La alternativa | Pulgarcito – El pequeño gigante (George Pal)

El pequeño gigante

Esta semana como alternativa al film de animación cubano Meñique y el espejo mágico (Ernesto Padrón, Cuba, 2014) ofrecemos el clásico de la MGM, El pequeño gigante (tom thumb, George Pal, GB-USA, 1958) ya que ambos filmes se inspiran en un par de cuentos infantiles de origen alemán, Pulgarcito (Daumesdick) y Los viajes de Pulgarcito, recogidos por los Hermanos Grimm del folklore popular germánico. Curiosamente, la otra versión que existe del cuento la escribió Charles Perrault y el argumento es completamente diferente a los de la versión alemana. En nuestro país, parte del primer cuento de los Hermanos Grimm es conocido como Garbancito (atrapado en el estómago de una vaca), mientras que el de Perrault es el que conocemos popularmente como Pulgarcito (que intenta no perder el camino de regreso del bosque hasta su casa con miguitas de pan).

El film de George Pal resulta una adaptación bastante fiel de la segunda aventura de Pulgarcito, Las aventuras de Pulgarcito: una pareja de leñadores desean tener un hijo y un hada cumple su deseo ya que el leñador le promete que no cortará el viejo árbol de un bosque. Tom Thumb (interpretado por un impúber Russ Tamblyn) se presenta en la casa y, aunque es tan pequeño como un pulgar, el matrimonio lo adopta encantado. Por una serie de circunstancias, el pequeño ayudará sin saberlo a un par de ladrones (Terry-Thomas y Peter Sellers) a robar el dinero del castillo del alcalde, atraco del que sus padres son acusados (también por una serie de casualidades que no conviene desvelar), por lo que Tom intentará capturar a los verdaderos ladrones para demostrar de su inocencia. Sin embargo, aunque resulta una versión similar a la primera parte del cuento alemán, las cualidades de este sorprendente film no residen precisamente en la trama sino en otros aspectos bastante sobresalientes que merece la pena destacar.

El pequeño gigante

Hablemos primero de George Pal, un realizador británico, que ya sea en solitario como productor y colaborador del realizador Byron Haskin, podemos considerar como un auténtico precursor del cine de animación moderno así como de la fiebre por los efectos especiales que disfrutamos/padecemos desde finales de los años 70. No se comprende la existencia de la saga Star Wars sin la inspiración de películas británicas de ciencia-ficción firmadas por el dúo Pal-Haskin, sobre todo por el uso de maquetas de naves o cohetes espaciales. De igual modo, sus principales hallazgos los encontramos en su innovadora técnica de animación de marionetas, creada por el propio George Pal (Los «Puppetoons») y presente en varios cortos, alguno de ellos galardonado con un Óscar, y en películas como El pequeño gigante o El maravilloso mundo de los Hermanos Grimm (The Wonderful World of the Brothers Grimm, Henry Levin, George Pal, USA, 1962), inspiradora sin duda (también argumentalmente) de la mayor parte de las producciones en animación en 3D de Pixar, Disney o Dreamworks. En ese sentido, los momentos más apreciables y asombrosos de El pequeño gigante los encontramos en aquellos episodios en los que Pal demuestra su ingenio e imaginación como animador. Estos son:

  • Tom duerme en su cuna y lo despierta el canto del gallo; los juguetes cobran vida y celebran una fiesta con el pequeño; una larga secuencia musical en la que Russ Tamblyn demuestra sus formidables dotes como bailarín y gimnasta. El partido que Pal saca a esa habitación de juguetes resulta todo un precedente de la habitación de Toy Story (John Lasseter, USA, 1995), aunque lógicamente la técnica de Pal es mucho más artesanal y por tanto mucho más meritoria. Tamblyn no sólo baila con muñecos con volumen sino también con dibujos planos; la imaginación y la osadía de Pal parecen inagotables.

  • Otra secuencia memorable: Tom acude a la Feria del Pueblo y un vendedor ambulante ofrece unos zapatos que bailan solos y quien se los pone puede hacerlo también. Éste le regala al pequeño unas zapatillas diminutas con las que no puede dejar de bailar; una evocación a otro cuento clásico, Las zapatillas rojas.

  • Por último: Tom no puede dormir y uno de los muñecos (un divertido chino) despierta a El Roncador, otro muñeco que representa a un simpático anciano de barro que interpreta una divertida nana.

El pequeño gigante

Siendo un musical, lo cierto es que la banda sonora no posee canciones —compuestas por Peggy Lee, habitual como interprete en algunos films de Disney (fue la voz de los gatos siameses de La dama y el vagabundo)— que me hayan parecido especialmente memorables o destacables, sino bastante olvidables. De hecho, evidencian el mismo problema que la película, que a ratos resulta divertida y muy entretenida y en otros desprende ñoñería y cursilería a raudales (sobre todo cuando el músico y el hada del bosque hacen aparición), algo que los fuertes tonos pastel de escenarios y fotografía, típicos de los musicales de la Metro, potencian hasta extremos verdaderamente estomagantes.

Resulta, en ese sentido, una película irregular con momentos atractivos (la peripecia con los ladrones, todos los que suceden en la habitación de los juguetes, el baile en la Feria) y otros que lo son menos (la historia de amor entre el músico y el hada). No obstante, los momentos buenos lo son tanto que la experiencia resulta sumamente placentera para todo aquel espectador que desee volver a ser un niño durante noventa minutos.

El pequeño gigante

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