Deuses de pedra (Iván Castiñeiras)

Hay una fina línea imaginaria que delimita dos países, España y Portugal. En las carreteras, hay una pomposa señal de tráfico rodeada de estrellitas amarillas europeas sobre un fondo azul que indican el lugar al que te diriges. Esos caminos son transitados por los habitantes de los pueblos limítrofes casi a diario, sin apenas dar importancia al trayecto que implica un cambio para otros tan significativo. Desde la experiencia personal: levantarte por la mañana, desayunar un trozo de Bica, bajar unos treinta kilómetros para comer en algún pueblo de Portugal y volver al pueblo de infancia para bañarte en el río de nuevo en Galicia. Aquí y allí indistintamente.

Iván Castiñeiras conoce ese camino, lo estudia exhaustivamente a través de los habitantes de esos pueblos vacíos de multitudes pero no de personas, que convierten estas dos direcciones que unen dos países en una especie de ‹road movie› donde reconocer los puntos exactos que unen (y nunca separan) a sus personajes.

Este viaje también es temporal. Conocemos a una pequeña de cuatro años que escucha con atención a su profesora, una que puede dedicar tiempo exclusivo a cada alumno al ser tan pocos, el principio de una historia que habla de esos recónditos lugares que tienen una historia propia que no conoce un futuro asegurado, pero siempre mantendrá un pasado que debe ser escuchado. A partir de ahí vamos saltando entre escenas distendidas y cotidianas que nos acercan a diferentes familias representando lugares que no necesitan marcarse en un mapa para diferenciarse. Pronto nos acomodamos a esas microhistorias que trazan un espacio propio en el que resguardarse. No hay entrevistas ni preguntas directas, solo una cámara que acompaña sus movimientos de día y de noche, salpicando un universo entrelazado por una lengua con apenas variantes y un estímulo ajeno a ciertos avances.

Como sentimiento global existe el del estancamiento, el que obliga a marcharse lejos, el que implica distancias que cada vez se hacen más largas aunque las carreteras estén mejor conservadas. Colegios que deben cerrar, minas que sobreexplotar sin contar con los vecinos, profesiones en vía de extinción al faltar personas que necesiten de esos servicios. Pero ese mensaje no oscurece la realidad de un día a día en el que todo funciona a un ritmo propio, donde se mezcla cultura, lenguaje y cotidianidad en un espacio cómodo y frondoso, donde los Dioses, como el mismo título dice, viven en sus altares de piedra.

De todas las vueltas que es capaz de dar Castiñeiras entre el gallego, el portugués y las ‹meigas› escondidas en los bosques aterrizamos de nuevo cerca de esa niña que ya está rozando la edad adulta con renovadas inquietudes y, necesariamente, ese ojo puesto en otras tierras, tan distintas y prósperas (vistas desde la distancia), prolongando la sombra de una España vaciada (y por proximidad, Portugal) que atrae la mirada hacia un lugar mágico, casi pintoresco, donde el tiempo avanza de una forma distinta, que no da la espalda a un posible futuro pero lo enfoca desde la distancia de aquellos que nacieron allí. Un retrato del tiempo y las gentes que transitan por él sin dejar huella, solo observando cómo en vez de consumirse, se transforma, erosionando ese bucólico espacio donde crecer, vivir, respirar a otro ritmo.

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