Obaltan (Hyun Mok Yoo)

Que Obaltan esté considerada como la mejor película de la historia del cine de Corea del Sur por gran parte de la crítica especializada en cine asiático en general y del procedente de tierras del sur de Corea en particular, una vez vista esta magnética obra, no me sorprende en absoluto. He de decir que esta es una de esas cintas que se quedan grabadas en la memoria por los siglos de los siglos ajena por tanto a modas y al desgaste que supone acumular en la memoria cinéfila más obras de las que un cerebro humano es capaz de procesar. A diferencia de su vecino japonés, el cine coreano clásico es una rara avis en el universo cinematográfico, culpa en parte motivada por la gran pérdida de material cinematográfico que supuso la cruenta guerra civil sufrida por el país asiático a principios de la década de los cincuenta, aspecto que significó la casi total desaparición de las grandes obras universales de este maravilloso país dividido en dos zonas geográficas por la inmundicia del hombre. Sin duda la obra más emblemática del cine coreano de esa época previa al resurgimiento a finales del siglo pasado del nuevo cine de estos lares es La doncella, obra hipnótica de toques sádicos y Hitchcockianos que gracias a la labor de Martin Scorsese es un film cada vez más conocido y difundido a nivel internacional entre las nuevas generaciones de amantes del séptimo arte.

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Sin embargo, excepto en los reducidos círculos de frikis del cine coreano en los cuales la película que vamos a reseñar es objeto de puro culto, Obaltan es un film que no goza de la difusión y el reconocimiento global que si disfruta La doncella. ¿El motivo de la menor repercusión en las preferencias cinéfilas de esta impresionante obra? El de siempre, vamos que a no ser que una gran figura apadrine la promoción de una obra clásica olvidada (en esto el gran maestro es Quentin Tarantino el cual ha sabido rescatar del abandono obras tan dispares como El luchador, Django, Milan calibre 9 o Aquel maldito tren blindado), desgraciadamente el paso del tiempo termina erosionando la memoria a largo plazo del cinéfilo y las obras por tanto se acaban perdiendo como lágrimas en la lluvia, a lo que hay que unir el aspecto de que el cine coreano clásico al igual que el de otras latitudes distintas a las de siempre (USA y Francia primordialmente) es un perfecto marginado en el ámbito de la distribución cinematográfica comercial.

¿Cómo podríamos definir Obaltan en pocas palabras? Me resulta complejo acotar en un texto no demasiado extenso las sensaciones que me transmite esta obra maestra, puesto que son tantas las referencias y aristas que contiene en su propio ser Obaltan que podríamos estar hablando y comentando aspectos de la misma durante un período interminable de tiempo. Para resumir cual es el espíritu de esta increíble cinta os comento que durante buena parte del desarrollo de la misma vinieron a mi memoria cuatro de las grandes obras del cine italiano de todos los tiempos, ancladas todas ellas en lo que se denominó el Neorrealismo tardío o de trincheras, a las que sumo otra gran obra clásica norteamericana de los cuarenta, cintas que comentaremos a lo largo de la reseña.

