El cielo prometido (Erige Sehiri)

La belleza humanista

Erige Sehiri, cineasta tunecina inequívocamente reivindicativa, como ya quedó manifiesto en su ópera prima, Entre las higueras, sigue edificando su ‹corpus› artístico a partir de la emocionalidad de los sujetos filmados, de su más profunda intimidad, en un ejercicio humanista inusitado en el cine contemporáneo. En demasiadas ocasiones, los cineastas occidentales, o aquellos con una mirada etnocéntrica, conciben a sus personajes, y más cuando estos se encuentran en riesgo de exclusión social, como engranajes de un mecanismo narrativo-emocional al que se ven supeditados para expresar un discurso, mermando progresivamente toda su credibilidad ante el espectador, que reconoce los caracteres arquetípicos de estos personajes e inevitablemente cercena cualquier vinculación emocional que este pudiera llegar a tener con ellos. En cambio, Sehiri articula todo su marco discursivo a partir de la proximidad psicológica con sus personajes, humanizándolos en el proceso y creando dinámicas, patrones y acciones coherentes e inerciales según un profundo conocimiento de la psique de estos. La belleza de la cinta no reside, pues, en su narración, en los elementos estructurales que la conforman y vertebran, sino en la humanidad y compasión profunda que la cineasta profesa hacia sus personajes, que no puede sino provenir de un contacto real con la realidad circundante de Túnez y una compasiva, pero desidealizada, dialéctica con las realidades migratorias y la compleja situación de los subsaharianos a los que, como indica el título, se les prometió el cielo. Y es que, aunque, dado su breve metraje, la obra no pueda explayarse ni iluminar toda la extensión de variables que conforman la problemática que denuncia, o sobre la que, al menos, reflexiona, y por secuencias pueda parecer que solo las aborda superficialmente, queda patente desde un principio que la construcción del aparato narrativo va a poner el foco en cómo estas impactan, sugestionan y conforman la emocionalidad e identidad del grupo coral de protagonistas, trasladando y evolucionando de manera natural las formas y espacios de Entre las higueras hacia un realismo sucio cercano al de los Dardenne en Rosetta.

Y, citando a los hermanos belgas, con quienes resurgió el cine social europeo a finales de los años noventa, gracias a ellos y a su evolución artística puede ponerse en contexto la obra de Sehiri, quien llega para oxigenar el género que la pareja de cineastas llevaba años agotando. Cintas profundamente academicistas como El joven Ahmed o la más próxima Recién Nacidas, que, dada la saturación creativa de los cineastas, ya comienzan a resultar ebrias de sí mismas, encuentran su contrapunto en el trabajo de la cineasta tunecina, que comienza a reformar y reedificar el género inspirándose en las nuevas realidades sociales, afirmándose así como una de las cineastas jóvenes más comprometidas del circuito de festivales y heredera natural de todo un movimiento y concepto fílmico que comenzaba a languidecer y que, gracias a Sehiri, Jude, Lojkine y tantos otros, está revitalizándose y dejando atrás toda una pesada tradición que orbitaba sobre los festivales y academias más que sobre los sujetos filmados y las problemáticas que intentaban denunciar, mostrando así una sensibilización y maduración intelectual y emocional por parte de los cineastas contemporáneos.

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