Sesión doble: El pretendiente (1962) / Final feliz (1967)

El ‹slapstick› regresa a la sesión doble con dos propuestas bien distintas. Por un lado, uno de los pocos largometrajes dirigidos por el galo Pierre Étaix, que a inicios de los años 60 debutaría con El pretendiente; y por el otro, del cineasta checo Oldřich Lipský y uno de sus films más representativos, Final feliz.

 

El pretendiente (Pierre Étaix)

Podría parecer, bajo ciertos puntos de vista, que el ‹slapstick› es un género dotado del antídoto para muchas dolencias del cine moderno. Donde el diálogo, la música y el “realismo” amargan las posibilidades expresivas de muchas obras, pareciera que la preferencia de este humilde género por lo visualmente cómico se presenta como una acertada respuesta. Quizás ese es uno de los motivos por los que cuesta encontrar más cintas del género en la actualidad: es difícil florecer cuando tus objetivos son contrarios a las tendencias de la industria y, por subyugación, del público. Pero no hay que ponerse tan dramáticos siempre, y el ‹slapstick› bien contento está con que lo visitemos de vez en cuando para echarnos unas simples risas sin pretensión; lo demás, que venga si tiene que venir.

Por suerte no hay que remontarse muy atrás para encontrar buenos exponentes del género, hay obras buenas apareciendo aquí y allá, tan cercanas como en 2022. Sin embargo, siempre es interesante echar la vista atrás al inacabable pasado del cine. Hoy me sorprendo descubriendo una película y un autor que desconocía, que creo que muchos desconocen, y que no es nada menos que sensacional. El pretendiente (Le soupirant, 1962) de Pierre Étaix me ha fascinado, me ha encantado. La película es todo lo que podrías esperar y exigir, con una maestría e ingenio firmes a lo largo de todo el metraje, que se hace corto enseguida.

No es de extrañar su calidad, hay una firma que salta a la vista ya en los créditos y es la coautoría del guión de Jean-Claude Carrière junto con la del propio Étaix, quien se adjudica la función (bastante común en el ‹slapstick›) de hombre orquestra: escribiendo, dirigiendo e interpretando. Así se entiende mejor un guión en apariencia simple pero con un gran trabajo de fondo, donde las tramas y los gags viven en equilibrio verdadero y no con la relación capitular de otras películas donde uno es agua y el otro aceite. El talento de Étaix es inusual con su condición de desconocido, el francés posee grandes talentos en lo que al cine se refiere; su cámara está viva pero sujeta a una planificación férrea que hace funcionar a la mayoría de gags —sean visuales o sonoros— de manera enteramente cinematográfica. Su capacidad actoral es también suficiente o, al menos, y en la línea de otros grandes actores-directores, sabe en qué papel ponerse; aquí da vida al homónimo Pierre en su búsqueda de una pareja para satisfacer a sus padres. Su ‹casting›, por no decir el de todo el reparto, funciona a las mil maravillas, y la París del sesenta y dos aparece aquí rebosante de personajes carismáticos y entrañables, como en una postal de viaje.

Me quedo corto para hablar de las virtudes de este filme pero es en eso justamente en lo que el ‹slapstick› es desagradecido: a nadie le gusta que le expliquen lo que hace divertido un chiste, queremos escuchar el original; así que aprovechando que la obra está disponible, en buena calidad y subtitulada en Youtube, no veo por qué nadie debería privarse del buen rato y experiencia cinematográfica que El pretendiente ofrece.

