El guardián (Nuria Ibáñez Castañeda)

«Un hombre no es una isla», decía el poeta John Donne. Pero sí que puede ser un paisaje, es decir, una acumulación de años sedimentados de los que solo vemos una superficie erosionada por el viento. Así conocemos en primera instancia a Basilio, el protagonista de El guardián: como un cuerpo que hace, una piel castigada, una mirada bajo la que yace su historia. Está interpretado por un magnífico Basilio Moncada, en una versión ficcionada de sí mismo que trae mucho de su historia real, desde su presencia a varios de los elementos biográficos del personaje que iremos descubriendo.

La directora Nuria Ibáñez Castañeda, con una trayectoria hasta ahora dedicada al documental, da el salto así a la ficción con un pie todavía fuera de ella, recordándonos la continua porosidad entre ambos géneros. Parte de una situación real que conoció en su documental Una corriente salvaje (2018), la de Basilio cuidando de los terrenos costeros en Baja California, México, por mandato de un patrón siempre ausente; y la explora a partir de un conflicto ficcional, cuando el protagonista tiene que decidir cómo actuar ante la pesca ilegal de la codiciada totoaba. Estos elementos se entrelazan con un estilo observacional: como decíamos, Basilio se nos presenta como un cuerpo que hace y sobre todo que trabaja, y asistimos a su rutina prestando atención a sus gestos (sus manos en plano detalle) y al terreno mismo que cuida (las montañas y el mar en sobrecogedores planos generales). Con excepción de su amigo Jesús (Gerardo Trejoluna) y algunas visitas al bar del pueblo, Basilio parece a menudo ser el único habitante de esta tierra, e Ibáñez Castañeda enfatiza su aislamiento al priorizar el fuera de campo. Hay personajes que solo son una voz al otro lado del teléfono, como el patrón o la familia de Basilio; y acontecimientos clave de la trama suceden sin que seamos testigos.

Esta narrativa minimalista aquí no supone una renuncia a los elementos dramáticos, sino que los despoja de lo no esencial, los prepara con discreción y deja que emerjan en el momento de mayor impacto. De la misma forma, tampoco el uso del fuera de campo convierte la playa en un paraíso aislado o ausente de conflicto. Al final, el mundo siempre vuelve, insistente. Es particularmente revelador el momento en que Basilio descubre el pasado que le ha llevado hasta allí, una historia que resignifica sus decisiones y lo sitúa en unas coordenadas políticas y sociales concretas.

También la película funciona en sí misma como un paisaje: una estampa bella, de imágenes cuidadas y ritmo pausado, pero que solo se entiende a partir de sus sustratos. Ibáñez Castañeda plantea así el cine como excavación, la mirada como una manera de indagar. Miremos, entonces. El guardián es cine independiente del que exige nuestra atención y la recompensa con creces.

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