Ana Serret Ituarte se ha expresado en sus anteriores películas a través de la no ficción, y es algo que se siente en Apuntes para una ficción consentida por su voluntad de contemplar el escenario, de escuchar el entorno para crear un diálogo con una historia (casi) inventada. La película se podría traducir como una selección de momentos que parecían importantes a la hora de anotarlos en un cuaderno, una colección de vivencias transformadas en ideas que perpetúan el instante y ofrecen la posibilidad de recordar algo efímero, apenas anecdótico que hacen algo más real lo cotidiano.
Nos embarcamos en una película que reparte episodios a partir de frases (esos apuntes) que enmarcan la acción que les sigue, siempre recordando una superpuesta barrera idiomática en la que Lea Grand, absoluta protagonista, es una actriz de origen suizo que lleva demasiados años en Madrid en busca de acomodarse en la industria del entretenimiento. Aunque en un principio parezca que la directora busca narrar la historia de la actriz, en cierto modo gira el foco hacia el espectador en ese momento en el que dice que, tras todo el tiempo que ha transcurrido desde que ella vive en un mismo barrio, apenas conoce lo que le rodea. Ese es el instante en el que nos apela y nos propone pensar en ese vacío existencial que nos rodea a cada uno de nosotros, también perdidos en lo rutinario, invisibilizando todo aquello que parece ser nuestro hogar. Esta es su propuesta más atrevida, con un calado complejo, que se esconde tras todos esos episodios en los que, por otra parte, llegamos a conocer al personaje mejor de lo que parece comprenderse ella misma.
En un entorno erudito, trabajado e infranqueable descubrimos a una mujer que conoce sus expectativas y desconoce el motivo por el que nunca llega a alcanzarlas. Son esos cortos y no siempre resolutivos encuentros con el día a día de la mujer los que definen ese vaivén que se transforma en vitalidad y duda a un mismo tiempo. Entretanto se van enlazando encuentros con gente de su entorno, pequeños añadidos de vidas ajenas con cierto elitismo, no buscado pero presente, que nos permite cotillear en una elegante intimidad. Los apuntes divisorios permiten en cierto modo hilar proyectos e ideas de gran importancia con naderías expositivas y que todo en conjunto funcione a la hora de expresar una historia completa en la que Lea Grand sufre todo tipo de altibajos existenciales y creativos que conforman una imagen. Aunque la recapitulación quiera romper formalmente con una narración obsoleta, la intención de observar sin implicarse, ese hacer documentalista sigue ahí, y queda mejor expresado en el momento en que la película se transforma en un diálogo con el barrio maquillado como una solución a las ideas rechazadas de la artista. No es lo más interesante, pero sí es un auto-guiño necesario a la creadora de esta Apuntes para una ficción consentida que refuerza un sentido autoral y permite a Isabelle Stoffel reforzar ese doble esfuerzo de interpretar a una actriz y, de paso, actuar como ella lo haría, en una actitud “meta” que soporta el peso de convertir lo elaborado en algo que surge natural.
La película se implica en ese diálogo con quien observa, pero necesita de un público entregado a este tipo de experiencia para que el placer tenga sentido, porque aunque el cine nos acerque al arte, no todo el arte busca adaptarse a quien lo contempla y en un título tan complejo y aparentemente atractivo como Apuntes para una ficción consentida no hay espacio para lo universal.









