Un cuestionamiento de la maternidad mercantilizada
A nivel social, se han normalizado los diversos procedimientos de reproducción asistida para tantas y tantas parejas o mujeres que tienen dificultades para concebir un hijo, hasta los límites de la mercantilización más deshumanizada del asunto. No es menos cierto que en el otro lado hay muchas personas en un duelo personal difícil por la imposibilidad de realizar algo tan trascendente desde un punto de vista vital. En definitiva, la dicotomía existencial está servida. Precisamente por la complejidad con tantas aristas de la cuestión, me parece tremendamente interesante el posicionamiento adoptado al respecto por la directora griega Mary Bouli.

Bouli centra su análisis sobre Dane, una joven de Atenas que sobrevive trabajando como camarera en un bar mientras sueña con convertirse en bailarina de ballet. Y así la vamos a conocer, en sus tiempos de ensayo en la academia de baile, mientras trabaja con determinación una disciplina tan exigente, filmando Bouli con gran delicadeza y belleza sus armónicos movimientos y los de sus compañeras. Composiciones visuales que la directora de fotografía Asimina Lydia dota además de una calidez cromática envolvente y emocionante, una auténtica reivindicación del deseo de hacer arte, de bailar como modo de vida y realización personal desde mi punto de vista.
Pero como suele ocurrir en el medio artístico de las generaciones ‹millennials›, la precariedad aprieta. Y Dane decide convertirse en donante de óvulos. A partir de esta decisión, que en un primer momento parecía mucho más sencilla, el tono analítico del film va a pendular entre la intimidad de la muchacha, sus inquietudes, preocupaciones, y la misma realidad psíquica y fisiológica del proceso en el que Dane se sumerge, mostrándose ante nuestros ojos en conversaciones íntimas con otras amigas que han tenido o no dichas experiencias. Además, la directora refuerza su denuncia de la vertiente tremendamente cruel del proceso por medio de esas secuencias en tonalidades frías, que contrastan con las de la vida de Dane antes de esa decisión demasiado inconsciente, demasiado cara. En la clínica reproductiva, en sus salas y camillas de inyección de hormonas, de explicaciones médicas a todas luces demasiado simplificadas y engañosas. En esos pasajes se centra también mucho en el cuerpo, en las agresiones e invasiones que sufre durante esos días previos a la obtención de los óvulos, que Dane extrae de su interior para que otra mujer pueda portarlos en su cuerpo y construir a su vez una nueva vida con su hijo —un ser humano que es genéticamente de otra mujer—.

En el tramo final del film, la degradación física de la fisionomía de Dane, los dolores uterinos, la hinchazón —en este caso especialmente relevante por esa aspiración inicial de la que ya hablamos, el ballet clásico—, se erige como una metáfora en el plano físico de la intensa devastación en el plano humano, psíquico, o en definitiva, existencial.
El naturalismo con el que la cámara de Bouli recoge las interacciones de su protagonista, otorga a la película una atmósfera de autenticidad que a todas luces no deja indiferente a la audiencia.
Y es así como la directora griega aborda, con pulso firme y un posicionamiento socio-político necesario, un fenómeno social peliagudo, muy poco tratado en el ámbito cinematográfico, que en última instancia siempre apela a la dicotomía dinero-poder frente a las precariedades con las que conviven muchas mujeres jóvenes en Europa y en el resto del mundo.
No era cierto que no había coste.


Larga vida a la nueva carne.





