar una etapa todavía presente en su día a día; es ella, de hecho, quien alienta indirectamente a Maks para que este se deshaga de sus antiguos cómics a través de una simple línea de diálogo.

En esos gestos, Agata Trzebuchowska descubre un choque que se antoja insondable, pero ante el que la cineasta deja un pertinente vacío: no conocemos la relación anterior de Emma y Maks, y vamos descubriendo con el paso de los minutos tanto la carrera frustrada de ella como tenista, como las aspiraciones del joven muchacho ante una probable carrera de medicina. De hecho, la primera escena que comparten ni siquiera es un saludo entre ambos, sino el primero de tantos encontronazos que se irán dando a lo largo del relato.

No hay en ello, no obstante, la intención de dar forma a una narración dramática: tanto lo sexual, ya presente en los primeros compases casi a modo de escarceo, cuando el protagonista llegue a casa de su abuela, como un horror subyacente que se despliega desde distintos elementos —los ya citados fluidos, el extraño comportamiento de la abuela…—, pero que se funde con una realidad muy concreta, huyendo así de los códigos y arquetipos del género, especialmente en lo formal, despliegan sendas colindantes ante las que Trzebuchowska se mueve con una comodidad inusitada.

La polaca despliega un sugerente imaginario que va mudando la piel en su avance; y lo hace no solo mediante ideas conjugadas con lascivia, un particular sentido del humor y un tono las veces inquietante, sino además siendo capaz de desplegar un formalismo audaz, que tantea las posibilidades de sus imágenes y complementa el universo descrito. Todo ello acompañado de un minucioso uso del sonido —donde destaca desde el jugueteo inherente a una ópera prima, como en ese plano subjetivo donde solo percibimos la respiración de la abuela, hasta la orgánica introducción de su banda sonora—, que hace de Sick un film ávido por explorar y atravesar sus propios confines.

Hay, además, en la mirada de Trzebuchowska una dulce perversión, que va más allá del mero repertorio provocativo que se podría haber reproducido fácilmente, pero que la cineasta evita otorgando entidad a su microcosmos. Su extensión en pantalla, revelada en torno a los rostros de Katarzyna Łubik y Konrad Kakol, logra hacer de Sick algo más que una ‹rara avis›: es también la confrontación de esos deseos más profundos, tomando forma en una infrecuente y fascinante ‹coming of age› como pocas veces hemos visto.

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