Pensando en escribir sobre Mongrels, creo que el principal reto está en decidir si uno habla de la película que Jerome Yoo parece querer hacer o de la que al final termina siendo. Y no porque exista un abismo entre ambas, sino porque da la sensación de que conviven dos impulsos que rara vez llegan a reconciliarse del todo, el de construir un drama íntimo y doloroso sobre el duelo y la vida en un país que hasta ahora no era el tuyo, y el de abrazar cierto tipo de cine independiente que parece convencido de que la contemplación, los silencios largos y los personajes mirando hacia algún lugar fuera de campo son, por sí mismos, profundidad emocional.

Ambientada en la Canadá rural de 1991, Mongrels sigue a una familia coreana de tres miembros que intenta recomponerse tras la muerte de la madre. El padre acepta un trabajo asesinando perros asilvestrados que al parecer atacan al ganado de los que allí viven, mientras el hijo adolescente busca encajar entre sus compañeros y la hija pequeña busca transformar la ausencia de su madre en un mundo propio donde la imaginación le pueda ofrecer refugio. La película, que está dividida en tres capítulos, cuenta tres maneras de convivir con una pérdida que también es múltiple: la de una persona querida, la de un país de origen y la de una estructura familiar que nunca volverá a ser la misma.
Dejando de lado el tema de asesinar perros (aunque sea “de película”), es interesante cómo el director y guionista Jerome Yoo encuentra paralelismos entre esos perros salvajes del título y sus protagonistas. En ambos casos, son seres atrapados entre dos mundos, uno nuevo al que les cuesta pertenecer, y uno antiguo al que su nueva condición les impide volver. Cuando el padre habla con uno de esos perros, o cuando la película permite que ciertos elementos ligeramente fantásticos se filtren en una realidad eminentemente melancólica, Mongrels alcanza una sutileza que resulta mucho más interesante que algunas de sus metáforas más evidentes.
Porque la película no siempre confía en sí misma. Los cambios de formato de imagen entre capítulos, por ejemplo, consiguen llamar la atención sobre la individualidad de cada perspectiva, pero también tienen algo de postureo, como si la película necesitase recordarte que es una ópera prima independiente con inquietudes formales más allá del argumento. Lo mismo ocurre con muchos de sus planos: preciosos, muy medidos, llenos de una tristeza contenida que a veces emociona y otras parece salida de una búsqueda en Google sobre personas pensativas de espaldas contemplando paisajes inmensos.

Aun así, Mongrels funciona más veces de las que uno podría imaginar viendo esos “excesos” de la contemplación. O, al menos, cuando funciona lo hace con una honestidad difícil de despreciar. El larguísimo capítulo dedicado al padre puede resultar reiterativo, casi exasperante por momentos, insistiendo una y otra vez sobre las mismas heridas sin terminar de avanzar demasiado. Pero después llega el hijo y aparece esa tristeza adolescente hecha de vergüenza y necesidad de pertenencia. Y finalmente llega la hija, que convierte el último tramo de la película en el más inspirado y conmovedor, como buena película de coreanos (aunque el director y la producción también sean canadienses). No sé si es casualidad o si Yoo comprende mejor el dolor cuando se aleja de la contención adulta, pero lo cierto es que la actriz Sein Jin termina apropiándose de la película con una naturalidad asombrosa.
Quizás el principal problema de Mongrels sea que parece más interesada en acumular sensaciones que en construir un relato con verdadero impulso dramático. Da la impresión de estar formada por imágenes, intuiciones y pequeños hallazgos emocionales antes que por una estructura especialmente sólida. Pero también es verdad que hay películas cuyos defectos terminan formando parte de su personalidad y esta bien podría ser una de ellas.
No me parece una gran exploración del duelo ni una obra especialmente revolucionaria sobre la experiencia migratoria. De hecho, en algunos momentos da la sensación de recorrer caminos demasiado conocidos. Pero entre silencios excesivos, metáforas algo obvias y decisiones discutibles, Jerome Yoo encuentra imágenes sinceras para hablar de la rabia, la tristeza o la negación. Y eso ya es bastante más de lo que consiguen muchas películas aparentemente más redondas o de mayor fama.

Porque uno acaba Mongrels con la impresión de haber visto una película irregular, sí, pero también prometedora. Una ópera prima que a veces desespera, a veces emociona y que, incluso cuando parece perdida entre dos versiones distintas de sí misma, deja entrever la mirada de alguien que todavía está intentando descubrir cuál es exactamente la película que quiere hacer. Veremos si tiene la oportunidad de hacerla.





