La educación como acto de resistencia
La directora Kateryna Gornostai (1989) volvió a la Berlinale de 2025 en su Sección oficial después de hacerlo cuatro años antes con Stop-Zemlia, por la que se llevó el premio a Mejor película en la sección Generation 14plus. Si en ese debut ya abordó un retrato original de la juventud ucraniana, con Timestamp (Стрічка часу) persigue esa mirada a la etapa adolescente, pero la dirige también a la infancia al adentrarse en territorios como la educación de un país, Ucrania, expuesto a la guerra con Rusia desde febrero de 2022. Más de cuatro años de conflicto, cuyas nefastas consecuencias se extienden a todos los ámbitos, centrándose en unos de los pilares básicos de una sociedad destinada a convivir con una situación crítica, dilatada y devastadora en muchas zonas del país.

Sólo existe una alusión directa a la guerra y a los países confrontados, y es justo al inicio, donde se explica con un escueto rótulo los países en confrontación, el tiempo de rodaje (de marzo de 2023 a junio de 2024) y las zonas elegidas. Con especial foco a las más afectadas por su cercanía al frente. Después, el documental adopta una posición con querencia hacia la neutralidad, buscando más la observación de la cotidianeidad de centros educativos, pero termina aportando pinceladas de patriotismo por la inclusión de escenas en las que se habla de los héroes de la guerra, se enfatiza la fortaleza de Ucrania y se glorifica la patria en actos institucionales.
Si algo tiene de diferente un documental como Timestamp respecto a otros más convencionales o demasiado discursivos, es la ausencia narrativa de una voz en ‹off› o la intervención de personas con sus opiniones. Su discurso es más sutil y queda sujeto a lo que vemos. A esas actividades de los profesionales del sistema educativo ucraniano que siguen en pie sin abandonar la formación de una generación que se ha acostumbrado al eco de una guerra que parece no tener fin. Las imágenes de las salas vacías y en silencio de un colegio abren este trabajo, para pasar a una clase en apariencia “normal” de Educación Física.
La directora aporta un tono natural a su propuesta, subrayando la dureza de una cotidianeidad ante la adversidad. Representa un homenaje a los docentes que siguen su curso como si la guerra, siempre en fuera de plano, no interfiriera tan directamente en su trabajo. Está, por supuesto. Y cuanto más cerca del frente, más visible es a causa de la devastación de los espacios físicos donde antes se impartía formación. Durante todo el metraje, cada escena está marcada por el nombre de la ciudad, centro educativo y km de cercanía a frente. La poesía de Timestamp viene de planos de edificios convertidos en esqueletos, de escuelas de primaria y secundaria reducidas a escombros sin demasiada esperanza en su reconstrucción.

Pero Kateryna Gornostai evita una visión deprimente de la situación de su país. Al contrario. Se deduce del acto de educar un ejercicio de resistencia, un derecho de los ciudadanos privados de ello al inicio de la guerra, a los que se les ha brindado la posibilidad de seguir con su formación en la medida de lo posible. Como es lógico, cuanta más destrucción, peores son las condiciones del proceso de enseñanza, mitigado por las tecnologías que permiten una educación ‹online›, aunque una maestra lo haga desde su casa maltrecha y en su patio al aire libre. La pizarra en una pared y un ordenador con sus alumnos al otro lado se convierte en un símbolo.
La película presenta un collage de distintas escenas educativas muy naturales, de las que las de colegios de primaria cobran más emotividad. Una generación que sólo conoce las carencias o las dificultades sobrevenidas por la guerra y que normalizan, por desgracia, el seguir su rutina cuando la frecuente alarma de ataque aéreo les hace conducirse rápidamente al refugio en un sótano para seguir su lección a cargo de maestras que demuestran una vocación extraordinaria. Observamos imágenes locuaces, como esa aula en los sótanos de un metro, gimnasios con sus ventanales hechos añicos, así como niños hacinados queriendo seguir aprendiendo, mientras algunos lloran y otros ríen en bellos primeros planos.
Hay una alternancia entre imágenes neutras, sin análisis político, y otras dotadas de una dolorosa poesía de un país que intenta reconstruirse no sólo arquitectónicamente, sino desde su dignidad. En los institutos de secundaria surgen actividades con militares que les hablan de un posible servicio a la patria si la guerra se eterniza y les obliga a la lucha, recibiendo esa información con entereza y seguridad. También las distintas graduaciones, las más tristes ‹online› por la imposibilidad de realizarlas ‹in situ› en el centro educativo y las multitudinarias con la presencia de padres que ven a sus hijos bailar después de largos ensayos.

La idea de la directora ucraniana está bastante bien tejida, con esa alternancia constante de niveles educativos, ciudades más o menos afectadas por el conflicto bélico y actividades que recuerdan que, aunque se eviten imágenes cruentas, fallecidos y destrucción, su radio de influencia es amplio. Sin embargo, está algo lastrada por la repetición de ideas y situaciones en cuanto a la educación como resistencia y la importancia de su continuidad, quizá por respeto a la labor encomiable de todas las docentes.
Timestamp cierra el círculo como abrió. Con esos espacios escolares, un tono esperanzador y un deseo utópico, o no tanto, para estabilizar una sociedad necesitada de normalidad, reconstrucción y reparación.

Profesora de Secundaria. Cinéfila.
“El cine es el motor de emoción y pensamiento”





