Sesión doble: Cuando llega la noche (1985) / 70 minutos para huir (1988)

A tiempo real. El cine puede ser tan tramposo como para abarcar millones de años en un corto periodo de tiempo, pero algunos son los valientes que se han atrevido a contar historias cuya duración es prácticamente la misma que la propia película. Un único día (o una noche, según se mire) es lo que nos interesa en esta sesión doble ochentera con dos imprescindibles: Cuando llega la noche del siempre maravilloso John Landis, dirigida en 1985, y 70 minutos para huir, la sci-fi dirigida por Steve De Jarnatt en 1988.

 

Cuando llega la noche (John Landis)

Cuando llega la noche es una película clave en la carrera de John Landis. En primer lugar porque ofrece testimonio de lo jefe que llegó a ser Landis en el mundo de la farándula americana a mediados de los 80 tras haber cosechado éxitos cinematográficos de leyenda como Granujas a todo ritmo, Un hombre lobo americano en Londres o Desmadre a la americana y, sobre todo, tras revolucionar el mundo del videoclip con Thriller. Asimismo porque esta se considera el punto de inflexión que inició el declive de la carrera del de Chicago —unido al trágico suceso que tuvo lugar durante el rodaje de En los límites de la realidad, que perseguiría a Landis el resto de su carrera—  puesto que la película no obtuvo ni el beneplácito de la crítica ni tampoco los resultados esperados en la taquilla.

Si dejamos atrás las injustas comparaciones con ¡Jo, que noche! —película con la que guarda muchos puntos en común siendo ambas estrenadas en el año 1985—, Cuando llega la noche se eleva como un dulce gozoso y sabroso siendo un perfecto ejemplo de esa comedia loca y disparatada que forjó con letras de oro los desenfrenados años 80. Y es que Landis huyó de cualquier tic intelectual o metafórico construyendo una ‹screwball comedy› a la antigua usanza pero revestida de esa atmósfera psicotrónica y ostentosa tan típica de la década.

La cinta narra cómo la anodina vida de un ingeniero aeronáutico que sufre de insomnio (interpretado con ese laconismo habitual en Jeff Goldblum) se pondrá patas arriba el día que descubre que su mujer le está siendo infiel. Tras coger el coche y acudir al parking del aeropuerto, Ed —que así se llama el personaje— caerá empujado en una trama surrealista después de chocarse con una guapa mujer llamada Diana (Michelle Pfeiffer), envuelta en una intriga internacional de tráfico de unas esmeraldas de gran valor que un traficante ha usurpado a la familia del Shah de Persia. De esta manera Ed y Diana tendrán que huir en una carrera a contrarreloj de una serie de personajes estrafalarios que los perseguirán para hacerse con las joyas. Entre otros, un grupo de agentes iraníes, un asesino a sueldo británico (interpretado con flema y gracia por el gran David Bowie), un millonario francés (Roger Vadim) y sus secuaces, y también de ciertos amigos de mala calaña de la bella Diana (como su amante interpretado por Paul Mazursky).

La película se disfruta como una de esas comedias descerebradas, chaladas, ágiles y muy divertidas realizadas por Landis. Aquí el todo en una noche será la excusa perfecta para tejer una historia que muestra la fauna y flora existente en la ciudad de Los Ángeles de la época con la intención de hacer pasar un rato agradable y entretenido al personal. Los cimientos del film se apoyan por tanto en una sucesión de gags físicos al estilo del ‹slapstick› incluyendo peleas absurdas y personajes chiflados con el propósito de explotar esas carcajadas irreverentes.

A ello ayuda la química y carisma que desprenden Goldblum y Pfeiffer, y también un interminable elenco de secundarios  que no dudaron en participar en el film. Muchos de ellos directores de prestigio como David Cronenberg, Don Siegel, Jack Arnold, Jonathan Demme, Richard Franklin, Amy Heckerling, Jim Henson, Colin Higgins, Lawrence Kasdan y Daniel Petrie, entre otros; y los mencionados Roger Vadim, Paul Mazursky y John Landis como agente iraní que no suelta una sola palabra a lo largo del film. Todo ello da muestras del poder de convocatoria que ostentaba el director.

