La directora Momoko Seto lleva años reinventando planetas en los que puede evolucionar tanto la fauna como la flora como una prolongación del factor humano afectando al universo sin su presencia explícita. Si hasta ahora el formato corto le ha servido de escuela, desarrolla por primera vez un relato de aventuras para la gran pantalla en La odisea de Dandelion, un avance claro tras sus cortometrajes si pensamos en su título original, Planètes.
Partiendo de un planeta que sobrevive a la destrucción total por el hombre, nos encontramos un escenario ampliado telescópicamente para adaptarnos al tamaño de sus protagonistas. Cuatro aquenios supervivientes que se separan de un diente de león (esos filamentos que vuelan cuando un simple soplido impacta contra la flor) comienzan una aventura que da sentido a la existencia y el renacimiento constante de la naturaleza. Sobre el papel se habla de una hecatombe nuclear, incluso se ofrece un nombre para cada uno de los aquenios, y aunque esto nos otorga una visión más concreta de las intenciones de la directora y de la importancia de diferenciar con una personalidad concreta a los protagonistas, ignorar esta información no empequeñece en absoluto la imaginería que desarrolla.
Desde un inicio comprendemos el sentido del camino que toman los aquenios, y no por ser la simple evolución natural de cualquier cuerpo presente en un planeta es menos emocionante la forma en que determina realizarlo. Obviando la necesidad de hacer hablar a los protagonistas y en ausencia de humanos que intercedan en el desarrollo del film, hay ciertos detalles que reproducen los sentimientos y la motricidad de las personas para conciliar su función natural con el esfuerzo que están representando, y parece realmente encantadora la idea de unas minúsculas semillas voladoras abrazándose con alegría ante un nuevo reto superado. Pero que no nos engañe esta pequeña evocación humana sobre un ser inanimado, Seto se rinde ante los tiempos y desarrollos de la naturaleza y solo otorga una transformación personalizada a estos cuatro elementos, acomodándose a un lenguaje universal que nos permita empatizar más allá de lo visual.
El desarrollo de las técnicas de animación es asombroso y La odisea de Dandelion busca el realismo en cada detalle que define este planeta en constante reconstrucción. En ocasiones podemos confundir con fotografías algunos de los elementos vivos de este trabajo, ya sean insectos, partículas de arena u hongos en plena reproducción, reservando un aspecto más ‹cartoon› para los aquenios por su forma de moverse y expresarse, todo ello acompañado de una eclosión colorista y luminosa que baila en nuestra percepción. No por ello desaprovecha el dinamismo de la animación, porque La odisea de Dandelion también se permite imaginar y relatar con sus imágenes la fantasía más absoluta ante un hecho irreconocible y reconstructivo del que el hombre jamás sería partícipe, al menos la idea que se transmite constantemente es que nosotros no nos quedaremos para contemplar otra nueva oportunidad. Aún así, real o imaginaria, la animación 3D no pesa en este universo, es más, le da una personalidad propia y escrupulosamente perfeccionista que ilumina el proceso con majestuosidad.
El ciclo de la vida que experimenta Momoko Seto es mucho más vistoso que narrativo, pero queda equilibrado con la curiosidad que nos generan estos escenarios inspirados vagamente en la realidad, convirtiéndose en una película que se presta al disfrute técnico por encima de una consolidada historia que nos atrape, mientras esperamos que los aquenios sepan aprovechar conscientemente un viaje que los predestina a formar parte de la tierra, más allá de lo significativo que sea para cada cultura la representación de la vida y la muerte.









