Sin piedad (Alberto Lattuada)

Pese a contar con una de las carreras más sólidas, notables e interesantes de la historia del cine italiano, Alberto Lattuada sufrió la tiranía, tal como ha sucedido con otros nombres de su misma envergadura, de haber compartido época artística con alguno de los directores más emblemáticos y poderosos de la historia del cine tales como, por enunciar cuatro nombres, Roberto Rossellini, Federico Fellini, Luchino Visconti o Vittorio de Sica. Así, Lattuada formó parte de esa generación de autores italianos que dieron sus primeros pasos en el arte cinematográfico en las trincheras del neorrealismo más puro y seminal, como por ejemplo Pietro Germi, Giuseppe de Santis o Luigi Zampa, pero que debido a la dictadura administrada por sus compañeros de profesión más populares se vieron relegados a un triste segundo plano totalmente inmerecido si nos atenemos a la calidad de las obras realizadas por estos magníficos realizadores trasalpinos. Lattuada nació en la ciudad norteña de Milan en el seno de una familia de profesión artística (su padre fue un conocido compositor en la Italia de principios de siglo), hecho este que incitó a que desde el jardín de infancia el director de Ana se empapara de la influencia de la clase bohemia milanesa. Inicialmente formado como escritor y crítico de arte en una revista de inspiración disciplinar, no pasó mucho tiempo para que el mundo del cine atrajera hacia sus redes al imberbe aprendiz de escritor. De este modo, Lattuada formó tandem con Mario Monicelli en un cortometraje titulado Cuore rivelatore cincelado por el director de La gran guerra cuando éste apenas contaba con 18 años. Al igual que sus compatriotas Roberto Rossellini o Renato Castellani, Lattuada se apuntó al Grupo universitario fascista con el objeto de profundizar sus conocimientos cinematográficos en el instituto que gobernaba con mano de hierro la industria cinematográfica italiana en los negros años administrados por las camisas negras de Benito Mussolini.

Sin piedad

Tras el estallido de la II Guerra Mundial, Lattuada desempeñó una ardua tarea como guionista en prestigiosos títulos de la época dirigidos por cineastas adscritos al Régimen, debutando en la dirección de películas en el año 1943 con una cinta bastante perdida titulada Giacomo l’idealista. Una vez finalizada la contienda bélica, el autor de El Molino del Po absorbió los nuevos vientos que revolucionaron la manera de hacer cine en la década de los cuarenta, formando parte por tanto del movimiento neorrealista. Así Lattuada dirigió en esos años sus películas más emblemáticas como Il bandito, la propia El Molino del Po y la que para un servidor es su obra más compleja y protagonista de esta reseña: Sin piedad. En estas dos últimas cintas, Lattuada inició una fructífera colaboración con un guionista novato poseedor de revolucionarias ideas y repleto de talento llamado Federico Fellini. Juntos escribirían los textos de ambos films, dirigiendo al alimón Luces de varieté. Emancipado de Fellini y ya finalizada la época neorrealista, Lattuada vertió su arte en años venideros en títulos de gran calado como Ana, La mandrágora o Mafioso, pero también en cintas no tan ambiciosas como Así como eres o Desnudo de mujer, mezclando pues a lo largo de su carrera títulos de elevado calado dramático con otras obras más ligeras en lo que respecta a su contenido.

Sin piedad

Como he comentado en las líneas precedentes, Sin piedad forma parte del núcleo duro tanto de la filmografía del milanés como del neorrealismo italiano. Muchas son las virtudes que ostenta esta magnífica cinta que pinta de un modo innovador y ciertamente moderno el ambiente cruel y achacoso existente en los años de posguerra en los alrededores de Livorno. Y es de ley resaltar la palabra modernidad porque esta es una de las primeras cintas en las que se retrata casi de frente (es cierto que quizás escondiendo el vínculo amoroso en una extraña relación de amistad que no se sostiene por ningún sitio) y sin medias tintas una relación de amor interracial vivida entre un soldado americano negro y una joven italiana que huye de su ciudad tras haber sido abandonada por su novio —al haber conseguido éste usurpar la virginidad de la joven— avergonzada de contar a sus padres la comisión del pecado original. Uno de los grandes aciertos del film consiste en la descripción cuasi documental de la atmósfera soportada en los alrededores de Livorno una vez finalizada la guerra, manifestando pues con una línea fidedigna las características que representan el cosmos de la posguerra en cualquier lugar de la Europa de aquellos tiempos. En este sentido, Lattuada y su equipo se aprovecharon de la insigne realidad de los escenarios del film, un Livorno que se erigió en un almacén de suministros del ejército de ocupación americano habitada por la división Buffalo, una unidad formada casi en su totalidad por soldados de raza negra. El choque racial que se produjo entre los ciudadanos autóctonos y los miembros del ejército americano, así como las carestías económicas existentes entre los ciudadanos medios, impulsaron la aparición de mercados negros dirigidos por inhumanos criminales de guerra italianos así como el advenimiento de focos de delincuencia común, de tráfico de drogas y de prostitución regidas por incipientes mafiosos vestidos con traje blanco, con participación de los propios soldados afroamericanos hechizados por el sexo fácil ofrecido por las meretrices italianas, transformando a Livorno en una ciudad sin ley más cercana al far west que a la tradición social italiana. Todo este ambiente fue captado a la perfección, como si de un pintor realista se tratara, por Alberto Lattuada convirtiendo así a la cinta en un documento de primera categoría que mantiene vigente toda su fuerza y poder gracias a sus impresionantes imágenes.