Cuando llega la noche resulta una película fantástica para dejarse llevar por la comedia años 80. Una farsa que no pretendía dar lecciones morales ni buscar un público prefabricado, puesto que nos hallamos ante un cine libre que ya no se destila. Ese cine que se fabricaba en función de las ideas de un autor y no de un público generalista, alejado de ambiciones comerciales y también de pretensiones artísticas. Un buen ejemplo de gran cine que no debemos perder de vista.

Escrito por Rubén Redondo

 

70 minutos para huir (Steve De Jarnatt)

«Tempus fugit» parecía pensar Virgilio por aquella época en la que rezar a un único Dios todavía no estaba de moda. Pasamos a la actualidad, cuando nos hemos encontrado en una situación en la que el tiempo se ha dilatado por momentos, para darnos cuenta que tres meses pueden diluirse como una solución acuosa y representar un vacío inmenso. Hemos vivido un preludio del fin del mundo aletargado que de repente parece haber pasado en un suspiro. Son los misterios del tiempo, siempre tan determinado como fulminante, fiel a ese ansia por cambiar el transcurso de la vida sin previo aviso.

Volvemos atrás, hacia finales de los 80, para encontrarnos con el hábil relato de Steve De Jarnatt, ímpetu elocuente sobre la importancia del tiempo que tituló Miracle Mile, y que en su imaginativa traducción española nos determina literalmente la situación dando a nuestro protagonista 70 minutos para huir. ¿De qué? se preguntarán algunos: del fin del tiempo como siempre fue conocido. Y de la humanidad, ya puestos.

Harry conoce a la mujer de su vida, uno de esos flechazos instantáneos en los que uno se convence de un futuro donde cada minuto está dedicado a la misma persona. Ese cruce de miradas que parece ralentizar el universo y que, de repente, exige que todo pase muy rápido para lograr ese objetivo deseado. Es sólo el preludio, quizá la excusa, para que nos replanteemos la importancia de disfrutar de los pequeños detalles y los grandes acontecimientos. Es solo un aviso para concebir el ahora. 70 minutos para huir pronto nos permite vivir un relato a tiempo real, una cuenta atrás tan vibrante como desesperada que va desmoronando la sociedad como quien habla de la mariposa que bate las alas en un lado y mueve tempestades un poco más allá.

Harry acude a su cita tarde, por haber dormido de más y comienza una conspiranoica noche tras una contundente llamada de teléfono marcada al azar. Este punto de inflexión en una historia de amor básica determina el punto de salida para conocer el influjo humano ante lo desconocido. Es bellísimo y aterrador a un tiempo confirmar que ante la duda somos capaces de generar un caos tan definitivo que ni siquiera sabríamos esperar a ese posible final programado, nos destruiríamos solos. ¿Papel higiénico desaparecido de toda estantería comercial? Puro acto de aficionados viendo el ‹crescendo› que nos ofrece De Jarnatt en su inteligente guion, donde cada personaje tiene un objetivo idealista que cumplir antes de que pasen esos inesperados 70 minutos. ¿Qué vendrá detrás?

Aunque Harry se empeña en buscar a su Eva particular como último acto de amor a sí mismo y a la propia vida, uno de esos egocentristas ideales en los que la perpetuación de la especie se vuelve caprichoso, esto nos sirve para disfrutar de su interacción con todo bicho viviente que se cruza, convirtiendo una relajada noche de cita en un intento de salvación a contrarreloj de algo que ni siquiera es seguro que pueda ocurrir. Esto implica descubrir todo tipo de locuras ante un final fulminante, donde el hombre, como siempre, se transforma en el enemigo único a batir. Al terminar, pensar en el sosiego inicial y el inevitable desastre que tan rápido se va expandiendo, nos lleva a ese ‹tempus fugit›, el tiempo como elemento indeterminado y valioso que no podemos atrapar ni dominar, que fluye constante pero que apreciamos de distinto modo según nos haga sentir. Y cuando todo parece definitivo… ¿es más rápido o más lento? Una indispensable de la sci-fi ochentera.

Escrito por Cristina Ejarque