Eli Roth… a examen

La entrada del Siglo XXI trajo consigo un esperado cambio de ciclo por los campos del terror, corriente que cíclicamente retorna a sus raíces más enrabietadas y salvajes. Quizá por un componente generacional, unido al impacto socio-político de eventos detonadores como supondría el 11 de Septiembre de 2001, sale a relucir una nueva oleada de cineastas que tenían una cualidad diferenciadora; fueron los espectadores que crecieron viendo las películas de otra generación, la de los 70, que eclosionó en plena crisis de identidad norteamericana en el citado decenio creando auténticos clásicos del horror. Así nació el llamado ‹Splat Pack›, etiqueta bajo la que se agruparon a cineastas como Rob Zombie, James Wan, Alexandre Aja, Neill Marshall o Eli Roth. Directores que hicieron gala en su arte de una cinefilia exacerbada y carburada por su pasión hacia las obras maestras de los John Carpenter, George A. Romero, Tobe Hooper o Wes Craven.

El caso de Eli Roth es singular no sólo porque es un cineasta que ha mostrado vehemencia en rescatar la vena más nihilista del género, convergiendo en un filtro de cierta comicidad, sino también por saber rodearse de las personas adecuadas. Notoria fue su unión y camaradería con Quentin Tarantino hacia mediados de la década de los 2000, pero sorprende aún más que para su primera película, siendo un completo desconocido, contase con el apoyo del mismísimo David Lynch y su compositor habitual Angelo Badalamenti. Este compone varios temas dentro del ‹score› de Cabin Fever, el primer largometraje de Roth y que introdujo al entonces joven cineasta para presentarse en sociedad con un cúmulo de lugares comunes del género sabiamente escogidos como planteamiento inicial. Cinco amigos universitarios se trasladan a una cabaña aislada en el bosque para pasar unos días de vacaciones, jornadas de descanso que se verán brutalmente interrumpidas con la aparición de un hombre gravemente enfermo y que será el detonante para la propagación de una extraña infección cutánea por toda la zona.

La citada enfermedad es el epicentro argumental, un trastorno febril capaz de destruir la piel y que para su creación en pantalla Roth se basó en una experiencia propia. Pero lo que destaca por encima de esto es la confesa influencia que Cabin Fever recibe de algunos de los clásicos del género, siendo las más rápidamente identificable la Posesión infernal de Sam Raimi, con el grupo de jóvenes aislados en una cabaña, además de la inmersión rural de Deliverance de John Boorman o La matanza de Texas de Tobe Hooper (algún que otro histórico plano es directamente emulado), o el ‹body horror› de David Cronenberg, que permite a la película su sentida reivindicación del cine de género más extremo y salvaje. Sin llegar a unos límites de desmedida parodia, Roth plantea en la exposición de la enfermedad un sentido gráfico y desagradable, como un modo de combatir las tibias maneras con las que el cine de terror despedía al Siglo XX. Es por ello que, formalmente, siendo algo que quedaría demostrado en sus futuros proyectos, Roth consideró que los vestigios más exacerbados del horror volvían como una respuesta creativa de un cineasta que afronta en su obra que el género dispone de unas herramientas propias para sus naturalidades intrínsecas; una predisposición artística que, a tenor de los proyectos coetáneos de sus compañeros de generación, generó una vuelta del terror a los terrenos grotescos que nunca debió haber abandonado. La predilección por los efectos prácticos y su anexa labor de artesanía del horror ya demuestran cierto cariño a las épocas pasadas, siendo consciente que estamos ante una película dirigida a un público generacional específico, que será el que conecte directamente con las intenciones del director.

Pero Roth aporta más capas interesantes a la fórmula, insertando un interesante componente conductual a sus aparentemente estereotipados protagonistas; son capaces de hacer gala de un mórbido individualismo ante un cada vez más asfixiante componente maligno, lo cual no es sorpresa adelantar que les pasará factura. La importancia que se da al aislamiento es relevante como uno de esos ‹checks› que Roth hace a su carta de amor al género (el choque entre urbanitas y pueblerinos es un andamiaje fundamental para el terror de los 70), así como unas medidas dosis de comicidad que demuestran el cómo el director suministra un sentido de mordacidad a los extremismos de sus formas. Conviene destacar que esos apuntes cómicos hoy no son del todo efectivos (los perfeccionaría en posteriores proyectos) pero con todo, y a pesar de ver navegar a Roth entre la personalidad creativa y su pasional tributo a sus películas de cabecera, se vislumbra el esfuerzo de un creador en la búsqueda de su identidad. Planteamientos como el miedo al contagio, que actualizan ese llamado “terror de cabaña” inspirado por la ya citada película de Sam Raimi, o el hecho de ver el cuerpo como foco del terror, que renueva las estructuras de aquel ‹neo-slasher› tendencia pocos años antes, promueven una personalidad atrevida y desvergonzada en su fecundación de las naturalidades del horror. Todo ello hace que, probablemente, Cabin Fever sea concebida hoy como una película que fue poderosamente necesaria para aquellas primeras semanas del nuevo milenio.

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