Y es que para un servidor Obaltan es básicamente una película neorrealista de tintes muy crueles y pesimistas situada en la dura post-guerra coreana narrada a través de las vivencias experimentadas por un veterano de la guerra civil de Corea en su retorno a la difícil realidad que supone el enfrentamiento con la vida civil tras el largo e inhumano periplo vivido en las trincheras bélicas. Este componente de denuncia por medio de la inadaptación sufrida por los veteranos al ambiente urbano y depravado surgido en la post-guerra (hecho que me recuerda al clásico americano Los mejores años de nuestra vida) se entrecruza con otra serie de subtramas igual o incluso más importantes que el asunto post-bélico, que concluyen cocinando pues una obra total que admite diversas lecturas e interpretaciones tal como solo los colosales monumentos de arte son capaces de emanar al espectador que los observa con ojos de admiración. Porque Obaltan encierra asimismo en sus entrañas una epopeya de destrucción familiar provocada por los funestos efectos secundarios de la guerra que abarcan desde la locura hasta el desencanto, la cobardía, la desesperación y los sacrificios en balde e innecesarios. También es una obra de la que brota un halo gris hermanado con un escalofriante vacío existencial que dibuja una atmósfera sin luces de esperanza, de modo que son la muerte, la crueldad, la pérdida de valores tradicionales en favor de una expansiva y depravada occidentalización en la forma de ser de los coreanos, la demencia y la degradación en su sentido tanto físico como fundamentalmente psicológico los hilos que conducen la ordenación social existente en la Corea de finales de los cincuenta. Este perfecto dibujo de los perfiles y personalidades presentes en el país asiático me recuerda al trazado por Federico Fellini en su maravillosa La Strada, uno de los filmes neorrealistas que me evoca Obaltan.

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La cinta narra las vivencias de una familia de hermanos ya adultos, huérfanos de padre que conviven todos ellos dentro del mismo destartalado y famélico hogar familiar que hace las veces de casa con una madre totalmente loca y desquiciada por los efectos de los bombardeos sufridos durante la guerra, en su lucha por sobrevivir en una Corea demolida económica y moralmente tras la culminación del conflicto bélico. Así conoceremos al mayor y cabeza de familia, un excesivamente responsable y apocado hombre que trabaja como administrativo en una compañía de seguros al que apenas le llega el salario para mantener a su numerosa familia fraternal a la que se une su esposa embarazada y su pequeña hija. Al carácter frío y gris de este hermano se contrapone el del hermano mediano, un ex-sargento veterano de guerra (a diferencia de su hermano mayor del que desconocemos su posible alistamiento militar) al que las heridas sufridas en el campo de batalla han endurecido su alma, de modo que su carácter vigoroso, extrovertido y atormentado chocará con el de su más atemperado hermano mayor. Entre estos dos personajes antagonistas se situarán el de la piadosa hermana que se verá arrastrada a la prostitución y a la vergüenza de vender su cuerpo por el dinero procurado por los militares americanos destinados en el sudeste asiático después de ser rechazada por su novio de toda la vida (el cual regresará del conflicto acomplejado por una lesión corporal que le impide considerarse como una persona normal) y el del hermano menor, un infante desencantado por la miseria que le rodea, que ayudará a la economía familiar empleándose como repartidor de periódicos. Este choque de personalidades fraternas me trajo a la memoria Rocco y sus hermanos de Luchino Visconti en la medida de la descripción de dos perfiles radicalmente opuestos que chocan entre sí, uno más activo, ambicioso y vitalista frente a otro más bondadoso e idiota que antepone el bienestar familiar al suyo propio.

La película traza muy bien las diversas tramas en paralelo protagonizadas por los distintos miembros de la familia. Así la cinta comienza con una especie de fiesta de reunión de antiguos amigos de regimiento en un bar, escena que se asemeja mucho a la secuencia de inicio de Los inútiles de Federico Fellini. Tras esta presentación seminal, la primera trama en paralelo que aparecerá en pantalla será la de la hermana de la estirpe protagonista del film, la cual será rechazada por su novio por la lesión física que éste padece, hecho que acarreará su abandono a la prostitución con occidentales (maravillosa metáfora pintada por el director coreano que sirve de denuncia del abandono de las tradiciones enraizadas en la cultura de Corea en favor del impostado American Way of life). Esta breve trama dará paso a las dos historias en paralelo que sustentan el esqueleto del film. La primera de ellas será soportada por el hermano mayor casado con una mujer que apenas le presta atención y con una hija pequeña que sentirá más afecto hacia su simpático e irresponsable tío que hacia su esforzado padre, hombre éste que sufrirá en silencio un intenso dolor de muelas en aras de ahorrar el dinero que la extracción molar supondría para la castigada economía familiar.

