Las ‹coming of age› son mucho más armónicas si nacen de las vivencias personales de quien las dirige o las escribe. Todos hemos pasado por la etapa iniciática de la adolescencia, hemos observado miles de historias que apelan al aprendizaje en todo tipo de ambientes, pero la vívida experiencia tiene una emoción mucho más inspirada. Este es el caso de Valéry Carnoy, que imprime su huella personal a su debut en el largometraje. Wild Foxes (o La danse des renards como título original) tiene algo de experiencia propia y por ello la agitada respiración de su protagonista posee un regusto más amargo, más perdido de lo habitual.
Nos adentramos en las primeras capas del deporte de élite, donde Camille es admirado por todos ante sus ágiles movimientos y sus elegantes golpes que surgen de forma natural. Ha nacido para esto. Dentro de una escuela de alto rendimiento, Camille se prepara para dar el gran salto al boxeo inglés profesional y todos respetan y jalean sus avances. Aunque la presión excesiva que requieren estos deportes son una constante en el cine europeo actual, Wild Foxes comparte las dudas desde una perspectiva muy concreta. Camille tiene un amigo imprescindible, tan amante del deporte como él, y juntos nos introducen en ese baile de zorros que consiste en contemplar su salvaje esfuerzo para comer. Un error de cálculo se convierte en accidente y a la vez en el inicio del fin del Camille que creía conocerse a sí mismo, un sentimiento que se convierte en una absoluta utopía en la temprana adolescencia.
Después de una lesión, el personaje se sumerge en un bucle incomprensible para él y de paso para quienes le rodean. El dolor físico pasa por el filtro del trauma y donde todos entienden la imposibilidad de ese dolor, Camille solo encuentra un sufrimiento que no consigue compartir con sinceridad, la misma que implica traicionar su posición en el mundo. Wild Foxes olvida así hablar de la excelencia del deporte y de la excesiva presión que viene adherida a ella, solo hay que recordar a su entrenador decirle que el dolor forma parte del proceso para llegar al éxito, es lo normal. Así se entiende desde fuera el deporte, una constante de caídas y recuperaciones vertiginosas que convierten la hazaña en una necesidad, pero Camille, sin saberlo, está experimentando unas nuevas sensaciones frente a la violencia que hasta el momento jamás se había planteado. Esto hace que sobrevenga otro problema generacional donde, ante la inmadurez, la falta de empatía con el otro se transforma en negación. Los personajes se encuentran en lados opuestos y esto provoca una pequeña revolución interna en la escuela, donde aliados se vuelven enemigos, donde no comprometerse con la victoria colectiva implica convertirse en el objetivo de toda violencia.
El personaje de Camille está lleno de matices y que parezca incapaz de asimilarlos al vertiginoso ritmo que aparecen en su vida es lo que lo convierte en real. Descubrir que separarse del camino preconcebido para él implica desaparecer en una edad tan temprana es un duro golpe, y en la película se suma el hecho de hacerlo en un ambiente donde la fuerza bruta, la violencia y la testosterona son una constante alejada, además, de la presencia de adultos. Valéry Carnoy en cambio decide apoyarse en otras figuras para dar forma a lo que Camille no puede describir, ya sean los animales salvajes que no se comportan como se espera de ellos, o la compañera que ofrece una nueva perspectiva a la hora de comprender el deporte. Pero sobre todo el baile implica a Camille y a su amigo Matteo, sus idas y venidas, que en un principio no se asimilan ante lo importante de las reacciones físicas y psicológicas de Camille, que la cámara persigue desde bien cerca, pero que a lo largo del metraje son imprescindibles para que percibamos el amor —que supera la intención fraternal pero no tiene ningún sentido romático— como algo que madura más allá de lo que somos capaces de percibir a simple vista. Wild Foxes no quiere sobrepasar a otras ‹coming of age›, no busca un mensaje aleccionador, pero sí comprende y conserva la intencionalidad del director y eso la hace brillar para no desaparecer entre la multitud.