Escrito por Robert Gómez

 

Final feliz (Oldřich Lipský)

Cualquier acercamiento a la producción cinematográfica de la Nueva Ola Checoslovaca, corrobora siempre, con todo el desparpajo y la frescura que la caracteriza, esa creatividad libertaria que iluminó el camino de todos los participantes en uno de los movimientos cinematográficos de los años sesenta y principios de los años setenta más singulares e iconoclastas. En los anales cinéfilos se aprecia por su creatividad, anarquía, y su mirada social e inconformista, que a día de hoy sigue sorprendiendo a las audiencias contemporáneas —las películas son tantas, que no las vamos a recoger aquí, pero me gustaría recuperar alguna preferidísima, como Las margaritas de Vera Chytilová, o El incinerador de cadáveres de Juraj Herz, que ya han sido comentadas en este espacio cinéfilo maldito y que siempre es interesante descubrir—.

En esta ocasión, nuestra propuesta Final feliz (Happy End, 1967) parte de una premisa tan dramática —y contemplada desde nuestros ojos contemporáneos, tan escalofriante—, como el asesinato de una mujer por parte de su marido carnicero al descubrir su infidelidad —es cierto, que también lanza por la ventana al amante usurpador—. Pese a todo lo indiscutible sobre el fondo, aquí el juego artístico de Lipský consiste en narrar toda la historia de su protagonista desde su sangriento principio hasta sus inicios vitales supuestamente idílicos, rebobinando desde ese célebre fotograma inaugural impactante de la cabeza guillotinada que vuelve a recolocarse sobre los hombros del reo.

Y esta narración inversa, la desarrolla además en tono de comedia, lo que desde luego en el contexto de producción del film certifica la impronta experimental, mordazmente provocadora y bastante confrontada a otros nuevos cines mucho más intelectuales, que impregnaba el cine checoslovaco de aquellos años.

Desde estas premisas, el director narra este drama humano en un juego que tiende siempre a lo comicidad, en una apuesta firme por las posibilidades del lenguaje cinematográfico elaborado y lúdico a a la vez, que se resiste a renunciar a un marcado sentido del humor, a ese sentido tragicómico de la existencia, que a la postre es una de nuestras vías de salvación ante las contrariedades terrenales y emocionales.

Y en consonancia, el metraje de la película discurre hacia su final, que es el mismo principio de la vida del asesino, por medio de los recursos formales y expresivos del más puro ‹slapstick› del cine mudo, con un tono que roza continuamente el surrealismo y el absurdo. Desde la desestructurada ejecución ya relatada, que lleva al condenado de nuevo a su celda frente al cura que le da la extrema unción, o la prolongada secuencia del descubrimiento del ‹affaire› en en el hogar conyugal, o las provocadoras escenas de la recomposición del cuerpo descuartizado de la difunta, cuan muñeca a tamaño real, que el director acaba por enlazar en un pasaje posterior con su trabajo en el matadero, que por obra y gracia de su particular perspectiva va a consistir en dar vida a las reses introduciendo las vísceras en su interior. De hecho, hasta los diálogos se reproducen también en una modificación inevitable de su orden lógico, una hazaña técnica y de dirección que es imposible no reconocer en su gran mérito artístico, intercalados con un potente voz superpuesta subjetiva del propio protagonista que funciona a la perfección como herramienta expresiva del sinsentido existencial del film.

Hay otros tantos momentos memorables a nivel humorístico, en los que las situaciones se retuercen hasta el límite, como el regreso al nacimiento de su hija, que es reproducido en pantalla como un fallecimiento tras una larga enfermedad, empequeñeciendo y debilitando a la niña hasta convertirla en un bebé, o la rememoración de la escena de la celebración matrimonial, que se articula como una devolución de la esposa traidora a sus padres. O también el heroico salvamento de su entonces desconocido rival de morir ahogado, que en el mágico retroceso que articula el film se convierte en un intento de ahogarlo mientras el resto de bañistas le aplauden por llevar a cabo tal proeza.

Contemplada en su atmósfera integral, la película de Lipský se conecta además con cierto tipo de vanguardias artísticas, de marcado cariz desinhibido, en la busca impenitente de la sorpresa y el impacto en la audiencia, que la convierte en una auténtica pieza del culto cinéfilo más rompedor y anti-normativo.

Escrito por María Verchili

 

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