The Harvesters (Etienne Kallos)

A través de una serie de fotografías colgadas y expuestas en las paredes de uno de los pasillos de la casa donde vive Janno, su padre redirige la mirada del recién llegado Pieter hacia lo que se constituye como uno de los pilares y marca la convivencia en ese hogar: la familia. Una entidad, ante todo, determinada por roles impuestos donde la masculinidad se alza como algo más que un simple término. Un elemento que Janno comprende día tras día en la labor que desempeña en la granja de sus padres, y que no solamente cobra vigor a partir del mandato de su progenitor —una figura cuyas contadas apariciones resaltan una autoridad incontestable—, también mediante una autoexigencia que Kallos deja entrever en situaciones aparentemente cotidianas, confiriendo importancia a algo más que el rol desempeñado por el joven protagonista en su día a día.

La constancia y, en cierto grado, madurez con que Janno afronta su día a día, desde las tareas realizadas campo a través junto a su padre, hasta el papel que deviene entre protector y paradigmático frente a sus hermanas menores como futuro sustento familiar, chocan sin embargo con la inconcreción de una sexualidad por desarrollar —y sobre la que, por momentos, el cineasta sudafricano desliza una sugerente ambigüedad— y con la imagen de un joven que no actuará en un principio tanto como elemento perturbador, sino más bien al modo de un individuo cuya independencia y prisma se escinden de los preceptos establecidos bajo el techo de esa casa. Pieter no surgirá, pues, como un ente desafiante ‹per se›, que desplace su mirada y decida enfrentar directamente las directrices impuestas; lo hará más bien buscando su propio lugar desde un estado concedido por el trayecto vivido fuera de tal contexto, y por una desavenencia natural en la lectura de unas normas que, más que rechazar, simplemente ignora. Un hecho que, por otro lado, despertará la compasión de la madre de Janno, encontrando en su regazo un personaje comprensivo que él ni siquiera ha pretendido, pero que el protagonista observará como un desplazamiento hacia su figura por otorgársele “privilegios” que él nunca ha obtenido pese a seguir a pies juntillas el dictado de sus padres.

The Harvesters se contornea desde esa perspectiva en un ámbito psicológico que refleja la pugna cuasi imperceptible propiciada por la rectitud de Jannos ante la indómita percepción de Pieter, y lo hace exponiendo además de tal confrontación, la vulnerabilidad de un mundo construido como si de un castillo de naipes se tratara. La incursión del nuevo miembro llevará al protagonista, de este modo, a la duda en primer lugar y, más adelante, a la asimilación de un entorno que parte de las más firmes convicciones de su madre, pero termina transformado en mero espejismo, en reproducción de lo que el propio Jannos vive ante la llegada de Pieter, buscando trazar y moldear una imagen a partir de una ilusión, del más puro de los simulacros en forma de lar familiar. La mirada furtiva de Pieter se manifiesta, pues, como reflejo de un particular periplo vital, pero igualmente lo hace a modo de respuesta frente a un ecosistema cuya tenue apariencia no vulnera ni por un momento su determinación.

Etienne Kallos comprende el contraste generado entre ambos personajes más allá de en la complexión y compostura de sus dos intérpretes centrales, y esboza a partir de los escenarios que componen The Harvesters una óptica personal. El trabajo fotográfico del polaco Michal Englert —un habitual de Malgorzata Szumowska— matiza esa composición desde los ocres que emergen desde las ventanas del hogar de Jannos, y los contrapone en esa exploración realizada por el joven adentrándose en el particular universo de Pieter, ese que va más allá de toda norma establecida y germina lejos de las limitaciones impuestas por sus progenitores. En ese marco, el credo queda derruido desde el más elemental de los cuestionamientos, e incluso la identidad se transfigura —como en ese instante donde el abuelo de Jannos le confunde con Pieter, tratándolo de impostor— para exponer una interesante disertación en la que el único modo de pervivir en un ambiente social determinado radica en la transformación, en el fingimiento del individuo como mecanismo último de subsistencia.

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