
Es algo que pensaba en pleno incendio de paja apagado a base de leche recién ordeñada: el olor a leche quemada es un mal trago, algo nauseabundo, que puede traspasar la pantalla en modo de recuerdo extrapolado a esas grandes dimensiones que se representan. Y quizá esa facilidad para dar forma a la realidad que tiene Justine Bauer a la hora de afrontar su historia es lo que hace ganar enteros al film.
El olor a leche quemada sí implica una reivindicación a gran escala desde el más sencillo de los lenguajes. Las mujeres forman parte del futuro de una profesión denostada por las grandes ciudades y que sigue siendo el sustento de familias completas que ya no son ajenas a la posibilidad de elegir un porvenir. Con un formato casi documental, pero retozando en la pleitesía visual de una especie de verano sin fin, nos adentramos en el día a día de unas jóvenes que, como bien dice una de ellas, encargada de narrar la reflexión por encima de lo que podemos ver, el bañador es una prenda diaria más que queda escondida bajo la ropa. En este ambiente en el que centrarse únicamente en las labores de la granja y de paladear las horas muertas, contemplamos muy de cerca (el formato invita a buscar la acción y no el paisaje en sus imágenes) a Kalinka y a Anna —narradora consciente— en un mundo donde parece triunfar el matriarcado pese a las convenciones sociales.

Entre la explicación monótona pero afilada y las estampas de esfuerzo diarias, vagamos por los quehaceres de un puñado de mujeres que defienden con orgullo (o como rutina) su forma de sacar adelante el trabajo en su granja, desde la abuela con sus tomates a las jóvenes con los tractores, todas tienen esa capacidad de avanzar por el campo de nabos que se considera la agricultura y la ganadería. Kalinka es la ‹rara avis› que funciona a contracorriente, pues sin dejar de ser una joven preparada para adaptarse a otros mundos, está decidida a seguir con las tradiciones familiares y el trabajo duro; por contra Anna lleva el papel a un plano más tradicional, siendo la compañera del futuro granjero, pero sus reflexiones en voz alta nos invitan a pensar en un cambio de mentalidad que, al contrario que sus idílicas imágenes y sus alegres encuentros, hablan de destrucción del patriarcado, de aniquilación del concepto de género, de castración del poder preconcebido en favor de quien realmente trabaja y desea la prosperidad. Un pensamiento un tanto ‹punk› que va ganando fuerza poco a poco en un film donde, aparentemente, nada tiene que pasar.
Dentro de su buenismo y su pretensión de observar los hechos más rutinarios de una comunidad perdida en las montañas alemanas, Justine Bauer consigue enfrentar pequeños conceptos que damos como buenos y darles la vuelta para enfatizar la necesidad de ese personaje siempre en la sombra que no queda representado en su labor. Este es un trabajo y un entorno de familia, y todos los miembros construyen en una misma dirección siendo las leyes tradicionales las que únicamente valoran la figura masculina a la hora de representar este esfuerzo. En cambio Bauer, nacida y criada en este ambiente, desea reconocer esa otra parte, y mientras el verano es un espectáculo de trabajo y diversión para las mujeres de todas las edades, los hombres quedan relegados a meros problemas y frustraciones que no parecen encontrar una solución. En esa lucha no proclamada claramente gana lo femenino y ese es el único interés de El olor a leche quemada, cómo el día donde se castra a los machos es una fiesta que celebrar a lo grande y entre mujeres.







