Vidas secas (Nelson Pereira dos Santos)

«— ¿Viviremos como antes?

— ¿Quién sabe? Tal vez sí, tal vez no.

— ¿Por qué no podemos ser como la gente algún día?

— ¿Por qué tenemos que ser siempre desgraciados?

— Corriendo como animales, como siempre.»

Vidas secas, Nelson Pereira dos Santos

Nelson Pereira dos Santos, con permiso de Glauber Rocha, se convirtió en la figura más popular del Cinema Novo brasileño gracias fundamentalmente a Vidas secas. Su caso es particularmente llamativo. Pues antes de que se erigiera el manifiesto que creó esta revolucionaria corriente cinematográfica, dos Santos ya era un director consagrado, merced a dos películas emblemáticas del cine carioca como fueron Rio, 40 graus y Rio, zona norte, ambas una especie de radiografía con un tono neorrealista ciertamente costumbrista que exhibía el folclore y las miserias de esos moradores de las clases menos pudientes del Brasil de la primera mitad de siglo pasado.

En pleno apogeo del movimiento el autor brasileño se lanzó al vacío sin ninguna red de protección moldeando uno de los films más duros, complejos y aterradores del séptimo arte iberoamericano. Deudor de esa forma de hacer películas que etiquetó a la mejor generación de cineastas de la historia del Brasil. Cintas contestatarias que absorbían esos vientos de cambio que deseaba la intelectualidad iberoamericana de izquierdas. Un cine oriundo del tercer mundo que no hacía ascos a mostrar sus cloacas y esas injusticias auspiciadas por esa burguesía depredadora de la libertad que mantenía rehén para su propio beneficio a todo un ejército de desgraciados campesinos casi analfabetos que obedecían sin rechistar las órdenes de sus amos. Un cine que pretendía sacar a la luz esa realidad tapada por gobernantes y poderosos.

En este sentido Vidas secas expone con la minuciosidad de un cirujano esa realidad grotesca e inhumana que conquistaba el Brasil más profundo. Una película que se mimetiza como un simbionte con otra obra maestra del cine rural mundial como es la española Los Santos Inocentes de Mario Camus. Las dos son adaptaciones de emblemáticas novelas de sus respectivos países. La española del texto de título homónimo escrito por el vallisoletano Miguel Delibes. La brasileña igualmente de título homónimo surgida del imaginario del escritor Graciliano Ramos. Ambas tocan la incultura presente en las clases más bajas del escalafón social como principal obstáculo del servilismo instaurado en los grandes latifundios regidos por tiranos señores de la tierra. Unido a ello se describe esa degeneración de la condición humana hasta el más mínimo de sus estratos, pintando la vida de una familia cuyos movimientos y actos más parecen obedecer a instintos animales que a la razón humana. Meros perros de presa, violentos, desgraciados, conscientes de su inferioridad (ese a mandar que pá eso estamos de Paco el bajo que se da la mano con esas humillaciones aceptadas por Fabiano sin ningún tipo de queja ni debate que lo convierten en un animal de carga sin ningún valor intrínseco para sus jefes). O esas penurias asumidas por unos vagabundos cuyo único sueño es poder dormir en una cama de cuero (el anhelo de Vitória, la áspera esposa de Fabiano así como una madre que detesta mostrar cualquier tipo de señal afectiva hacia sus dos críos pequeños, unos infantes que apenas pueden tenerse en pie, pero que han contemplado demasiadas desdichas en su vida). Una unión que para nada me sorprende dada la similar evolución histórica y económica tanto de España como de Brasil a lo largo del siglo XX, y también en estos primeros lustros del XXI.

