
La obra literaria del Nobel Kazuo Ishiguro ha sido adaptada al cine en otras ocasiones, con las muy notables Lo que queda del día (James Ivory, 1993) y Nunca me abandones (Mark Romanek, 2010); y todavía queda por ver qué hace Taika Waititi con Klara y el sol, de la que se acaba de publicar el primer trailer. Pálida luz en las colinas adapta ahora su primera novela, que el propio Ishiguro ha reconocido como su peor obra; quizá en consecuencia, la película resulta ser mucho más endeble que sus predecesoras.
Dirigida por el japonés Kei Ishikawa, nos presenta a Niki (Camilla Aiko), una joven periodista que vuelve a casa para recoger por escrito la vida de su madre Etsuko (Yoh Yoshida) en Nagasaki tres décadas antes, hasta que emigró a Reino Unido. La trama va trenzando dos líneas temporales y espaciales, entre la Inglaterra de los 80 y el Nagasaki de los 50, para reconstruir una historia familiar marcada por la sombra indeleble de la bomba atómica. Apunta así a una exploración de la dimensión intergeneracional del trauma, de la capacidad de los horrores de la historia para infiltrar un árbol genealógico entero. Sin embargo, el diálogo entre los dos tiempos de la película nunca acaba de articularse de manera clara, en gran medida porque el guion se reserva algunas ambigüedades para poder permitirse un giro argumental inesperado al final. Al abrir estos huecos narrativos, se dificulta la correspondencia entre pasado y presente, y la historia de los años 80 acaba funcionando como un marco narrativo alargado en exceso más que como una trama por derecho propio.

La puesta en escena, apoyada sobre todo en la fotografía de Piotr Niemyjski, establece un contraste visual entre los dos tiempos. Prioriza una sobriedad funcional en los 80 frente a la expresividad en los 50, donde los colores brillan saturados, las líneas y texturas se suavizan, y la imagen adquiere una cualidad impresionista para enfatizar su condición de recuerdo. Ishikawa crea composiciones reposadas y elegantes, que priorizan largos planos medios y generales para enmarcar a los personajes en su contexto; crea así una serie de cuidadísimas postales que, sin embargo, no parecen corresponderse con el tono de un guion que tiende al melodrama. El subrayado dramático de los diálogos restringe las posibilidades poéticas de la imagen; y, al mismo tiempo, la contenida elegancia de las composiciones impide a la narrativa encontrar la emotividad que busca.
Los momentos álgidos del largometraje son, claro está, aquellos en los que estos dos aspectos se reconcilian. En los 50, somos testigos de la amistad entre la joven Etsuko (Suzu Hirose) y Sachiko (Fumi Nikaido), madre soltera que se convierte en objeto de fascinación para la protagonista. Y, según afloran las oscuridades de los personajes, el mundo también se transforma con ellas; la pálida luz crepuscular del título ilumina sus momentos de mayor ambigüedad moral, y es aquí donde Ishikawa consigue rozar algo en nuestra nuca y generar un escalofrío. Pero Pálida luz en las colinas no deja de ser un puzzle de piezas (entre pasado y presente, entre fondo y forma) que no acaban de encajar.