Sin piedad

Tanto Fellini como Lattuada deseaban edificar una película realista, pero igualmente lanzar una feroz crítica en contra del racismo existente no sólo en las filas italianas, sino también entre los propios mandos estadounidenses que veían con malos ojos las relaciones sexuales interraciales de sus propios soldados, que eran tratados más como bestias de carga necesarias para ejecutar el duro trabajo de reconstrucción postbélica que como ciudadanos de primera categoría del país del Tío Sam. Para ello, ambos decidieron adaptar al lenguaje cinematográfico una noticia aparecida en los periódicos italianos tras la victoria aliada, en la que se relataba la historia del suicidio de un soldado negro incitado por una especie de linchamiento público perpetrado por los habitantes de una pequeña localidad tras haberse enterado de la relación pecaminosa mantenida entre el soldado y una muchacha del pueblo, que culminó con el asesinato de la chica tras defender ante todos a su novio afroamericano. La cinta provocó un pequeño escándalo tras su estreno en pantallas tanto europeas como estadounidenses, generando cierta polémica debido, no solo al tema tabú que tocaba, también al retrato mezquino de la labor ejercida por los mandos americanos encargados de preservar la seguridad en tierras italianas.

Sin piedad

La cinta arranca con una escena impactante en la que observamos a la joven Angela (interpretada por la esposa de Lattudada, Carla del Poggio) huir en el vagón de un tren con dirección a Livorno en busca de su hermano con el objetivo de empezar una nueva vida tras haber padecido un desengaño amoroso. Sin embargo, la posguerra pronto estallará ante nuestros ojos cuando un grupo de contrabandistas asalta un convoy de la policía militar estadounidense. En el tiroteo que se produce, un sargento negro llamado Jerry caerá herido ante los ojos de la joven Angela que no dudará en auxiliarle, salvándole de este modo la vida. A su llegada a Livorno, Angela será arrestada en la estación siendo confundida con una prostituta, entablando amistad en la cárcel con una simpática prostituta llamada Marcella (interpretada por la mujer de Fellini Giulietta Massina en uno de sus primeros papeles con su habitual destreza y maestría), descubrirá que su hermano ha desaparecido mientras trabajaba para la banda de narcotraficantes y proxenetas que gestionan el mercado negro de marginalidad que domina la ciudad. Después de evadirse de prisión con la colaboración de un grupo de soldados negros enganchados al sexo y amor pecuniario ofrecido por las prostitutas, Angela caerá en las redes de prostitución de la antigua banda de su hermano. Sin embargo, la crueldad diaria a la que se enfrenta la joven se erosionará el día en que su camino vuelve a cruzarse Jerry, que agradecido ante el apto de ayuda desinteresada que le salvó la vida tomará a la bella italiana bajo su manto protector. De este modo, poco a poco surgirá una relación de amistad que se intensificará con el transcurrir del tiempo y será mal vista por parte de los superiores y compañeros blancos del soldado negro, que se topará igualmente por un malentendido que arrastrará a Jerry a tener que huir tanto de una falsa acusación de robo por parte de los oficiales de la policía militar como de la envidia y ansias depredadoras del jefe mafioso que verá peligrar una operación de contrabando internacional por la intervención del oficial negro. El sueño de Angela de iniciar una nueva vida alejada de la inmundicia y la pobreza junto a Jerry será pues una quimera de difícil consecución.

Sin piedad

La película ostenta a lo largo de su metraje un espíritu transgresor e inconformista muy reconfortante para una película producida a finales de los años cuarenta. Parte de este aspecto se debe al magnífico guión escrito por Fellini y Lattuada, pero también gracias a las impactantes performances de Del Poggio y Masina en un papel que anticipa esa Cabiria que marcaría con letras de oro el nombre de la italiana en la historia del cine. Los traumas y daños morales que la guerra provocó en la población italiana son retratados a la perfección por un Lattuada en estado de gracia que supo dotar a su film de las necesarias gotas de crudeza y crueldad, pero asimismo aderezadas con una fábula romántica que ayuda a oxigenar con una estupenda propuesta melodramática la asfixia vital que brota del mensaje principal que teje la trama. Igualmente magnéticos son los efectos de la sensacional banda sonora compuesta por el legendario Nino Rota, la cual apoya con sus extraordinarias melodías el carácter atroz que sustenta el film. La atmósfera sombría y tenebrosa que posee la cinta ensalza el resultado fotográfico, engalanando con una iluminación impostada del cine negro la tradicional concepción de estilo del neorrealismo, dando lugar por tanto a una propuesta ambiental poco convencional dentro de los límites del movimiento italiano.

Por último un pequeño guiño dirigido a los fanáticos del cine italiano. El final de esta magnífica película fue homenajeado sin cisuras por uno de los mayores monumentos del cine italiano de los sesenta. Seguro que los incondicionales de la cinematografía del país de la bota, sabrán la respuesta de la película que esconde el mencionado homenaje. Ahí lo dejo.



Deja un comentario