La película arranca de un modo muy ascético. Con un portentoso plano fijo que irradia un blanco y negro muy luminoso que abrasa los ojos del espectador. En el horizonte observamos a cinco figuras deambular sin un rumbo fijo. Las sombras que se atisban en la majestuosidad del escenario irán tomando forma haciendo desaparecer por arte de magia ese alucinógeno espejismo que la cámara había generado. Son Fabiano, Vitória, sus dos infantes de muy corta edad y la perrita Baleia paseando por un desierto asfixiante en el que no se percibe ni rastro de vegetación. Un hábitat totalmente inhóspito e incompatible con la vida. La violencia que ampara el paisaje quedará patente desde el inicio, pues la primera acción mostrada por dos Santos —después de un imperial silencio tan sepulcral como el eco presente en las catacumbas— será la ejecución por parte de Vitória del loro propiedad de la familia, justificando su arrebato por la inutilidad de poseer un ave que ni siquiera es capaz de hablar y también por la acuciante hambre que impacta en el estómago de la estirpe.

Sin aportar más información del pasado de los protagonistas (tan solo informando que nos situamos en el Brasil de principios de los años 40), Pereira dos Santos irá perfilando a los mismos. Seremos conscientes del temperamento primitivo y visceral del cabeza de familia con una secuencia. Un ser machista que prefiere caminar sin ninguna carga a sus hombros mientras consiente el sufrimiento de su esposa e hijos mientras transportan el equipaje y aperos sobre sus cabezas y espaldas. Un hombre brusco que no dudará en golpear a su hijo de 6 años con el fin de reprender su débil actitud al quejarse de la falta de agua para seguir caminando. Asimismo conoceremos el talante quejoso, avispado y ambicioso de su esposa Vitória, una mujer de mediana edad que a diferencia de sus compañeros de viaje ha cultivado tanto la lectura como el cálculo matemático. Una campesina que se propone mejorar sus condiciones de vida cueste lo que cueste. Quizás algo más cercana con sus vástagos que Fabiano, aunque sin exagerar tampoco sus muestras de afecto.

Y poco a poco la cámara de Nelson Pereira inhalará la realidad que afecta a los héroes elegidos. Los seguirá en sus desventuras y lances no pretendiendo hilar un relato lineal e insípido de los hechos. Convirtiéndose sencillamente en una especie de reportero objetivo que no tomará partido en ningún momento en favor ni en contra de las diversas figuras que asomarán su rostro en la trama. Dejando que los hechos descritos hablen por sí mismos. Sin hacer énfasis en introducir prolongados diálogos entre los personajes. Sin desviar la atención inyectando inocuas subtramas que carecerían de sentido en una propuesta como esta. En este sentido el filme ostenta cierta aura de retrato hiperrealista, despejando su textura de todo símbolo impostado. El principal interés consistirá pues en meterse en la piel de los personajes. De hacernos partícipes de sus andanzas. De este modo la cámara estará fija cuando sus víctimas se detienen en el camino a descansar. E iniciará el movimiento cuando éstos deciden viajar hacia senderos desconocidos. Extrapolará ese calvario sufrido por unos mártires que se preguntan cual ha sido su culpa para padecer todas sus fatalidades, reflejando con toda crudeza las paradojas y calamidades en las que caerán sin pretenderlo.

La información irá cayendo con cuenta gotas. No es lo importante. No es necesario que intuyamos que el origen del vagabundeo familiar fue la desaparición de su anterior benefactor, un ingeniero llamado Tomás que parecía al menos tratar a sus empleados con cierto respeto. Tampoco lo es la relación de servidumbre que se establecerá entre Fabiano y el patrón de las tierras donde naufragará su prole. Un hombre avaro, mezquino y totalitario que tratará a su patrocinado vaquero como un simple animal, otorgándolo menos valor que a cualquiera de sus caballos o vacas. Ni siquiera resultarán atractivos los enredos descritos: el dominio del arte de la doma de caballos exhibido por Fabiano, los juegos y travesuras de los infantes junto a la perrita Baleia (un astuto animal capaz de apresar a las ardillas y ratas que recorren los secos parajes de la casa que hospeda a estas cuatro almas en pena), los deseos de Vitória de ascender socialmente instando a su cónyuge a comprar el cuero necesario para construir una cama de este material o esa maravillosa secuencia costumbrista en la que la familia se trasladará al pueblo para acudir a misa disfrazados con ropa de Domingo y en la que seremos testigos de la caída en la tentación urbana de Fabiano al ser seducido por el juego y las cartas por culpa de su interacción con un borracho y miserable policía. Hecho que le acarreará su arresto carcelario y posterior paliza a latigazos al ser acusado por su felón compañero de partida de desacato a la autoridad.

