Narciso (Marcelo Martinessi)

El cineasta paraguayo Marcelo Martinessi adapta en su segundo largometraje la novela Narciso, de Guido Rodríguez Alcalá, sobre el asesinato de un joven locutor de radio en los inicios de la dictadura de Stroessner. La trama está basada en el asesinato real de Bernardo Aranda, uno de los pioneros en traer la música rock and roll a Paraguay y que fue quemado en un incendio provocado. La represión “stronista” utilizó la muerte del locutor como una excusa para perseguir, señalar y torturar a hombres homosexuales, argumentando que este había sido un crimen pasional y que cualquier persona homosexual era sospechosa. La cifra de personas arrestadas y torturadas puso nombre al conocido como Caso 108, uno de los más emblemáticos para la memoria histórica de la comunidad LGBT+ en el país.

Este suceso terrible de la historia paraguaya, símbolo de la violencia de la dictadura y de la persecución a las identidades ‹queer›, es algo que durante la película no queda demasiado claro, ya que se estructura en un ‹flashback› que conducirá a la muerte ya conocida de Narciso Arévalos —el Bernardo Aranda de esta versión ficticia—, y solo en los últimos minutos aborda las consecuencias y la instrumentalización de su muerte. Mientras tanto, el propósito de Narciso es, más bien, desarrollar las tensiones sociales y personales derivadas de una dictadura todavía incipiente y de la inquietud que esta provoca en un conjunto de personajes que muy pronto van a verse perseguidos y represaliados. En ese sentido, durante toda la cinta hay amenazas constantes y explícitas, y se siente como si el cerco se estuviera estrechando.

Esta estructura es interesante y, a pesar de la presión de estar inspirada en un caso real, un guion adecuado la puede hacer funcionar, anticipando el suceso y al mismo tiempo generando una tensión sobre el momento en el que, de manera inevitable, se va a explicitar la represión y los personajes van a ver sus miedos materializados. El problema es que ese guion no existe, y que Martinessi no sabe cómo tratar y desarrollar casi nada de lo que expone aquí. La estructura termina siendo un conjunto deshilachado de subtramas, o mejor dicho, de impresiones pasajeras de unos personajes muy mal delineados que, supongo, pretenden significar una idea conjunta, pero se pierden porque las individualidades son demasiado mediocres y olvidables como para aportar de manera significativa a una visión colectiva. Y, en el caso del personaje de Narciso, estas carencias son todavía más notables, porque el propósito de la película de presentarlo como una suerte de símbolo cohesionador chocan con la absoluta inoperancia, tanto de la escritura como del actor, por otorgar algún tipo de carisma o, incluso, de gravedad particular a su supuesto protagonista dentro del conjunto de personajes e ideas narrativas.

Siento al ver Narciso que Martinessi tenía aquí muchas cosas que decir, como corresponde a un episodio tan reconocible en el recuerdo de los paraguayos, y aplaudo en especial los momentos en que evoca esa suerte de calma tensa frente a una amenaza autoritaria cada vez más tangible; pero el conjunto del filme no funciona porque está repleto de elementos que no encuentran el desempeño adecuado, ya sea por escuetos, mal hilvanados o por no lograr extraer el peso de los mismos en el contexto que está narrando. El resultado es una cinta que se hace hasta difícil de seguir, que se siente arbitraria en muchas de sus secuencias y que no consigue ir más allá de una superficialidad muy poco comprometida, tanto en su exposición del autoritarismo del régimen de Stroessner como en la exploración de la sexualidad de sus personajes. No ayuda a estas sensaciones que la película tenga un aspecto francamente anodino, con un filtro sepia “de época” y una cinematografía que se conforma con ser cumplidora y parece confiar en la presencia arrolladora de sus personajes y diálogos; una presencia que nunca se termina de asentar.

Tras ver Narciso, pude explorar y conocer algo sobre el Caso 108 y entender en una medida todavía superficial lo que supuso para la memoria colectiva de los paraguayos y, en especial, para su comunidad LGBT+. Quisiera, al menos, otorgarle este mérito a la película, como una pequeña introducción a los horrores del “stronismo” y al impacto que dejó en Paraguay, y de paso entender un poco más de la historia reciente de ese país. Es algo, pero es muy poco y, si soy sincero, no sé si ha hecho merecer la pena el visionado; pero supongo que es una nota positiva que haya podido emplear esta cinta como un suelo desde el que saltar a comprender más a fondo los temas que alude o sugiere en su metraje.

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