La segunda historia será protagonizada por el hermano veterano de guerra, el cual tras dos años de vida civil ha sido incapaz de adaptarse al nuevo ambiente post-bélico al igual que de encontrar trabajo con el que aportar ingresos al núcleo familiar. Este vector, si bien cruza su línea con los otras líneas argumentales que avanzan en paralelo para dar forma al resultado final del film, es el más importante e interesante de Obaltan. En él seremos testigos de la humillación y obstáculos padecidos por los jóvenes veteranos de guerra en su afán por encontrar trabajo y formar una familia, lo cual inducirá a los mismos a la delincuencia como única oportunidad de supervivencia. Me encanta como Hyun Mok Yoo pinta toda la epopeya sentida por este personaje. Así tras las primeras juergas y devaneos que parecen advertir que nos encontramos ante un vago sin fuerzas para luchar contra las inclemencias de la vida, el discurrir de los acontecimientos sacarán a la luz el verdadero perfil del protagonista, que no es otro que el de un joven soñador con temperamento e iniciativa de líder torturado por las imágenes grabadas en su mente durante la guerra al que no le quedará otra salida que planear el atraco a un banco junto con sus antiguos compañeros de regimiento para poder subsistir en un país turbio y dirigido por la desesperanza. Magníficas son las pequeñas historias entretejidas en la espina dorsal de este vector, como la del reencuentro casual del personaje protagonista con la enfermera que le cuidó en el hospital con la que iniciará un furtivo romance que desembocará en el asesinato de la joven por un vecino perturbado y solitario, o la incisiva trama en la que nuestro pequeño héroe abandonará a su novia de toda la vida al observar que la misma ha sido absorbida e hipnotizada por una industria del cine basura que no duda en anteponer el éxito económico a la bajeza moral que supone narrar historias que humillan el recuerdo de los caídos en la guerra, o la propia fábula de la planificación del atraco al banco, hecho que sustenta un grito desgarrador que proclamará la derrota total tanto de la familia como de la sociedad coreana.

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La película cuenta en su esqueleto con algunas escenas ciertamente perturbadoras. A modo de resumen inolvidables son las escenas en las que el hermano pequeño en su huida de la policía tras fallar el golpe al banco se topará en un almacén abandonado con una mujer ahorcada de la que cuelga a su espalda un lloroso bebé recién nacido. Espeluznantes igualmente son los primeros planos de la desequilibrada matriarca de la familia y sus aterrorizados gritos suplicando huir del hogar cada vez que escucha un ruido a su alrededor (fantástico dibujo de los efectos colaterales y la locura que supone la aberración de la guerra). También son inolvidables los planos nocturnos que acompañan al paseo sin rumbo y desesperado del hermano mayor al final de la cinta, otra de las múltiples metáforas insertas en el film, que traza ese viaje a ninguna parte sin destino cierto en el que se ha convertido la ordenada y responsable vida de este personaje, al cual un excesivo sentimiento de responsabilidad terminará demoliendo su existencia vital, por lo que se demostrará que la aparente disciplina que se advertía en él no era más que un débil edificio cuya estructura se romperá de forma más dolorosa que la supuesta desorientación que parecía revestir la vida de su hermano pequeño. Todas estas escenas plenas de aflicción y martirio existencial me hacen rememorar a la demoledora El limpiabotas de Vittorio de Sica, la última cinta neorrealista que me viene a la memoria tras visualizar Obaltan.

Os recomiendo encarecidamente esta magna obra de culto del cine coreano, sin duda una obra que dejará un poso firme de vacío existencial en cualquier espectador que se atreva a enfrentarse con ella. Advierto que la cinta puede causar efectos secundarios, al igual que la guerra que se siente aunque no se muestra en el desarrollo de su trama, y esto es lo que la hace grande. Y es que creo que uno de los objetivos que trató de lograr Mok Yoo con su obra maestra fue dejar un testimonio fidedigno de la miseria humana que es la guerra. El objetivo lo logró el maestro.

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