Sesión doble: Los apuros de un pequeño tren (1953) / La bella Maggie (1954)

La comedia de la Ealing llega a la sesión doble con dos títulos a tener en cuenta: Los apuros de un pequeño tren que Charles Crichton dirigió en 1953; y una de las incursiones realizadas, sobre todo en su inicio, por Alexander Mackendrick en el género con La bella Maggie.

 

Los apuros de un pequeño tren (Charles Crichton)

Cuando acaba la guerra, la guerra no acaba. ¿Qué queremos decir con eso? Que la ausencia de conflicto bélico, de bombas, tiroteos y muerte no es el fin del trauma, del mal recuerdo, de la psicosis o, a veces incluso, del sentimiento de culpa (no solo individual) por haber sobrevivido a la tragedia. Es el síndrome postraumático de una sociedad entera que se lame las heridas mientras reconstruye un mundo que ya nunca volverá a ser el mismo. ¿Y qué necesita habitualmente esta sociedad? Evasión, comedia y un retrato solidario —que puede ser irónico pero amable— que ponga en valor la lucha común y el sentimiento de comunidad ante la adversidad. Como pequeñas minibatallas, amables por supuesto, que sigan manteniendo ese espíritu solidario.

La Ealing, indiscutiblemente, se erigió como la vacuna perfecta, como el chute necesario de autoestima para el público inglés de la época. Casi más que películas, parecían ser prescripciones médicas para la salud pública. Producciones como Pasaporte para Pimlico, donde la propia reconstrucción de un Londres destruido servía de excusa para realizar una parábola de la negociación como remedio —alejándose del conflicto abierto—, ponían en solfa las condiciones de vida en el mundo urbano de posguerra.

Sin embargo, resulta interesante cómo Los apuros de un pequeño tren, situada en una campiña inglesa deliberadamente idílica, pone sobre la mesa otra clase de lucha: la de un capitalismo voraz que, en nombre de la eficiencia, amenazaba con destruir tradiciones, paisajes, belleza y, en definitiva, un sistema de vida, un ecosistema cultural que, si bien no era perfecto, sí apostaba por unas tradiciones arraigadas y, por lo tanto, cohesionadoras.

No, esto no es una película de Ken Loach; no es una película de “crítica social” propiamente dicha. Es una ‹feel good movie› con todas las letras, lo que no impide que haya en ella posicionamientos claros, no exentos de una ironía fina que no huye de repartir críticas a diestro y siniestro. Si los capitalistas aparecen como seres grises, individuales, movidos por el interés egoísta y el rencor, la comunidad que se organiza en defensa del pequeño tren no deja de ser un retrato cariñoso, aunque estereotipado hasta el extremo; incluso los paisajes y los colores parecen exagerados, buscando una ficcionalidad deliberada. Reconocible, pero casi extinta.

Esta es una película coral, con peso en el alma comunitaria y que huye de los excesos heroicos individuales. No verán aquí al héroe solitario salvando el día. De hecho, lo individual aparece como algo negativo, algo propio de corporaciones fantasma que envían a esbirros insociables a dinamitar el trabajo de un pueblo unido. En este sentido no hay que engañarse: no estamos ante un film comunista ni nada por el estilo; de hecho, podríamos hablar de una película que defiende el conservadurismo de lo tradicional, exaltando sus valores frente a la llegada de la modernidad, entendida como una máquina de eficiencia inhumana.

Así pues, el film de Charles Crichton se mueve en la línea entre la amabilidad y el cinismo, entre la defensa de lo común y un fino hilo de reaccionarismo. Lo realmente destacable es cómo consigue sortear este campo de minas para dejarnos una pequeña delicia, una joya de metraje ajustado, con una narrativa diáfana, luminosa y que sabe exponer el conflicto y su resolución de forma clara y sin trampas. Hasta se permite, en su optimismo, dejarnos un último plano tan ambiguo como, en cierto modo, desolador. Una película que sirve de evasión campestre y también para reflexionar sobre la inevitable extinción del mundo retratado.

Escrito por Àlex P. Lascort

 

La bella Maggie (Alexander Mackendrick)

Aunque abarcaron diferentes géneros (drama, bélico, cine negro, aventuras y hasta terror, en la seminal y magnífica Al caer la noche), los estudios Ealing cimentaron su gloria al calor de la comedia. Directores como Charles Crichton o Robert Hamer aportaron su granito de arena firmando clásicos como Oro en barras y Ocho sentencias de muerte, pero fue sin duda Alexander Mackendrick el principal motor de la compañía, con la que rodó cinco películas excelentes, con El quinteto de la muerte como mayor éxito crítico y comercial. Aquí nos centraremos, sin embargo, en La bella Maggie, que guarda más puntos de contacto con su debut, Whisky a go-go (Whiskey Galore, 1949), primeramente por sustituir el humor negro de aquel film con Alec Guiness por un costumbrismo amable, aunque no exento de mordiente e ironía; y finalmente por volver a explorar el alma del pueblo escocés (Mackendrick, estadounidense de nacimiento, se crio en Escocia), esta vez centrándose en la entrañable tripulación de una barcaza destartalada, contratada por error para trasladar una valiosa mercancía desde la costa de Gales hasta Inglaterra.

La peripecia marítima es una excusa para indagar en el sentido de la camaradería que une a este pequeño grupo humano, al que se incorpora de forma accidentada el personaje de Calvin Marshall (un excelente y muy divertido Paul Douglas), ajetreado empresario que, mientras intenta salvaguardar la carga que se está transportando, se va dejando permear por la calidez y la filosofía de vida de su pintoresca tripulación. De este modo, en un relato atravesado por la picaresca y por algunos toques de aventura, se va filtrando un humanismo marca de la casa que es el que hace de esta pequeña cinta una gema tan valiosa. Ahí está, por ejemplo, la preciosa conversación nocturna con la joven, en la que se invita a disfrutar del tiempo y de la vida en compañía de quienes queremos. Mackendrick, gracias al magnífico guion de William Rose, desliza, con su habitual suavidad e inteligencia, una crítica nada disimulada a los ritmos de vida modernos (que son los mismos que sufrimos ahora: ha perdido poca vigencia la película), en los que vivimos para trabajar y no al revés, dando una excesiva importancia a lo material, mientras el tiempo se nos va de las manos.

Todo esto se expresa de forma nada ostentosa ni sensiblera. Es una narración extremadamente bien afinada, ágil y precisa en su pequeña escala, dominada por diálogos brillantes, interpretaciones soberbias de todo el reparto (incluido el niño, Tommy Kearins) y una hermosa fotografía en blanco y negro de Gordon Dines. Puede que no sea tan conocida como otras obras de los estudios, pero es sin duda una de las mejores y, lo más importante, una de las más divertidas. Con La bella Maggie, al igual que con el resto de películas que Mackendrick dirigió en su etapa británica, el director de Chantaje en Broadway ayudó a cimentar la idea de un humor genuinamente inglés, punzante, ingenioso, nunca vulgar o chabacano, que, bajo el paraguas de esta célebre compañía, sirvió para hacer del cine británico uno de los estandartes de la mejor comedia durante la década de los cuarenta y cincuenta, y que ha llegado a nuestros días con idéntica frescura a la que lució en su estreno, allá por aquel lejano 1954.

Escrito por Nacho Villalba

 

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