La civilización bajo la estampa del pueblo al que acudirá la familia se elevará como un infierno perturbador e intimidatorio. Atestado de personas desconocidas cuyas intenciones no están para nada claras. Irradiado de un carácter festivo amenazador y extraño. Estampado con procesiones paganas a las que asiste una multitud opaca arañada por arrugas y cicatrices reflejo de la dureza del trabajo en el campo. Una multitud pasiva que no practica la comunicación con sus congéneres. Este hecho fue aprovechado por Nelson Pereira para incluir ciertas gotas de denuncia, mostrando a esa autoridad representada en la policía y fuerzas del orden que aniquila la libertad de los ciudadanos, atenazándolos con su presencia, implantando el miedo como medio de dominación, acallando aquellas almas que se atreven a contestar su poder. Toda una alegoría del ambiente político brasileño de aquellas fechas. Atmósfera que estallaría el año siguiente con el golpe militar que se haría con el poder en el país.

La vida seguirá su sino hasta llegar a su punto culminante. La sequía ha aniquilado cualquier gota de vida en la parcela. La tierra es yerma e incapaz de hacer brotar sus frutos. A lo que se une la caída en los infiernos de Fabiano tras haber sido manchado por su cautiverio en el pueblo. No hay futuro para ellos. Deben huir en busca de mejores oportunidades. Pero no sin antes cometer su último pecado. Una escena brutal, demoledora e impactante. El asesinato de un miembro de la familia. Quizás el miembro más humano aunque incapaz de articular dos palabras en un idioma inteligible. La ejecución de la parte más débil y prescindible. Un acto difícil de asimilar. Tras el cual la estirpe partirá en una nueva travesía a través del desierto, perdiendo su presencia en el horizonte. No sabremos cual será su destino. Ni si será mejor que el que hemos contemplado. Seguramente no. El comienzo se abraza con el final. El eterno castigo que afecta a los más miserables del sustrato social. A esos seres cuya pobreza les convierte en espectros cautivos de su insignificancia.

Vidas secas es un film difícil de digerir. Una obra que premia el silencio sobre el diálogo. Esbozada a través de fogonazos que no pretenden en ningún momento trenzar una historia coherente que se sustente en un desarrollo y desenlace con algo de intriga. Ferozmente real como la vida misma. Atroz e inmisericorde. Deponente de esas relaciones de dominación amo-esclavo que existen hoy en día aunque desde otra perspectiva en nuestras sociedades gobernadas por el miedo. Sin duda destaca sobremanera la fotografía de Luiz Carlos Barreto. Una foto en blanco y negro que resplandece inundando de llamaradas el dantesco cuadro pintado. Conscientemente diurna rechazando la nocturnidad. Muy luminosa e incendiaria. Con unos blancos puros repletos de realismo. Con escaso negro. El blanco domina todos los rincones del encuadre, impactando en los ojos del espectador. Haciéndolo partícipe de la sed que inunda el desierto brasileño. Planos sosegados, predominando unas esbeltas panorámicas que encapsulan los cielos y paisajes desharrapados de ese Brasil desconocido para los ojos occidentales. Una fotografía que se asemeja a la del gran Waldemar Lima en su Dios y diablo en la tierra del Sol. Una cinta inquietante y consciente de su poder para infundir desasosiego. Una obra maestra del cine iberoamericano por la que no ha pasado el tiempo.

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